Apuntes peripatéticos

Bronca

Un escritor de cuyo nombre no quiero, etc., estampó hace poco en otro lugar, a raíz de la publicación del último libro de Paul Preston, que yo (después de comportarme "por un tiempo" como se espera de un "hispanista inglés" –o sea, observando las cosas de España "desde un punto de vista distante y sabio"–) abandoné tal posición "para lanzarme al ruedo de la bronca". Aunque, es verdad, suavizó algo el comentario al añadir que "hay que reconocer que se hizo español para alejarse de la obligada sobriedad que se exige a su especie".

Quisiera aclarar que si lo hice, en 1984, fue precisamente por no querer seguir siendo de dicha "especie" (profesor de Literatura Española en alguna cátedra extranjera). Por desear estar aquí con pleno derecho para vivir el día a día nacional, sin más restricciones que mi conciencia, la ley y el contrato editorial del momento. Fue, desde luego, una locura, pero una locura que no lamento y gracias a la cual he conocido a miles de españoles y escrito un puñado de obras que de otra manera no existirían.

¿El ruedo de la bronca? Hombre, más de un roce ha habido, desde luego. Hay que defenderse, y ¿cómo no se me iba a pegar algo de la hosquedad de un país donde se grita mucho, se insulta demasiado y se escucha poco? Además, por los asuntos que me interesan y el hecho de encontrarme aquí, he estado más expuesto que nuestro sabio "hispanista" a ataques de todo tipo, amenazas incluidas. No quiero ser ni distante ni ecuánime. Y seguiré diciendo lo que pienso del
patio, que por cierto me tiene ahora muy alicaído.