Confundir las cosas

El hundimiento del PSOE se puede interpretar de dos maneras. Bien porque muchos de sus votantes se han visto traicionados por las reformas que inició el Gobierno, considerándolas propias de un partido de derechas (lo que explicaría el crecimiento de Izquierda Unida), o porque se quedaron cortos con los recortes.
A pesar de que en su día calificaron esas medidas de antisociales y Dolores de Cospedal llamó a su formación, en lo que parece una broma de mal gusto, “el partido de los trabajadores”, el mensaje que emana de las urnas va en la dirección de los recortes drásticos, según lo interpretan los vencedores de las elecciones y sus fuerzas vivas coadyuvantes.
La demagogia, la falta de transparencia y el nulo respeto a la palabra dada se han convertido en norma. De ejemplo de “honestidad” califica Jordi Pujol las medidas impopulares anunciadas en Catalunya por Artur Mas dos días después de las elecciones. No comparto en absoluto ese concepto de “honestidad” y para explicarme cito a Duran i Lleida: “No seré mucho más concreto, no porque no tenga ideas al respecto, sino porque si las explico perderé las
elecciones”. En cualquier otro ámbito, el señor Pujol calificaría a un interlocutor que le oculta información para venderle algo que no desea de estafador. En política parece que todo vale. Han hurtado a los ciudadanos, deliberadamente, la posibilidad de elegir aquello que más les conviene y disfrazan de estrategia lo que no es más que una traición al sistema democrático que, con sus palabras y acciones, usurpan, pero no representan.