Opinion · Otras miradas

Momentos estelares de la vergüenza ajena

Federico Fellini dijo en cierta ocasión que “la censura es publicidad pagada por el gobierno”. Como denunciaba hace un par de días la periodista Esther Palomera, todo el planeta pudo admirar la zoidiana proeza de obligar a los aficionados a quitarse las prendas de color amarillo y tirarlas en cajas y contenedores.

–Si a los catalanes los humillan de ese modo –debieron de pensar en los 150 países que recibieron la señal de televisión–, a lo mejor es que el Gobierno de Rajoy no es tan democrático como dicen y el pronunciamiento civil de Puigdemont tiene algún sentido.

Sea como fuere, la orden de Zoido ha sido algo más que publicidad del procés, financiada con nuestros impuestos: la prohibición del amarillo ha entrado ya a formar parte, por derecho propio, de la cordillera de ochomiles de la vergüenza ajena en España y se sitúa incluso a la cabeza de todos ellos, como el nuevo Everest del alipori. Zoido es un ministro del PP y el partido en que milita lo fundó el más famoso colaborador de Franco. No es de extrañar por tanto que los modos del ministro del interior despidan ese tufillo rancio a censor del movimiento nacional que asfixió la vida artística española durante cuatro décadas.

Para demostrar que Zoido no tenía fácil superar a sus precursores, repasaré algunos momentos estelares de la censura franquista, extraídos de la mediateca de RTVE.  Pero como esta semana ha sido el Día del Libro, quiero empezar recordando que la más famosa novela de George Orwell, 1984, en España fue censurada, sí, pero no por razones políticas, sino porque los orcos del régimen la encontraron demasiado procaz. Si en democracia, hasta el color gualda de la enseña nacional resulta potencialmente subversivo para Zoido, para los censores de la dictadura primaba siempre más lo verde que lo rojo. Según cuenta Carlos Prieto en El Confidencial, la frase en la que Winston le dice a Julia que “solo eres rebelde de cintura para abajo” fue considerada intolerable en los 50. Realizadas las censuras pertinentes (que se cebaron con las apasionadas escenas entre los dos enamorados), la novela pudo ver por fin la luz en nuestro país, gracias sobre todo a que el franquismo la consideraba un gran alegato anticomunista. Solo los Zoidos de entonces podrían haber pasado por alto el hecho más que evidente de que Orwell, en 1984 pretendía denunciar todos los totalitarismos, no solo los de color rojo.

Tantos fueron los tajos que la editorial Destino se vio obligada a meterle a la novela, que la primera edición íntegra no vio la luz hasta, precisamente, el año 1984.

Pero adentrémonos en las procelosas aguas del esperpento. En la serie Imágenes Censuradas, de Vicente Romero, el productor José Luis Dibildos recuerda, por ejemplo, como  un guión que sometió a  censura se le devolvió con un adjetivo tachado. La descripción de la escena decía que “del coche baja una mujer de piernas maravillosas”. Pues bien, “maravillosas” tuvo que ser suprimido porque al curángano de turno le ponía demasiado cachondo. No menos ridículo resulta lo que cuenta Elías Querejeta de su película La caza, titulada inicialmente La caza del conejo, porque trata de tres amigos que salen a abatir ejemplares de este popular mamífero lagomorfo. El censor de turno decidió que la palabra conejo, en un contexto cinegético, resultaba demasiado sicalíptica y le obligó a suprimirla. “Algo –dice Querejeta– por lo que Carlos Saura y yo le hemos dado las gracias toda nuestra vida, ya que La caza resultó un título mucho más rotundo y sonoro que La caza del conejo.

En el campo musical, los excesos franquistas con las tijeras se sitúan también entre lo patético y lo surrealista. Mari Trini cuenta que un gobernador civil le prohibió cantar Cuando me acaricias en un bolo en directo.
–Es solo una canción de amor – dijo la artista–, ¿dónde está el problema?
–En los dos primeros versos – le replicó aquel prócer de la patria–. ¿O se cree que voy a dejar pasar lo de “cuando la lluvia cae, se funde el hielo”?

El gran Pedro Infante (un actor y cantante de rancheras, más popular en México que Emiliano Zapata o Frida Kahlo) también sufrió los zarpazos de la censura en su canción «El gavilán pollero».

Se llevó mi polla el gavilán pollero, sin mi polla yo me muero decían los versos, aludiendo, como no podía ser de otro modo, a nuestra más famosa ave de corral. Pero la mente calenturienta del manostijeras de turno se fue derecho a la bragueta y el tema fue declarado irradiable.

Y cuando parecía que en pleno 2018, ya habíamos superado la censura de lo verde y de lo rojo, llega Juan Ignacio Zoido y se carga el amarillo.

Ya me veo en Cádiz cantando esta chirigota:

Ha prohibido el amarillo
Juan Ignacio el inefable
en un gesto detestable
que parece del Caudillo.
Está haciendo picadillo
los derechos de la gente
¡Qué tipo tan prepotente!
¡Qué pena, penita, pena!
¡Cuánta vergüenza ajena!
¿Y el votante? ¿Lo consiente?