La libertad de todos amenazada por la gran riqueza de 2.170

11 Ene 2014
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Daniel Raventós
Profesor de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona, miembro del Comité de Redacción de SinPermiso y presidente de la Red Renta Básica. Es miembro del comité científico de ATTAC. Su último libro es ¿Qué es la Renta Básica? Preguntas (y respuestas) más frecuentes (El Viejo Topo, 2012).

No ha habido ningún autor mínimamente serio que haya sido un defensor de lo que para simplificar podríamos llamar igualdad total. Si “igualdad total” son palabras con algún sentido preciso. Efectivamente, somos muy diferentes. Unas personas son jóvenes y otras casi centenarias, unas gozan de buena salud y otras la tienen muy precaria, unas son muy inteligentes y otras no tanto, unas prefieren la televisión a todas horas y otras lecturas de biología evolutiva, a unas les chifla leer prensa deportiva y a otras estudiar a Aristóteles, unas desean escalar montañas y otras atiborrarse de pornografía o de discursos papales, etc. Constatar estas evidencias resultaría innecesario si no fuera porque en ocasiones estas grandes diversidades en las preferencias y en la constitución natural se utilizan para intentar defender situaciones sociales que no son producto de desigualdades más o menos neutras sino completamente inicuas. Hay desigualdades que no afectan a la libertad de la mayoría, pero hay otras que la comprometen cuando no la impiden.

Las grandes desigualdades económicas son un impedimento a la libertad de la gran mayoría. Cuando un poder privado es tan inmenso que puede imponer su voluntad o, más técnicamente, su concepción del bien, al resto de la sociedad o a una gran parte, la libertad de esta mayoría está seriamente afectada. Los poderes privados más desarrollados que actualmente pueden imponer su voluntad a la gran mayoría de la sociedad, incluidos muchos Estados que parecen estar a su servicio (y en muchos casos están directamente a sus órdenes), son las grandes transnacionales. Mediante amenazas de distinto calibre (migración a otro lugar, cierre de fábricas…) estas grandes transnacionales han conseguido entre otros objetivos: rebajas del impuesto de sociedades, bonificaciones fiscales muy diversas, adjudicación de terrenos de forma ventajosa respecto a otras empresas… Sin contar las ayudas legislativas que reciben desde muchos países que permiten la ingeniería fiscal mediante, aunque no solamente, los paraísos fiscales [1] y que ocasionan la evasión de cifras multimillonarias de impuestos. Por ejemplo, Apple tuvo en el Reino de España una declaración del impuesto de sociedades negativa en el año 2011. Es mucho el dinero también que estas empresas dedican al cabildeo directo o indirecto. Otro ejemplo: entre 1998 y 2004, 759 millones de dólares se emplearon por parte de las grandes farmacéuticas para influir en nada menos que 1.400 disposiciones del Congreso de EEUU. Se estima que hay 2,5 lobbistas por cada diputado en EEUU. No es extraño que el que fuera presidente de aquel Estado, F.D. Roosevelt, llamara a estas empresas “monarcas económicos”. La razón es que atentaban contra la libertad de la república, una vieja tradición monárquica. Y lo siguen haciendo de forma aún más desvergonzada. ¡Cómo calificaría Roosevelt ahora a estas empresas 80 años después! Cuando la existencia material de millones de personas depende de la arbitrariedad de algunos pocos y potentes consejos de administración, la libertad del primer grupo peligra si no está ya sometida.

Es muy reconfortante para los que amasan grandes fortunas escuchar a periodistas y académicos que atribuyen la razón de estas acumulaciones a los enormes méritos desplegados para conseguirlas. Méritos que les hablan y halagan sobre músicas que les placen enormemente: si han llegado donde están es porque se trata de grandes emprendedores o inteligentes innovadores o genios financieros o working rich… No todo el mundo dispone de esos méritos y genios, y por tanto, hay que aceptar que es el pago justo a tanta excelencia. No solamente se trata del llamado “sesgo de la confirmación”, según la cual la información acorde con las propias convicciones se procesa de forma mucho más favorable que la información que no es acorde con las mismas. Hay más. Así, la desigualdad no sería sino el coste que hay que pagar a cambio de la oportunidad. En un reciente libro [2], se recordaban algunos datos que no hacen tan favorables las cosas para los muy ricos: el 40% de los 400 estadounidenses más ricos habían heredado más de un millón de dólares de sus mayores. Con un millón o más de dólares, sin contar relaciones, educación, amistades aportadas por las familias de origen, ya se empieza la carrera de una manera bastante ventajosa. Más gratificante es, empero, para estos tipos achacar a los méritos propios su privilegiada posición. Y siempre hay académicos y periodistas dispuestos a decírselo repetidamente para hacerles más fantástica su ya afortunada existencia. Tampoco es necesario ser muy extremista a la hora de agasajar a los muy ricos y, en perfecta simetría, responsabilizar a los pobres de su desgraciada situación. No hace falta, por ejemplo, llegar a las propuestas de Thomas Nixon Carver, el que fuera catedrático de política económica en la Universidad de Harvard entre 1902 y 1935 y uno de los presidentes de la American Economic Association. Este pimpante economista proponía la esterilización de los “palmariamente ineptos”, es decir, a los que no alcanzaban un ingreso anual de 1.800 dólares. En los años 30 del siglo pasado, que es cuando se hizo la propuesta, esta cantidad abarcaba al 50% de la población de EEUU, es decir, a unos 60 millones de personas. No se andaba con pequeñeces el señor Carver [3]. Pero, insisto, no hace falta llegar a tanto extremismo: es suficiente con que los periodistas y académicos mencionen el justo pago a los ricos por sus méritos y genialidades para justificar sus inmensas fortunas. A veces también debe acompañarse de la envidia que, según ellos, invade al resto. Pero moderadamente, no hace falta presentarlo de forma demasiado radicalizada, no. Al fin y al cabo, ¿no son estas fortunas las que contribuyen con alguna cantidad a paliar algunas desgracias en el mundo? El filantrocapitalismo al que se dedican algunos de los grandes multimillonarios no solamente lava conciencias sino que es muy rentable. Y a nadie le amarga un dulce.

Desde el inicio de la crisis económica las distancias sociales y las desigualdades entre los más ricos y el resto de la especie se han incrementado. Ya en el año 2012, por citar a un economista conocido, Joseph Stiglitz escribía: “[Q]uienes más padecen las crisis son los trabajadores y las pequeñas empresas, y eso ha sido especialmente cierto durante esta crisis, en la que los beneficios de las grandes empresas siguen siendo elevados en muchos sectores, y a los bancos y a los banqueros les van bien las cosas.” [4]

Datos que lo corroboran, pero antes un comentario. Como queda dicho, los ricos tienen académicos y periodistas que son sus bufones y su corte. “Mucha de la literatura actual sobre el mundo de los grandes directivos de empresa se publica en revistas como Fortune, Businessweel o Forbes. (…) en ningún lugar pueden encontrarse estudios empíricos sobre las raíces sociobiológicas de las tendencias criminales de la clase ejecutiva.” [5] Veamos una muestra de esa “literatura actual sobre el mundo de los grandes directivos” que aporta datos interesantes. El informe acabado de publicar de UBS (antiguamente se conocía como Unión de Bancos Suizos) Wealth-X and UBS Billionaire Census 2013, indica que en el Reino de España hay 22 milmillonarios que acumulan una fortuna de 74.000 millones de dólares, lo que equivale a más del 5% del PIB del Reino. Sí, solamente 22 personas acumulan esta increíble fortuna. Y los 2.170 humanos que en el 2013 acabado de finalizar atesoran 6,5 billones (trillones en inglés de los EEUU) de dólares disponen de la misma fortuna que representa todo el PIB mundial menos los de China y de EEUU. Esta inmensa cantidad de dinero en tan pocas manos es un 60% superior de lo que acumulaban en 2009.  Efectivamente, en plena crisis y en 4 años han aumentado un 60% su riqueza, pas mal. Las muy concretas 2.170 personas y algunas más son las que están en el extremo privilegiado de las grandes desigualdades. “Los frecuentes éxitos que cosechan las grandes empresas a la hora de no tener que asumir todas las consecuencias de sus actos son un ejemplo de cómo modelan a su favor las reglas del juego económico.” [6] Es un poder privado tan inmenso que su voluntad, su concepción del bien, se impone a una gran mayoría de la sociedad. No se trata sólo de la galopante desigualdad que con algunos remiendos pueda mitigarse, se trata de la libertad de la inmensa mayoría.

Notas: [1] En Zug, ciudad suiza, están censados 19.000 habitantes y es la sede de casi 30.000 empresas. Muchas de estas sedes de grandes multinacionales ubicadas en este pueblo suizo no tienen ni un solo empleado. Zug fue la pionera suiza en ofrecer impuestos testimoniales a las grandes empresas. [2] Andy Robinson (2013): Un reportero en la montaña mágica, Ariel. [3] Daniel Raventós (2010): “La contrarreforma laboral del Gobierno Zapatero aún no es la castratio plebis  de Thomas Nixon Carver como solución a la pobreza y el paro”, SinPermiso núm. 7. [4] Joseph Stiglitz (2012): El precio de la desigualdad, Taurus. [5] Jeffrey St. Clair y Alexander Cockburn (2013): “The American Criminal Elite. An Orgy of Thieves“, Counterpunch, 24-11-2013. Traducción en SP: “La élite criminal de los Estados Unidos. Una orgía de ladrones“, SinPermiso, 24-11-13. [6] Josep Stiglitz, op. cit,., p. 249.

*Texto publicado originariamente en www.sinpermiso.info el 5 de enero de 2014 


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