Opinión · Contraparte

Madrid, la ciudad maldita y el municipalismo

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Pablo Carmona Pascual (@pblcarmona)
Concejal en el Ayuntamiento de Madrid

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Estamos en tiempo electoral. VOX acecha, también el PP. ¡Qué llega la derechona! Los espectros del trifachito planean Madrid. Mientras los pijos de la derecha se sueltan la melena, llaman a la rebelión y desempolvan algún que otro amuleto franquista, la izquierda llama a la responsabilidad. Niños y niñas buenas para lograr un cambio tranquilo. Camisas guapas, revistas de tendencias, salimos a conquistar la ciudad, a llegar al gran público, a ocupar los discursos de la inversión financiera y el progreso con una pátina progre. Con magdalenas.

Sin embargo, las verdades de la ciudad siguen resultando incómodas para los discursos de progreso de esa izquierda del pelotazo. Las macroperaciones urbanísticas no cuelan, el Día del Orgullo no puede convertirse en una gran galería comercial del capitalismo rosa, las grandes empresas nos engañan cuando prestan los servicios que se externalizan, a Mame Mbaye lo mató el contexto de persecución que imprime el racismo institucional.

Tras cuatro años de discursos progres con los que intentan encantar a quienes a pie de calle quieren cambiar la ciudad, la jugada ha salido rana. Movimientos vecinales y ecologistas, centros sociales, movimientos de vivienda o sindicales piden –tras estos años– cambios profundos y valientes, quieren sentir el cambio como un terremoto, no como una tarde de té con pastas.

El Madrid maldito que fue a las urnas en 2015 desde las periferias, desde los barrios y desde los movimientos sociales, aquellos que no llegan a fin de mes, para quienes trabajar significa cobrar menos de 900 euros, quienes gastan más de la mitad de lo que ingresan en pagar su vivienda o son desahuciados no quieren quedar sepultados bajo la marca Madrid. Bajo las luces de neón, tras las decenas de nuevos hoteles que han conquistado el centro en los últimos años, late el Madrid que siempre sale perdiendo de las contiendas electorales.

Construir una bancada municipalista

En mayo de 2019 estará de nuevo en juego la palabra “municipalismo”. Eso significa no dejar de lado a quien tiene que sobrevivir con la manta, estar de parte de aquellas madres que se han visto obligadas a ocupar una casa antes de ver a sus hijos e hijas viviendo debajo de un puente, caminar con los desahuciados y desahuciadas, apostar por reconocer la importante labor de los centros sociales en la construcción de nuestra ciudad.

Municipalismo significa no rendirse a los intereses financieros, pararle los pies a los Florentinos y decir alto y claro que esta ciudad la tienen que gobernar sus vecinos y vecinas, no los altos ejecutivos de las multinacionales. Dejar claro que queremos servicios 100% públicos, remunicipalizar lo que es esencial para todos y todas, que –caiga quien caiga– vamos a parar la Operación Chamartín.

Muchas y muchos creemos que para frenar a la derecha hay que recuperar el espíritu de la Europa partisana, del movimiento antifascista y, sobre todo, no esconderse. El próximo 26 de mayo, Madrid tiene la oportunidad de construir una alternativa dentro del ámbito institucional que se reivindique del lado de los barrios del sur, que mire y hable a la ciudad desde sus periferias.

Los sectores municipalistas que hoy nos agrupamos en La Bancada estamos hartos y hartas de portarnos bien. Hoy lo responsable es saber romper con los consensos del neoliberalismo, decir las cosas claras, no camuflarse entre los mandatos de la Transición. Toca apostar por nuevos proyectos que cambien el sentido de lo que significa participar en las instituciones, llamar a la desobediencia contra las leyes injustas. En definitiva, hacer política.

Si cinco años después de los procesos municipalistas que llevaron a las elecciones de 2015 sigue teniendo sentido conquistar posiciones en la esfera institucional o hacerse con las riendas políticas de la ciudad es porque necesitamos herramientas institucionales rupturistas y de contrapoder frente a esta nueva fase de restauración y normalización política que se avecina.

Con ello sabemos que las principales armas de la crítica son y deben ser los movimientos que a día de hoy dan la batalla en nuestra ciudades: antirracismo, feminismo, sindicalismo de base, movimientos de vivienda y barriales. Pero también sabemos que merece la pena que ese empuje sea reforzado desde el ámbito institucional, ayudando a parar el avance de la derecha desde posiciones fuertes y consolidar en el debate político un modelo de ciudad a escala humana y no como terreno de negocios de los juegos especulativos y financieros.