Botín pesca en el río revuelto de la banca

Aún resuena el eco de las alabanzas de que fue objeto la semana pasada EMILIO BOTÍN por la venta del banco italiano Antonveneta a su competidor  el Monte dei Paschi di Siena. Gracias a esta operación, el Santander se ha embolsado una sustanciosa plusvalía de 2.400 millones de euros, equivalente a la tercera parte de sus beneficios de 2006. Y lo ha hecho menos de un mes después de la compra del Antonveneta dentro del paquete de activos del ABN Amro, cuyos antiguos accionistas se han quedado con un palmo de narices ante el inesperado golpe de mano del financiero cántabro. Cuando la enajenación de este activo fue proclamada a los cuatro vientos, a medio­día del jueves, el acuerdo con los holandeses ni siquiera se había materializado.

La fulgurante venta del Antonveneta, que el 17 de octubre había sido valorado en 6.600 millones y por el que Monte dei Paschi va a pagar 9.000, sin duda acrecentará la leyenda de Botín, un banquero de dinastía que nunca se ha parado en mientes a la hora de administrar el legado que recibió de sus mayores. Esa falta de miramientos le llevó incluso a frenar en seco la carrera de su primogénita, ANA PATRICIA, el día en que ésta se refirió públicamente en términos poco respetuosos a ÁNGEL CORCÓSTEGUI, consejero delegado y superior suyo en el Santander. El éxito de la fusión con el Central Hispano estaba en juego y Botín actuó, no como padre, sino como el presidente de una institución que se jugaba mucho con aquello.

No demasiado tiempo después, las aguas volvieron a su cauce y se impuso el poder de la sangre. Botín despidió a Corcóstegui, aunque tuvo que abonarle una indemnización de 108 millones de euros, y Ana Patricia regresó al grupo, donde pilota los destinos de Banesto.

La misma determinación que exhibió entonces al sacrificar a su hija la ha revalidado ahora con el Antonveneta. Nada le ha importado dejar en ridículo a quienes se lo vendieron por un precio muy inferior al que otro ­estaba dispuesto a pagar por él. Ni herir el orgullo de sus dos socios en la compra de ABN Amro, el Royal Bank of Scotland y Fortis, a los que les ha demostrado descarnadamente que se quedó con la parte más jugosa del pastel.

Así que ha ganado mucho dinero, pero se ha dejado más de un despechado en el camino.