Berto Romero

He experimentado un terrible bajón esta semana cuando se ha sabido que los neutrinos superlumínicos que observó el experimento OPERA podrían deberse a un cable mal apretado. ¡Un cable mal apretado! Pero bueno, esto está en el escalón más bajo de la pirámide del glamour científico. Nos retrotrae a estadios muy primigenios de la evolución tecnológica. Es un destrempe parecido al efecto que se produce cuando el informático te suelta “¿has probado a reiniciar?” y al hacerlo, el error desaparece. Celebras que la normalidad se haya restablecido, pero maldices en voz baja que lo haya hecho de una forma tan prosaica. Un cable mal apretado en el acelerador de partículas es un gatillazo en toda regla en la gran orgía de la ciencia del futuro.
De repente, desde los templos en los que se desentrañan los secretos del universo se habla de un posible error que recuerda a cuando la tele se descuajaringaba y tu padre empezaba a meterle palmetazos en los laterales. Un padre de la física dando palmetazos en los neutrinos, esta es la patética imagen mental con la que me he quedado.
Es una mala noticia, muy mala. Deseaba fervientemente que se comprobara que los neutrinos podían viajar a velocidades superiores a la de la luz, y que se abriera así una nueva física ante nuestros ojos. Razones de su existencia las hay de sobras. En Valencia, esta misma semana, los porrazos viajaban a velocidades dignas de ser observadas por el CERN. Y cuando el ministro Guindos ha hablado de “Código de Buenas Prácticas” para la Banca ha de estar refiriéndose, por fuerza, a un universo alternativo.
A lo tonto, a lo tonto, faltan menos de tres meses para que se cumpla un año del 15-M. Y no hace falta ir a velocidad superlumínica para comprobar que el tiempo pasa muy rápido, aunque el sistema siga dando error. ¿Ves? Aquí sí que hay una conexión clara con el modus operandi de los informáticos. El sistema falla: hay que reiniciar.
Berto Romero

Esta semana se han oído de nuevo a personas ofendidas por el trabajo de humoristas. En Catalunya, a raíz del guión de la gala de los Premis Gaudí, políticos molestos por las puyas escritas contra ellos en forma de chiste. En toda España, clamor contra los chascarrillos de los guiñoles franceses sobre el caso Contador.
Vuelve la pregunta: ¿Tiene límites el humor? ¿Y si es así, quien los marca? Frecuentemente se citan el sentido común y la calidad de la broma como las dos variables básicas para valorarla. Pero la más importante de todas las consideraciones es el contexto en que se produce, la madurez de la sociedad en que se manifiesta. Porque el humor es una muestra de inteligencia, ya que obliga a distanciarse de la realidad y cambiar el punto de vista sobre ella. Los humoristas no hacen nada más que decir en voz alta lo que la gente piensa, de manera que la incomodidad no es consecuencia de su trabajo, sino síntoma de la debilidad de la mente que se irrita.
Los anglosajones nos dan sopas con ondas en cuanto a madurez en el trato a los humoristas. Aquí a los cómicos nos pasa como a los países del tercer mundo. Vemos por la tele lo que tienen en las naciones más ricas e intentamos imitarles. Nos fascina su libertad y el respeto con que se les trata. Pero la nuestra no es tierra de bufones.
El bufón medieval no es invento español. Existieron en menor medida que en otros países de Europa, y siempre se les miró con recelo, desprecio y desconfianza. Somos más de tomatazo y echar al payaso al río. En cada bar hay cincuenta parroquianos que se consideran el rey de la comedia. Y nos encanta reírnos sí, pero de otro. Si se ríen de nosotros sacamos la vara. Somos más de crítica que de autocrítica. Tenemos cada vez la piel más fina, y usamos cada día más papel de fumar para cogérnosla.
Pero sobre todo este asunto plana la sospecha de que mientras se dirige la atención sobre el gracioso se evita concentrarse en la pérdida diaria de libertades y derechos. Y eso sí que no tiene gracia. Igual que esta columna de hoy, cosa imperdonable para un cómico, por otra parte. Para enmendarlo, recurramos pues a un clásico: pedo
Berto Romero

Michael O’Leary, presidente de Ryanair, ha repetido su intención de conseguir que en algunos de sus vuelos los pasajeros viajen de pie. Ha dicho que en cuanto las autoridades aeronáuticas declaren que es seguro para los usuarios, su empresa “tardará una semana” en instalar asientos verticales a precios más económicos. Así como queriendo decir “tengo los aviones preparados y me queman en el hangar”.
Según he leído “se trata de unos asientos como los que existen en una barra de bar en los que los pasajeros podrán sentarse o permanecer de pie cuando las condiciones lo permitan y siempre que el vuelo no supere los 90 minutos de duración”. ¿Y si hay turbulencias? ¿Cómo se asegura bien a los pasajeros? Quizá con unos grilletes al suelo que sujeten los pies y agarrándose los unos a los otros para no entrechocar las cabezas. No, no me hagan caso, estaba bromeando. Por lógica, si se embute la cantidad suficiente de pasajeros en una cabina la propia presión de los cuerpos evita las lesiones, convirtiendo todo el pasaje en una uniforme masa de carne al vacío.
Es una excelente idea, ya que todo el mundo sabe cuán saludable es para la circulación estar de pie. Ryanair no es nueva aplicando este tipo de mejoras en sus vuelos. Sin ir más lejos, al no asignar un asiento a cada billete obliga a los pasajeros a darse unas tonificantes carreras hasta el avión para conseguir los mejores sitios.
Siguiendo esta misma línea de I+D al servicio de la salud, O’Leary asegura que sigue esperando que le autoricen a cobrar por la utilización del baño dentro de los aviones. Esta medida llevará a muchos ciudadanos a realizar ejercicios de autocontrol de la vejiga, que fortalecen la musculatura genital, mejorando incluso la actividad sexual. De paso, también se pondrá freno a tanto insensato que orina por vicio, o para marcar territorio.
Quedan más vías de innovación, claro, como la sedación y embalaje en bodega o la habilitación para pasajeros de la parte exterior del fuselaje. Pero de momento hay que celebrar este nuevo avance en la historia de la aeronáutica. Acaso sólo comparable a aquellos pioneros que se echaban por unas rampas con unas bicicletas con alas de madera y lona para darse soberbios talegazos contra el suelo.