Pobreza y desigualdad: una relación incuestionable

16 Oct 2016
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Pedro Fresco
Colaborador de econoNuestra

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El otro día estuvimos hablando sobre los datos de pobreza extrema y cómo estos, convenientemente enfocados, nos podían dar una visión sesgada y falsa sobre la realidad de la pobreza en el mundo. En el último párrafo concluía que la pobreza es siempre relativa y que la desigualdad y la pobreza son realidades íntimamente relacionadas, pero esta es una afirmación que quizá necesitaba más explicación que la dada en aquel artículo. Mi intención hoy es profundizar en esta relación para que no quede duda que aquellos que consideran la desigualdad y la pobreza como dos realidades inconexas están, sencillamente, falseando la realidad.

Quizá deberíamos empezar por aclarar los significados de las palabras pobreza y desigualdad. El significado de desigualdad (económica en este caso) creo que está claro, es la situación donde no hay igualdad en el acceso a productos y servicios de cualquier tipo. El significado de pobreza, por otra parte, sería la carencia o escasez de bienes o servicios que se consideran necesarios para satisfacer las necesidades básicas o llevar una vida digna.

Como veis la definición de pobreza tiene conceptos que no son inequívocos como “necesidades básicas” o “vida digna”. Dependiendo cuales sean las necesidades básicas el criterio de pobreza será distinto, y por tanto debemos entender que pobreza no puede ser un concepto absoluto ajeno a la sociedad que analizamos. Lo explicaré de otra manera ¿qué es una necesidad básica hoy día? Todos entendemos que además de la mera alimentación una necesidad básica puede ser tener agua potable, vivir en un entorno higiénico, tener una asistencia médica o educación básica, acceso a la energía eléctrica o un techo bajo el que resguardarse del frío. Creo que es difícil sostener que alguien que no tenga estas cosas no es pobre, de hecho en las propias definiciones de pobreza que se dan en los países occidentales muchas personas que tienen esto cubierto se consideran pobres.

Ahora os hago una pregunta: ¿eran pobres el rey Felipe el hermoso de Castilla o el rey Alfonso XII de España? Me imagino que todos responderéis que no y con buen criterio, estos señores no eran pobres, de hecho eran muy ricos en sus épocas, de los más ricos de sus países. Pues bien, el rey Felipe el Hermoso murió de sífilis, una enfermedad que hoy se cura con una simple inyección, y el rey Alfonso XII murió de tuberculosis hace menos de siglo y medio, enfermedad que hoy es perfectamente tratable y curable. Estos reyes tenían enormes palacios, comida abundante, educación, etc. Sin embargo murieron por cosas que cualquier indigente de un país occidental del siglo XXI superaría fácilmente solo con ir a un hospital… ¿De verdad no eran pobres?…

Considerar pobres a estos reyes es absurdo ya que el debate de la pobreza como algo absoluto lo es. La pobreza está indisolublemente relacionada con la época y el entorno donde se da, no se puede considerar un criterio absoluto y desplazarlo por el espacio y por tiempo como a uno le plazca. Hablar sobre si es pobre un aborigen que vive en el Amazonas o si lo era un cazador de Mamuts son extravagancias absurdas. La pobreza es relativa, siempre, sin excepción, está absolutamente condicionada a las realidades productivas (y ojo, también culturales) de una sociedad determinada.

Este ejemplo nos vale para entender porque cada país tiene unos umbrales de pobreza distintos que, además, cambian con el tiempo. Algunos (los países más desarrollados) fijan el umbral de la pobreza en el 60% de la renta mediana y otros (países en vía de desarrollo) lo hacen en función del coste de una canasta básica de productos (alimentarios y no alimentarios). Los métodos pueden ser discutibles (de hecho lo son), pero todos ellos son relativos y tienen que ver con la renta del país o con el coste de los productos y servicios. En definitiva, están esencialmente relacionados con la realidad del país, su capacidad de producción y la riqueza media del mismo. La relación entre desigualdad y pobreza es evidente.

Esta relación evidente entre pobreza y desigualdad no es un capricho estadístico de los creadores de los índices, sino que se basa en la evidencia de que el coste de la vida (y por tanto de las necesidades básicas) depende de la renta de un país. Los economistas Paul Samuelson y Béla Balassa describieron cómo los precios son sistemáticamente más altos en los países ricos que en los pobres. Este “efecto Balassa-Samuelson” explica cómo los bienes no transables (es decir, que no se pueden exportar ni importar) son más caros conforme crece la productividad y el PIB, mientras los transables se supone que deben tener un precio similar en todos los países siempre que se cumplan dos condiciones: Que el coste del transporte sea bajo y que no haya barreras al comercio. Por poner un ejemplo: Un coche fabricado en la India debería valer más o menos lo mismo en la India que en España en esas condiciones ideales, sin embargo un fontanero será mucho más caro en España que en la India (no obstante incluso en los bienes transables hay muchas veces diferencias enormes de precio. Como ejemplo: El coste del tratamiento de la Hepatitis C en los distintos países, aunque aquí entran factores de carácter monopolístico u oligopolístico y otras razones).

Ya tenemos la justificación de por qué los límites de pobreza deben ser relativos, pero fijémonos en el ejemplo del fontanero y construyamos un relato desde allí ¿Por qué vale más en España que en la India? El fontanero lo que hace es vender mano de obra, trabajo, y de ese trabajo pretende vivir decentemente. Si en España se requieren, por ejemplo, 1.000€ para vivir decentemente, el fontanero adaptará su coste de hora de mano de obra para ganar al final de mes al menos esa cantidad. En cambio si en la India esa cantidad es 200€, sería esperable que, en situación de competencia, regulación y mercado similar, el coste de la mano de obra del indio fuese sobre cinco veces más barata. Si pretendes que un fontanero en España te cobre al precio de un fontanero en la India no vas a conseguir a nadie, más que nada porque nadie va a trabajar paga ganar 200€ al mes en España.

Observemos como el valor del trabajo es un factor clave en este asunto, aunque no el único. Los productos y servicios básicos requieren en mayor o menor medida mano de obra. Para cultivar o manufacturar los alimentos necesitamos agricultores y trabajadores, para tener sanidad o educación necesitamos médicos y maestros, para tener servicio de agua potable necesitamos trabajadores, etc. Estas personas cobrarán más en una sociedad “rica”, lo que encarecerá esos servicios en relación a otros países. Pero cuidado no son solo los salarios directos, también los indirectos de proveedores o intermediarios y también los beneficios de las empresas que presten los servicios, que lógicamente querrán ganar más dinero conforme más altos sean los estándares de vida del país.

Usando el efecto Balassa-Samuelson y el umbral de pobreza basado en una canasta básica, dejadme estirar un poco las costuras de la realidad. Imaginemos una sociedad absolutamente cerrada, donde todo producto o servicio es no transable al no poder salir del país. El aumento de la riqueza haría aumentar los precios de forma casi proporcional y, por tanto, el umbral de pobreza aumentaría siempre conforme aumente el PIB. La relación entre pobreza y desigualdad en esta sociedad es evidente y automática, si aumenta el PIB y los más pobres de la sociedad no mejoran, automáticamente habrá más pobres al subir el umbral de pobreza. No parece fácil, pues, que la riqueza del país y la desigualdad aumentasen y, a la vez, reducir el número de pobres.

¿Y en una sociedad abierta? ¿Se puede aumentar la riqueza y la desigualdad, y que desciendan el número de pobres? Es posible, pero es posible precisamente por la cantidad de bienes transables de esa sociedad. Por poner un ejemplo fácil, imaginemos que se comienza a importar comida de un país a la mitad de coste de la producción local, por un lado, y que la materia prima de la fuente de energía principal (pongamos petróleo) ha bajado a la mitad. Esto haría, en principio, bajar los costes de alimentación, de transporte,  electricidad, etc. Y por tanto, aunque suban los precios de los bienes no transables por aumento del PIB, ese aumento se compensaría con ese descenso en estos transables, quedando el umbral de la pobreza en la misma cantidad. En este caso sería posible que aumentase la riqueza del país y la desigualdad y, a la vez, se redujese la pobreza (mediante el método de la canasta básica, no mediante el del 60% de la mediana de renta).

¿Es posible entonces reducir la pobreza aumentando la desigualdad? ¿No estaban relacionadas? Cuidado, que esta realidad es sólo una pequeña parte de un cuadro completo y solo un momento puntual en una realidad dinámica. Esta apertura comercial al final lo que está haciendo es “aprovechar” manos de obra infinitamente más baratas en otros lugares (razón principal, aunque ni mucho menos única, de que esa comida importada sea más barata), pero eso no tiene un efecto nulo ni es sostenible a largo plazo. En el país exportador aumentará el PIB, aumentarán por tanto los precios y, si allí no suben los sueldos, se creará más pobreza, y si los suben, entonces la comida dejará de exportarse tan barata y eventualmente acabará repercutiendo a futuro en nuestros umbrales de pobreza. Además, el efecto de esa sustitución de bienes internos por bienes externos no es inocua, crea cierres de empresas en el país de origen (deslocalización industrial), pérdidas de empleos y dificultad para recolocar a muchos de otros trabajadores en otras áreas de la economía o con los mismos sueldos (¿suena el aumento del gap salarial?).

Todos estos efectos los hemos vivido en los países occidentales en las últimas décadas. Sería largo hablar de las dinámicas que se han producido en estos años pero al final todo ha desembocado en una grave crisis financiera que ha dejado economías vulnerables y muchísima gente “descolgada” del sistema económico. Ahora los llaman los “perdedores de la globalización” y solo recientemente se ha comenzado a reconocer este problema, probablemente ante el crecimiento exponencial de partidos anti-establishment de derecha e izquierda y la amenaza que suponen para este establishment político y económico.

Algunos lectores estarán pensando que este relato falla porque la pobreza, en global, sí se ha reducido en los últimos años a la vez que ha aumentado la desigualdad interna en la mayoría de los países. Este es el mensaje que se transmite desde los medios de comunicación y es normal que el lector lo piense, pero después de leer este artículo y el anterior sobre la pobreza extrema creo que los lectores ya intuirán la respuesta: Estamos mezclando cosas diversas.

Volvamos a pensar en el rey Felipe el hermoso ¿se ha reducido la pobreza desde esa época? Por supuesto, es que en esa época cualquier parámetro de “pobreza material” que usemos desde la actualidad nos daría un 100% de pobres, igual que si hablamos de los cazadores de Mamuts en su sociedad absolutamente igualitaria. La cuestión es que esas comparaciones sencillamente carecen de sentido. Por la misma razón es verdad, como decíamos en el artículo anterior, que la cantidad de personas que cobran menos de 1,5$ al día se ha reducido mucho, pero es que esa es una medida estática, no dinámica, y no tiene en cuenta que el PIB mundial se ha multiplicado en varias veces en ese tiempo.

Hoy hay mucha más gente que tiene una alimentación suficiente o agua potable, es indudable, pero ¿cuánta gente tenía energía eléctrica o asistencia médica en 1900? ¿Eran los demás pobres? Si marcamos la pobreza de la misma manera que lo hacíamos hace 30 o 40 años cuando el PIB mundial se ha multiplicado por cuatro o cinco nos estamos haciendo trampas al solitario y falseando las estadísticas y el sentido final de lo que queremos analizar.

Si usamos el método del 60% de la mediana en cualquier país con casi toda seguridad el aumento de la desigualdad nos ofrecerá un aumento de la pobreza. Si usamos el método de la canasta básica deberemos tener en cuenta las realidades económicas y el crecimiento del país, si no lo hacemos acabaremos comparando épocas distintas con un parámetro inmutable, pero si lo hiciésemos también veríamos cómo la desigualdad no debe aumentar si queremos reducir la pobreza.

Pero si lo que hacemos es usar fronteras estáticas en medio de realidades dinámicas de crecimiento económico, de descubrimientos científicos y avances técnicos, entonces no estamos midiendo ni la pobreza, ni la desigualdad ni ningún parámetro socio-económico, lo que estaremos midiendo es el progreso derivado de las mejoras en producción o en ciencia. Y eso puede tener un sentido social en los países pobres para el seguimiento de cumplimiento de objetivos, pero más allá de eso entramos en un terreno resbaladizo donde las cosas se mezclan y retuercen a favor de la tesis preestablecida ¿Estamos diciendo que la desigualdad no importa? ¿O realmente lo que queremos decir es que mientras las personas tengan acceso a unos bienes básicos no importa que una minoría acapare la mayoría de los beneficios del progreso y la productividad que se genera entre todos?

Para acabar y ya que hemos hablado de la pobreza, quería hacer un pequeño apunte sobre la “riqueza”. Entendemos como riqueza la abundancia de cosas materiales (con valor para los demás) y/o dinero que permita acceder a bienes y servicios con escasas limitaciones. Un rico dispone de muchísimos bienes que otras personas desearían tener y pueden comprar todo tipo de servicios (personas de servicio, por ejemplo). Todos sabemos que las personas que tienen necesidades están dispuestas a trabajar por menos dinero y/o a vender cosas que en otros momentos no venderían o a venderlas por menor precio.

Objetivamente, una persona será tanto más rica con una misma cantidad de dinero cuantos más pobres haya en la sociedad en la que vive, ya que podrá obtener esos servicios (trabajo) y productos (bienes) a precio inferior. La riqueza, pues, está íntimamente relacionada con la pobreza. Pensar, pues, que la riqueza y la pobreza no tienen nada que ver la una con la otra y con la desigualdad es un absurdo que solo se sostiene ocultándose bajo la peregrina acusación de que los demás se creen que la economía es un juego de suma cero. No lo es, pero lo que evidentemente no es, es un juego de suma infinita donde puede haber infinita abundancia de todo, porque la economía precisamente es la ciencia que analiza la gestión de los recursos escasos y, de ser posibles esas fantasías de infinitud, ésta dejaría de tener sentido como ciencia.


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