Lo que mal empieza, mal acaba

SALOMÉ GARCÍA

La gestión de la información sobre el accidente de Barajas ha saltado de despropósito en despropósito desde el primer momento. El sainete empezó con el pase privado del vídeo del siniestro que montaron en AENA el día de autos.

Lo más urgente, claro, era que tuvieran información de primera calidad los reyes y demás autoridades. Ese mismo vídeo tardó una semana en llegar al juez y ahora circula por Internet. Después, vino el ocultismo con el que Spanair despachaba a los familiares de las víctimas en los primeros momentos; luego, la comparecencia de la ministra de Fomento apuntando contra la aerolínea; aquella brillante idea de fijar el funeral para el 11-S, y el baile de sesudas tesis sobre las causas técnicas del siniestro (que si la reversa, que la sonda RAT, que si los flaps).

El juez que investiga el caso tiene un cabreo memorable. Similar al de los expertos que formaban la comisión de investigación y que dimiten ahora en señal de protesta. Si los concernidos en tercera derivada están así, no es difícil calibrar el indignado dolor de los que lloran a sus 154 muertos.