La sorodidad que olvida a las compañeras

Grafitti en Lavapiés / Diana Moreno

Ana Nieves (@_anuva_)

Quienes hayan oído hablar de las gafas violetas del feminismo entenderán el concepto de las gafas decoloniales de la lucha antirracista: una vez las descubres no puedes dejar de ver racismo por todas partes. Aunque a un hombre le afecta vivir en una sociedad machista, no vive las consecuencias del machismo como una mujer. De la misma manera que a una mujer blanca no le atraviesa la discriminación que sufre una racializada.

Las luchas feministas realizan su activismo con los derechos de las mujeres como preocupación principal, y dentro de lo conocido como ‘feminismo’ existen múltiples agrupaciones que persiguen objetivos bastante diferentes. Podemos encontrar desde mujeres que buscan una igualdad amparada por el Estado y la posibilidad de incorporarse a los puestos de poder tradicionalmente reservados para hombres, hasta movimientos concebidos como más radicales que, en aras de conseguir una liberación total, luchan contra las instituciones jerárquicas en su totalidad.

Apelar a la necesidad de un feminismo negro puede incomodar a quien considera que su lucha integra a todas las mujeres, alegando que atenta contra la unidad del movimiento. Curiosamente, es una justificación que rememora los pretextos difundidos hace años -y actualmente- por algunos colectivos que consideraban la liberación de la mujer como algo secundario o accesorio a las luchas sociales y políticas que lideraban los hombres. Es cuando los líderes y lideresas de diferentes corrientes ven tambalear su posición de poder, o de ser considerados referentes, cuando cuestionan la inmediatez necesaria de integrar otros movimientos en el que está en marcha.

Los movimientos feministas han crecido enmarcados en el entorno discriminatorio que define el mundo, por lo que no están exentos de la revisión necesaria para que sus reivindicaciones integren realmente a todas las mujeres. Tal y como explica Claire Heuchan, afrofeminista escocesa, en el blog ‘Sister Outrider’, el racismo que representa la lucha por la emancipación encuentra sus inicios en las primeras activistas estadounidenses. Una de las sufragistas blancas que en 1920 fundaron la Liga de Mujeres Votantes, Carrie Chapman Catt, defendía que debían arrebatar el derecho a voto de los inmigrantes que vivían en los barrios pobres y transferirlo a las mujeres, ya que reforzaría la supremacía blanca.

Ha pasado un siglo desde entonces, y el feminismo predominante sigue pecando de blanquitud como ideología. Por ejemplo, los movimientos llevan décadas trabajando por llevar a la práctica conceptos como el de ‘transversalidad’, desde el que tratan de integrar y conectar las diferentes luchas, como la anticapitalista, y que la feminista no sea percibida como una reivindicación social separada de las demás. Sin embargo, este término no es otra cosa que la europeización del concepto de ‘interseccionalidad’, acuñado por la abogada y activista negra Kimberlé Crenshaw. Esta expresión parte de las experiencias de opresión a las que se enfrentan las mujeres negras, quienes aparte de la clase y el género, padecen la discriminación racial, y reivindican que la lucha contra una opresión no debe prevalecer sobre otra. Esto demuestra que las reivindicaciones sociales tienen mucho que agradecerle a la lucha antirracista. 

Las feministas racializadas consideran esencial una lucha paralela que denuncie las cuestiones que el feminismo predominante -que no ha migrado ni ha sido colonizado- no ve porque su privilegio le ciega. Estas discriminaciones son ajenas al género, por lo que al movimiento le cuesta reconocerlas y, sobre todo, darles visibilidad. La xenofobia o la violencia migratoria que atraviesan las compañeras quedan en un segundo plano en los discursos del feminismo hegemónico. Mientras el feminismo antirracista lucha por encontrar modos de actuación que difieran del modelo de trabajo occidental y colonial, el feminismo blanco sigue reproduciendo opresiones como cuestionar el porqué hablar de racismo en un marco de búsqueda de igualdad. 

La comunidad negra decidió coger el altavoz de la protesta, ponerse al frente de una reivindicación que el movimiento blanco no puede sino acompañar y visibilizar. Cuestionar esto sería ir en contra de la modificación que demandan cuando, por ejemplo, una decisión sobre el aborto la toman los hombres. Desde el discurso de Sojourner Truth en la Convención de Derechos de la Mujer en 1852, hasta bell hooks o Angela Davis, las contribuciones de estas mujeres han colaborado en el empuje para desarticular la superioridad que existe en el movimiento. Asimismo, activistas latinoamericanas como Marielle Franco, Adriana Guzmán, referente del feminismo comunitario en Bolivia, o Tarcila Rivera, indígena empoderada de Perú, denuncian los aspectos eurocéntricos, racistas y coloniales del feminismo hegemónico. Sin embargo, los nombres de las representantes que aparecen al citar aportaciones en busca de concienciación social tienen nombre y apellidos blancos. Cualquiera que haya indagado un poco en la teoría tiene en su conciencia figuras -europeas- como las de Simone de Beauvoir o Virginia Woolf. Por ello, las mujeres que desde hace décadas enfrentan escritos con los que no se sienten totalmente identificadas, han reconocido sus propias opresiones. A partir de ese análisis, han creado espacios desde los que reivindicar justicia contra la discriminación, sobre la que los movimientos colonizados no han querido, o no han sabido, poner el foco.

La mujer blanca es concebida como lo estándar, mientras que la negra es relegada a un puesto de otredad. Así, el feminismo considera el activismo antirracista como una lucha independiente de la que lleva a cabo. Considerar sus demandas como independientes implica situarlas con respecto a las otras que definen como preferentes, insinuando que las propias tienen más poder o importancia. Ya que el trabajo de visibilizar el racismo presente en la lucha lo ha realizado el feminismo racializado, la labor que le queda al hegemónico es la de no ser reaccionario y analizarse, descolonizarse, e integrar todas sus exigencias en la revolución de las mujeres.

El camino a recorrer hasta encontrar una visión feminista que no reproduzca el machismo que enmarca la sociedad es una travesía larga e implica una gran deconstrucción. Pero si desde el feminismo ha sido posible realizar ese camino, ¿por qué no el de la emancipación de las estructuras de dominación que siguen reproduciendo en sus filas?. ¿Por qué no darle una vuelta de nuevo a todo lo que tenía por cierto el movimiento?. Sentirse cuestionada es positivo, pues subraya el privilegio que muchas veces no sentimos -o preferimos no percibir- y ayuda a impulsar cambio necesario.