La Primera República

Nació en febrero de 1873 –tras la abdicación de Amadeo– y murió once meses después con al asalto al Congreso de los Diputados del general Pavía.
La Primera República yace hoy olvidada. Nadie habla de ella. En el excelente suplemento que este diario acaba de dedicar a la Segunda en su 80 aniversario, por ejemplo, no se la menciona una sola vez. Y, no obstante, llegó de su mano la de 1931.
Figueroa, Pi y Margall, Salmerón (“Dejó el poder por no firmar una sentencia de muerte”) y Castelar –los cuatro presidentes de aquel poder Ejecutivo–, ¿quién los recuerda hoy, quién los valora, quién repasa sus discursos? ¿Dónde está el libro –por favor, un libro ameno, no un mamotreto para especialistas– sobre la aventura que, iniciada con “La Gloriosa” de 1868, se abortó, fracasado el intento republicano, con la restauración borbónica?
Ello es injusto y es un error. La República de 1873 heredó una situación muy difícil. Abocado al fracaso Amadeo desde su llegada, por el asesinato de Juan Prim, y sin poder contar con el apoyo de casi nadie, duró dos años caóticos. El nuevo régimen inició su andadura con enorme entusiasmo, juró trabajar afanosamente por el pueblo “más sufrido, más grande y más honrado de la tierra”, y empezó la elaboración de una Constitución. Pero tenía casi todo en contra: la Iglesia, alfonsinos y carlistas, y sus propias contradicciones internas. Y sucumbió. Aunque no sin sembrar la promesa de mejores tiempos republicanos. Antonio Machado no la olvidó. Tampoco deberíamos nosotros.