Opinion · Palabra de artivista

Filtro de divergencia y capitalismo

La retórica capitalista funciona sobre los principios de mediocridad, masificación, pensamiento único y repetición. Este sofisticado método de blindaje se podría llamar filtro de divergencia. Es un mecanismo que permite eliminar todo discurso alternativo, disidente o innovador para mantener unos márgenes controlados en los que los mensajes, ideas y opciones son mínimas y muy simples.

Este filtro de divergencia funciona en su máxima expresión en lo artístico, lo cultural o lo creativo. Lo hemos visto mil veces actuar en las multinacionales y grandes emporios que controlan lo que llegarán a ser grandes estrellas (tanto de la música como de la escena, el arte o la literatura) y por lo tanto gozarán de máxima difusión y popularidad.

El objetivo principal de este mecanismo consiste en mantener alejados del gran público, del gran éxito a todo lo que sea realmente innovador, creativo, evolucionado… en definitiva, lo que sea una amenaza para el inmovilista y repetitivo capitalismo, sustentado sobre el blindaje de mentiras y mitos que refuerzan un sistema simplista, reaccionario y repetitivo. Sosteniendo así unas fronteras bien definidas de lo que es “popular” y transformando dentro de éstas el arte (disidente por esencia) en propaganda (reincidente por esencia). Así todo aquél o aquella artista que presente una amenaza al pensamiento único, a la repetición y la mediocridad, será castigado con un bloqueo e imposibilidad de acceder a los mecanismos de difusión. Aclaremos que esto se aplica a los que lo hacen desde el primer momento, no a los que una vez consagrados y con su carrera en decadencia aparentan ser disidentes para adornarse de una rebeldía de la que carecen. Por otro lado se premiará, incluso manufacturándolos, a productos mediocres que aparenten lanzar el mensaje revolucionario del artista divergente pero muy degradado y con un componente conservador que distorsiona el amenazante mensaje original del artista divergente. Los lacayos corporativos refuerzan así el espejismo de que el capitalismo es inclusivo y permite la divergencia.

Hemos visto este perverso mecanismo en pleno funcionamiento durante el Orgullo Gay, por ejemplo. El caso del Orgullo Gay, tecnología de lucha reconvertida en instrumento propagandístico por el gaypitalismo, consigue que se premie y difunda a artistas mediocres que se sometieron al sistema y jamás cuestionaron las reglas o el pensamiento único; mientras a los artistas disidentes que han aportado desde el principio una mirada divergente, distinta, amenazante, se les discrimina por ser poco famosos, poco populares (nunca se les permitió tener popularidad y este castigo se multiplica con el paso de los años). O sea, en lugar de ser una plataforma para las disidencias anatemizadas por el sistema, durante el Orgullo se acude a las grandes figuras cómplices y asimiladas. En la mayoría de los casos heterosexuales que difunden de modo subconsciente (o muy consciente) los valores patriarcales y homófobos que el Orgullo debería combatir (como el caso de una reaccionaria y machista Paloma San Basilio, que escribía un blog en el diario cristofascista ABC, dando el pregón sobre “tacones de aguja”, feminidad binaria y otros estereotipos y prejuicios estigmatizadores; o Leticia Sabater; o Paquirrín).

Y como el Orgullo, como tantos otro mecanismos democráticos de reivindicación, de lucha, ha pasado a definir su éxito en base a los números, la difusión, la asistencia; en lugar de definirlo en base a las aportaciones, cambios o fisuras que presenta frente al sistema opresor, sólo quiere a figuras que atraigan a esa masa, a esa mediocridad obediente en lugar de la minoría disidente.

Pero no nos despistemos, también vemos este mecanismo en política. El caso de Podemos es un ejemplo perfecto. Todo su discurso de “ganar” (definido en números no en logros) frente a ser una alternativa, su famoso y vendido “centralidad del tablero” para mover el eje hacia la derecha (sólo los muy fachas hablan de ser de centro; desde el falangista Suárez hasta los actuales peperos que se dicen de centro cuando son franquistas). La recompensa a esta desactivación de la izquierda, a este cese de reivindicaciones incómodas para el sistema (republicanismo, aborto, lucha de clases, banca pública, expropiación…) en favor de un discurso burgués y ambiguo que puede ser adquirido por un pijo “hijo de” o un nacionalista o un xenófobo. Las recompensas desde el primer momento han sido evidentes en los medios de comunicación a los que jamás nos llamaron a los que nos subyugábamos a su paripé. Pablo Iglesias pasó por toda la peor escoria cristofascista, legitimando sus repulsivos e insultantes progromos propagandísticos. Programas a los que muchos nos negamos a asistir. Y cuando pasó la prueba de la extrema derecha, ya domado, fue recompensado con apariciones en otras cadenas que juegan a ser progres cuando son peores que la caverna.

Mientras, las verdaderas amenazas, los políticos genuinos, reales, como esa enorme Elena Cortés o el ahora exsenador Mariscal Cifuentes, o incluso Cayo Lara, eran condenados al ostracismo. No eran controlables y, por lo tanto, eran un peligro. Un ejemplo extremo de esta promoción de figuras mediocres y manipulables es el caso de Yeltsin en Rusia. Se puso en sus manos toda la antigua URSS y él en su eterna borrachera dejó que se destruyese.

Por supuesto, mi caso es el ejemplo más claro. Porque lo he vivido: jamás se me ha invitado o aceptado en debate alguno. “Demasiado radical, pones en peligro mi puesto de trabajo”, me dijo una vez el director de una tertulia de Ono. ¡Y eso que era de corazoneo!

He dicho siempre y seguiré diciendo que la gran batalla pendiente es crear nuestros propios nodos de información y comunicación y romper el monopolio que la televisión (e incluso internet, cada vez más) tienen.