HAITÍ – ¿RECONSTRUCCIÓN?

24 Ene 2010
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Berto Romero

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Este pasado verano, durante mis vacaciones, experimenté un terremoto de 6.9 grados en la escala Richter en la localidad de Shimoda, en Japón. Me despertó a las 5 de la mañana el constante balanceo de la habitación durante unos interminables 20 segundos. Conejito ante faros de coche, ni siquiera fui capaz de decidir si debía ponerme a gritar o no. Tras el temblor contemplé el paisaje en calma desde la ventana de mi hotel. Ni una alarma sonando, ni una farola caída. Simplemente el agua de una enorme fuente balanceándose de un lado a otro, derramándose por los lados de la misma como el consomé en un tazón que ha sido agitado fuertemente.

Es lugar común que Japón está construido a prueba de terremotos, si bien nadie libra a los habitantes del archipiélago del temor al “Big One”, el gran temblor que vaticinan los sismólogos en algún momento de los próximos 30 años. Pude comprobarlo in situ. Los informativos repetían las mismas imágenes de unos desperfectos en una autopista (siempre la misma) y de retrasos en los trenes. A las 10 de la mañana ya funcionaba la totalidad de las líneas férreas del país, que habían quedado paralizadas durante 5 horas. Confieso que durante los siguientes dos días no pude quitarme del cuerpo una sensación de ansiedad y temor a un nuevo sismo y durante sus respectivas noches me despertaba a cualquier pequeño ruido o movimiento en la cama. En la actualidad, ésta es mi anécdota preferida del viaje.

Rememorando mi “apocalipsis de parque de atracciones”, me conmueve pensar que en Haití no hay lugar para la anécdota. Siempre es el “Big One” en un país que ya antes de la tragedia, contemplado desde un avión, aparecía como el siamés enfermo de la República Dominicana. El más pobre de América Latina, con un 98% del territorio deforestado, el puesto 149 de una lista de la ONU de 182 naciones según su Índice de Desarrollo Humano. Una tierra esquilmada, saqueada, esclavizada y brutalizada históricamente por las metrópolis, ya sea directamente o mediante dictadores-títere  autóctonos. Durante toda su historia, la cuna de la zombificación no tuvo jamás la opción de dejar de ser un muerto en vida. Haití no puede ser reconstruido. Porque antes necesita ser construido.


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