Fuego amigo

Blog de Manolo Saco

Entre todos hemos hecho un buen negocio

18 Nov 2009
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Ayer fue día de celebración por la liberación del los marineros secuestrados en el Alakrana. Un día raro, además, porque todo político de la oposición que salía en antena brindaba por el éxito de la liberación pero anunciaba, acto seguido, que a partir de hoy el gobierno se iba a enterar. CiU, PNV, IU y sobre todo, PP, con Mariano Rajoy a la cabeza, el experto en solucionar problemas de barcos en alta mar, como bien sabéis.

Gaspar Llamazares ha sido el más sensato. Además de solicitar que el gobierno ofrezca cumplidas explicaciones lo más pronto posible, se hacía las siguientes cábalas: el gobierno ha hecho su trabajo (mejor o peor); las familias con su presión, el suyo; la prensa, el que tiene asignado; la Marina, los jueces, la diplomacia… todos dedicaron cientos de horas para solucionar la crisis. ¿Y los armadores? ¿Es que nadie va a pedir cuentas a los armadores, esos que “tienen que perseguir a los atunes allí donde se encuentren”, aunque estén fuera de la zona de seguridad marcada por la Operación Atalanta?

El grueso de la crítica de los últimos días a cómo se han llevado las gestiones ha sido la conveniencia o no de detener y traer a España a los dos piratas que trataban de huir y que, al parecer, según los indicios que tiene en sus manos el juez, no eran más que una especie de “veedores”, los encargados de marcar las presas y de anotar sus características, pero que no formaban parte del grupo de asalto. Es decir, unos subcontratados.

Era un conflicto político y legal, donde se ponía en juego el Estado de Derecho. Pero ahora se va aclarando el asunto. Los secuestradores comprueban que los dos compañeros “secuestrados” por la Audiencia Nacional son una moneda de cambio espléndida. Hay que explotar la vena solidaria de esa gente pija del primer mundo. Sólo hay que apretar un poco las tuercas para que la oposición y, sobre todo, los familiares crean que la liberación de los compañeros somalíes es una condición sine qua non para liberar a nuestros compatriotas, sabiendo, como sabían, que un país como el nuestro no podía plegarse a sus exigencias. De lo contrario, con ese precedente, desde ETA a cualquier asaltante armado en una entidad bancaria, puede exigir pistola en mano que le vacíen inmediatamente el penal del Dueso, por poner un ejemplo, a cambio de no ir matando uno a uno a sus rehenes.

Entre todos hicimos un estupendo trabajo al clan de Somalia y a sus abogados londinenses: el precio del rescate subió como la espuma. ¿Y, al final, cual era la importancia de los dos piratas somalíes apresados en España, de cuya liberación dependía la vida de nuestros marineros? Pues una mierda. Exactamente una mierda. Son tan sólo un par de “mataos”, de los miles que se enrolan en sus filas por un salario de miseria, y que se pueden sacrificar sin que la empresa de secuestros sufra la menor merma de personal. Como ellos hay miles en las playas somalíes mendigando un contrato parecido.

Tanto fue el ruido mediático y la presión de las familias y de la oposición, que el gobierno no tuvo más remedio que reunirse con ellos y poner las cartas boca arriba: este es el juego, no existe ninguna compasión por sus compañeros, es un negocio puro y duro, más bien duro. Cuanto más comprueben el efecto benéfico de sus amenazas, más caro nos sale a todos nosotros el rescate.

Fue como un bálsamo. Una reacción extraña, por lo repentina, después de tantos días de reproches. Todos, de pronto, callaron como si se les hubiese aparecido la Virgen, o como si Zapatero se hubiese descolgado con unas dotes de persuasión hasta ahora desconocidas. Y en menos de una semana de silencio por nuestra parte, negociadores y secuestradores alcanzaban el precio justo, como en un mercado persa. Ya nos podíamos quedar con esos pobres imbéciles que habíamos apresado en su huída del barco.

Al gobierno tendremos que pedirle muchas explicaciones. Pero la prueba de que entre todos hemos hecho el primo la tiene el juez Pedraz, guardada en dos celdas de la cárcel.
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Meditación para hoy:

Comentaba ayer la resistencia encontrada en un número indeterminado de médicos y enfermeros a vacunarse contra la Gripe A. Y como ya imaginaba, recibí decenas de cartas en las que se me explicaba que el personal sanitario “abstencionista” sabe mucho más que yo de todo esto. Y no digo nada cómo se ha puesto el blog.

Y todos tienen sus razones. Y la más importante, al parecer, es que la vacuna podría derivar en efectos secundarios que quizá serían fatales en un 2 por millón de los casos, según se deduce de la experiencia en Suecia, donde ya se han administrado más de millón y medio de dosis. A los abstencionistas de los que hablo probablemente no les importó administrar a su hijos de corta edad una aspirina para aliviar los efectos de un catarro, y a sus esposas o esposos, un ibuprofeno para arreglarles el mal cuerpo del gripazo. Después, ya con el ánimo apaciguado, hicieron veinte kilómetros en coche desde su casa hasta el hospital donde prestan sus servicios.

Y allí, a las horas prefijadas, continuaron recetando medicamentos a miles de pacientes que están bajo su cuidado. Medicamentos, todos ellos, comenzando por la más inocente aspirina, con efectos secundarios mucho más letales que los observados en la vacunación de la Gripe A.

La aspirina, mucho mejor estudiada, provoca el síndrome de Reye, una encefalopatía aguda que se lleva anualmente a la tumba a muchos más niños que cualquier vacuna. El ibuprofeno puede derivar en gravísimos trastornos renales, hepáticos y gastrointestinales. Y el coche, mata al año en España a más de 3.000 personas, mil veces más que las calculadas para el peor escenario de vacunación de la Gripe A.

Eso sí, cada día gana más adeptos la teoría conspiranoica de las multinacionales farmacéuticas. Pero ahí no les puedo ayudar: hasta los medicamentos para mitigar la paranoia pueden tener efectos secundarios graves.


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