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Multiplícate por cero

“En economía, la mayoría siempre se equivoca” (John Kenneth Galbraith)

El dilema del prisionero

02 oct 2010

Dos delincuentes son detenidos y encerrados en celdas de aislamiento sin que puedan comunicarse entre ellos. El fiscal sospecha que han robado un banco, delito penado con diez años de cárcel, pero no tiene pruebas. Sólo puede culparlos de tenencia ilícita de armas, un delito menor cuyo castigo es de dos años de cárcel. A cada uno de los delincuentes le promete reducir su condena a la mitad si proporciona las pruebas para culpar al otro del robo del banco. Ahí empieza el dilema del prisionero, uno de los juegos más estudiados en la teoría económica. Al no conocer la decisión del otro preso, la estrategia más segura es traicionar porque se asegura una reducción de la pena a la mitad. Pero si ambos traicionan, el resultado para los dos es peor que si eligen la lealtad, en cuyo caso ambos mantendrían la pena del delito menor porque no habría pruebas del robo. Es el desconocimiento de cómo va a actuar el otro lo que lleva a que se elija el mal menor (traicionar para reducir la pena a cinco años) y no la decisión óptima (callar y que sólo le caigan los dos años de condena por el delito menor ).
En las decisiones de política económica que se han ido tomando a lo largo de esta crisis, los gobiernos han jugado al prisionero muchas veces. Ante la presión de los mercados –fiscalizadores de las medidas de cada país– han preferido intentar salvarse de momento que adoptar una estrategia de juego colectivo donde todos ganan. Para que nos hagamos una idea, un ejemplo de juego cooperativo es stand up (levántate en inglés), donde un número de individuos se sientan en un círculo, cada uno mirando en sentido opuesto al anterior, unen brazos y tratan de levantarse. Esto se hace más difícil a mayor cantidad de jugadores, casi tan complicado como es que los 27 decidan hacer frente a los mercados, regulando las operaciones especulativas y limitando las presiones sobre la deuda.
Prisionero del dilema entre convencer a los mercados o impulsar la economía, Zapatero ha aprobado unos presupuestos muy restrictivos que reducirán la capacidad de crecimiento y una reforma laboral que ha roto los canales de diálogo con los sindicatos. ¿Tiene margen para hacer otra cosa? Muchos dirán que sí, otros que no, pero lo que ha hecho es aplicar la pura teoría de los juegos. Temiendo que lo traicionen los mercados y dejen de financiar la deuda española, ha optado por lo que ve como mal menor: cambiar la política económica. El ritmo de salida de la crisis y de la creación de empleo se ralentizará, con lo que habrá menos ingresos que puedan reducir el déficit. Reduce la condena económica sobre la pena máxima (que huya la financiación exterior) pero la duplica sobre la mínima (reducir el déficit a menor ritmo pero con los mayores ingresos procedentes de estimular el crecimiento) .
El próximo juego del prisionero se va a ver en el tablero con los sindicatos y en la defensa de los derechos laborales. Puede que creamos que los avances logrados están aquí para siempre: jornadas laborales de ocho horas (los que las tengan), vacaciones pagadas, bajas por maternidad. Pero la crisis ha demostrado que todo se puede perder. Posiblemente sea la hora de empezar a jugar al stand up.

Zapatero se aleja de Obama

18 sep 2010
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Olvidemos la exageración de la conjunción planetaria y vayamos a los hechos: Obama y Zapatero han llevado vidas paralelas en lo personal y lo político, pero eso se ha terminado. Hechos: celebran su cumpleaños el mismo día (4 de agosto), dieron la sorpresa al ganar sus primarias de partido y las elecciones generales, sus victorias supusieron
un cambio generacional y de política, tienen dos hijas, simpatizan… Hechos: hoy uno va por el camino izquierdo –eso sí, al modo americano– y otro se ha escorado a la derecha.

Obama no reniega de continuar con planes de estímulo que reactiven el crecimiento económico y acaba de anunciar una inversión de 50.000 millones de dólares en infraestructuras, que se suma al gigantesco plan de cerca de 800.000 millones de dólares puesto en marcha a lo largo de la crisis y que, sin embargo, no ha tenido los resultados esperados.

Por su parte, Zapatero ha optado por el ajuste presupuestario y la reforma laboral y de pensiones, que son las medidas exigidas por los organismos internacionales y los mercados. El efecto es que la deuda pública se coloca mejor y a un tipo de interés más bajo, pero como contrapartida se ralentiza el crecimiento.

No es esta la única divergencia. Ahora también tienen una política distinta sobre cómo gravar a los ricos. Obama ha decidido cargarse los beneficios fiscales que Bush dio a las rentas altas. Gracias a no prorrogar esas deducciones, el Estado federal norteamericano ingresará más de 700.000 millones de dólares en diez años, es decir, 70.000 millones más cada año pasarán de los bolsillos de los ricos a las arcas del Estado.

Por su parte, el proyecto de Zapatero de subir el tipo marginal del IRPF reportará al Estado unos 700 millones más al año. Podría decirse que la brecha entre los 70.000 millones de Obama y los 700 de Zapatero se debe a que la riqueza de Estados Unidos es muy superior a la de España. Por eso vamos a calcularlo en porcentaje sobre la recaudación total de cada IRPF y sobre el PIB de cada país.

Lo que va a hacer Obama supone aumentar la recaudación por el impuesto sobre la renta un 7,7% y detraer de los ricos una cantidad equivalente a medio punto del Producto Interior Bruto. No parece mucho, ¿verdad? En España es menos aún. De aplicarse sólo el aumento del IRPF tal como lo plantea Hacienda y renunciar al impuesto sobre las grandes fortunas, Zapatero se conformaría con aumentar los ingresos por IRPF un 1,1% y que las rentas altas aportaran un 0,07% más en términos de PIB.

O lo que es lo mismo, el aumento de la presión fiscal sobre las rentas altas de Zapatero apenas llega al 14% de la de Obama en términos proporcionales. Incluso si todas las comunidades autónomas siguieran el ejemplo del Gobierno central (el 50% del IRPF es competencia de las autonomías) no se alcanzaría ni la tercera parte del efecto de la del presidente norteamericano. Y es que una subida del tipo máximo del impuesto sobre la renta no alcanza a ser un verdadero impuesto sobre las grandes fortunas, precisamente esas que no aparecen en el IRPF.