Xinjiang: ¿la Chechenia de China?

Se suelen ofrecer dos razones principales para explicar el aumento de los atentados realizados por los grupos terroristas musulmanes contra los civiles en China:

1. Que la política étnico-religiosa del Partido Comunista ha fallado y las minorías se enfrentan a la gestión de la mayoría Han de Bijing. Es en dicho marco —afirman—, que los islamistas defienden los derechos de los uigures a contar con un gobierno religioso propio, que respete sus tradiciones.

2. Que el descontento de este pueblo, manifestado por los islamistas, hunde sus raíces en la falta del desarrollo económico de la región, en la pobreza y el trato vejatorio recibido. Por lo que la solución pasa por un mayor desarrollo y bienestar económico.

El primer argumento, utilizado por destacados analistas políticos, carece de respaldo histórico: nunca millones de personas se han sublevado, jugándose su integridad física y su posición —por precaria que fuese—, para reivindicar más templos y más espiritualidad; todo lo contrario: los pueblos de todos los credos luchan por una mejoría material en sus vidas, por un reparto justo de los recursos y una existencia digna y confortable en “este mundo”. Las masivas protestas sucedidas en Yili (1997) fueron por el desalojo de miles de familias para construir una presa y una mísera indemnización. Así de simple. Tres décadas después del surgimiento de grupos y Estados islamistas, y ver el balance de sus trabajos, sería difícil imaginar que los uigures prefieran vivir bajo una teocracia (siempre de derecha, primitiva o con rostro liberal) que bajo un sistema como el chino.

El segundo razonamiento, avalado por el propio gobierno chino, tampoco se sostiene. Los obreros, campesinos o maestros pobres ni matan a los inocentes, ni apoyan a los criminales que en su último acto asesinaron e hirieron a unas 130 personas en un mercado de Urumqi (Xinjiang), entre ellos había varios niños. Los que fundan dichos grupos son hombres ricos, delincuentes con residencia en EEUU, Europa, Arabia Saudí o Qatar, y Bin Laden o los narco-muyahedines/talibanes afganos solo son un ejemplo.

Los errores quizás procedan de otros derroteros. Como por ejemplo, que el propio gobierno chino utilice criterios religiosos, y no étnicos, para definir a “los cinco pueblos” que componen la nación: junto a manchúes, mongoles y tibetanos han incluido a “los musulmanes”, ignorando que un mongol puede ser musulmán o un uigur ateo o cristiano. El mismo error “antropológico” que cometen los mandatarios europeos, con el que además subrayan y fortalecen la dimensión religiosa de los inmigrantes que no su origen nacional, cuando la religión debe ser un asunto privado. El concepto de la “comunidad musulmana” es un invento que oculta las diferencias entre las clases sociales, o entre hombres y mujeres. Su lema “todos son iguales ante Dios”, confirma que no lo serán ante las leyes humanas.

El objetivo de estos actos de terror es empujar al gobierno chino a una mayor represión sobre los musulmanes, para luego acusarle de cometer crímenes contra la humanidad, reclutar la opinión pública para castigarle, y de paso, y con la contribución del Pentágono formar un “Ejército de Liberación” —como se hizo en Afganistán, Bosnia, Libia y Siria—, con el fin de desestabilizarle en coordinación con los monjes tibetanos, encabezado por Dalay Lama, quien llamó “hermano” a Bush, cuando éste se entretenía masacrando a miles de personas en Oriente Próximo y Asia Central (ver: EEUU y Rusia frente a Chechenia). China y Rusia acusan a Washington de patrocinar a los grupos violentos religiosos. En 2012, Obama rescató a la organización Turkmenistán Oriental Islámico de la lista de grupos terroristas, a la vez que se negó a entregar a unos 10 presos uigures atrapados en Guantánamo a las autoridades chinas.

¿Está China dentro del plan de EEUU de “cambio de regímenes”? Nadie se hubiera imaginado hace 40 años que la URSS iba a desaparecer (ver: Y ahora, a por China). Las preocupaciones chinas están justificadas.

La importancia de Xinjiang

El Turquestán oriental o Xinjiang (“Nueva Frontera”), región que fue incorporado en el vasto imperio chino en el siglo XVIII, representa el 17% de la superficie terrestre del país y el 2% de su población; mantener su seguridad es la prioridad de Bijing, incluso por encima del Tíbet, porque:

. Ha sido una región de amortiguamiento en los límites con Rusia

. Es una mina de recursos naturales: posee yacimientos de oro, hierro, cobre, piedras preciosas y metales llamados “raros”, de uso en la alta tecnología, cuenta también con el 25% de las reservas nacionales de petróleo y gas

. Es la única gran ruta terrestre que une China con Asia Central y Eurasia

. Es la puerta de entrada a los recursos energéticos de Asia Central, sobre todo del Mar Caspio, y el punto donde nace el ferrocarril de la Gran Ruta de la Seda que conecta Asia con Europa

. Aquí nace el ferrocarril que enlaza la ciudad uigur de Kashgar con el estratégico puerto Gwadar en Pakistán (ver: Pakistán: Tirado por EEUU, recogido por China).

La política de “corazones y mentes”

Las estrategias de Bijing frente al avance de los insurgentes yihadistas han sido:

. “A mayor desarrollo, menor conflictividad”. Llevar a cabo políticas de desarrollo dirigidas a reducir la pobreza y aumentar la prosperidad y la estabilidad del país.

. Los billones de yuanes invertidos en la región entre 2006-2012 han generado un crecimiento económico anual de un promedio del 10,6%. Entre los proyectos destaca el de construir un ferrocarril que una Xinjiang a Uzbekistán, Irán, Turquía, y Europa.

. Permitir (¿promover?) una emigración masiva de los Han hacia esta zona debido a las ofertas de trabajo e incentivos que el gobierno otorga para el desarrollo de la región. Se produce un cambio en la composición étnica de la región.

. Coordinar su política de “contrainsurgencia” con sus socios en la Organización de Cooperación de Shanghái. China y Rusia consideran a EEUU el padrino de la insurgencia islámica.

. Fortalecer la posición de los poderes islámicos que considera moderados.

. Emplear la mano dura contra “el separatismo, el extremismo y el terrorismo”, por lo que cientos de afiliados de dichos grupos han sido encarcelados y algunos ejecutados.

. Los megaproyectos de oleoductos y carreteras que unen a Xinjiang con Tayikistán, Kazajstán, Kirguistán, no solo han cambiado el rostro de la región sino que al mismo tiempo han generado dos nuevos desafíos: luchar contra la nueva “guerra del opio”, y al mismo tiempo contra las milicias armadas.

En estas batallas, China cuenta con los nuevos gobernantes de India (ver: India: elecciones generales y algunas curiosidades), y también con Irán, otro país objetivo de los salafistas. Además, es consciente de que la wahabización de Asia Central es una tarea bastante difícil, a pesar de que miles de chinos están estudiando en las madrazas de Pakistán y Arabia Saudita. Esfuerzo en vano dado que este enclave ha sido la cuna del sufismo, esta genial combinación de un sinfín de credos ancestrales que proclama el culto a la hermandad y el hedonismo y cierra la puerta a las formas oscurantistas de ver el mundo.

Los musulmanes de China

La República Popular de China es el cobijo de unos 56 grupos étnicos, con los Han como el pueblo dominante. Conviven con una mayoría que practican el taoísmo, budismo y confucianismo, los 22 millones de fieles al Islam, divididos en grupos étnicos turco (uigures, kazajos, uzbekos, tártaros y salares), mongol, iraní (tayikos) y los hui que componen la mitad de la población musulmana del país. Antiguamente, hui era el nombre dado a los hijos nacidos del mestizaje con los forasteros y con los fieles de las religiones semíticas, en su mayoría hombres persas, árabes y turcos, que llegaban a las tierras chinas por la Ruta de la Seda para ofrecer sus mercancías, y al final decidían quedarse y echar raíces. A otros recién llegados llamaron “Pusuman”, una combinación ingeniosa de persa-musulmán, quienes introdujeron el concepto del “bazar” en China, término que significa “donde se fijan los precios”.

Hoy, algunos miles años después, los uigures se sienten marginados y sometidos a un estatus inferior que la elite “han” en el Turquestán Oriental que comparten. Y las reacciones, ante tal situación ha sido diversa: unos han abandonado sus tradiciones para disolverse en la sociedad mayoritaria china, otros demandan más autonomía política y administrativa y un tercer grupo aspira a una independencia parecida a la que gozan los vecinos “stanes” de Asia Central, sin tener en cuenta tres hechos primordiales: que dichos Estados nacieron de la desintegración de una confederación (la URSS); que fueron reconocidos por las potencias regionales y mundiales porque sus gobernadores no eran islamistas radicales, y que actualmente y tras unos veinte años de la separación, están regresando a la órbita de Moscú, por las ventajas económicas, políticas y militares que les ofrece. Nada que ver con la actitud de EEUU que tras los atentados del 11S y la invasión a Afganistán se instaló en la zona, y no les hizo ningún bien, todo lo contrario: bombardear las pocas instalaciones que tenía aquel país matando a decenas de miles de personas para dominar su rico y estratégico territorio. Ahora, pasado el tiempo, ha sido expulsado de la región sin honores (ver: OTAN confiesa: en Afganistán había petróleo) .

Grupos como Turkestán Oriental Islámico, Organización de Liberación de Turkestán Oriental, Brigada de Choque del Partido Reformista Islámico, Organización de Liberación Uigur, los Guerreros Sagrados Islámicos y el Comité Internacional de Turkestán Oriental, Lobos de Lop Nor o Frente Revolucionario Unido de Turkestán Oriental, entre una decena más, y dirigidos por hombres cuya ilusión es fundar un estado basado en la Sharia en la región y no reflejar las aspiraciones del pueblo, han sido incapaces de promover un “movimiento” político-religioso y crear una bases social en el interior del país. Acechan desde sus bases de operaciones ubicadas en Afganistán y Baluchistan de Pakistán, en espera de tiempos mejores.

Ah-hung: mujeres imanes

La China comunista es el único país del mundo donde las mujeres musulmanas tienen sus propias mezquitas, a las que llaman Nusi (posiblemente del termino árabe Nesa, “mujer”) y están vetadas a los hombres. Ellas, además y desde el siglo XVI, pueden ser Ah-hung (corrupción del termino persa “akhund”, sacerdote) y hacer de imán en la mezquita, dirigiendo el rezo, eso sí, solo de las mujeres, quizás como una influencia de las monjas budistas y la normalidad que ésta función presentaba en los templos.

Los derechos de la mujer, incluidas las musulmanas, están garantizadas por las leyes del país: están prohibidos los matrimonios forzosos e infantiles, la poligamia, y otras formas de discriminación a la mujer. Normas que no impiden que ellas sean condenadas a sufrir un estatus inferior, o que tengan que seguir los cánones de belleza establecidos por los hombres fetichistas chinos no musulmanes, como es el vendado de pies, a pesar de su prohibición desde la revolución del 1949.

En cuanto al velo, una vez que a finales del 1970 fueron corregidas las consecuencias de la nefasta Revolución Cultural —que en vez de convertir la religión en un asunto privado, perseguía a los religiosos—, el gobierno ha puesto fuera de la ley el uso del niqab —esa bandera del wahabismo—, aunque no del velo. Paralelamente, en sus campañas, anima a las jóvenes a disfrutar de su belleza y utilizar colores alegres en pañuelos.

***

Que el movimiento separatista uigur no tenga respaldo por ninguno de los gobiernos de los países vecinos y que a ninguno de los gobiernos seculares del sur de Asia, Asia Central y sudeste de Asia les interese una China débil e inestable, tranquiliza a Bijing, que de momento ha conseguido con éxito mantener bajo su control el mal del terrorismo, respaldado por el eje Washington-Riyad (ver: Arabia Saudí: el viaje más importante de Obama).
Es obvio que el esfuerzo no debería centrarse en la lucha contra las religiones o los religiosos, sino en suscitar la mirada científica y crítica a los fenómenos, el uso de la razón, que no de la fe, para explicarlos y también para buscar soluciones a los problemas, o sea, una verdadera y profunda laicización de la sociedad.