Opinion · Crónicas insumisas

Nelson Mandela, un mito

Pere Ortega, Centro Delás de Estudios por la Paz

Nelson Mandela fue una leyenda mientras vivió y será un mito después de muerto. Y no hay para menos, pues si hay un político del siglo XX que sea reconocido como excepcional de forma unánime, tanto por gentes de derechas como de izquierdas, ese es Mandela. Su funeral será una muestra de ello, políticos de distinto pelaje acudirán ante su féretro a rendirle pleitesía. Muchas serán las declaraciones en favor de su legado político, y los habrá, que sin recato, se declaren herederos y discípulos de su maestría, aunque luego practiquen lo contrario.

Si la biografía de Mandela es un relato excepcional de un político con unas dotes deslumbrantes. Su carisma de líder se construyó gracias en la calidad humana de su carácter. Un hombre que respetaba a sus oponentes y enemigos, que se granjeó la amistad de sus carceleros durante sus largos 27 años de prisión gracias al trato amable que les dispensaba. Todos cuantos le conocieron lo describen como un hombre poco común gracias al trato magnánimo que dispensaba a cuantos le rodeaban.

Pero todo hay que decirlo, si trabajó por la paz y la reconciliación entre negros y blancos, y entre víctimas y victimarios de su país. No fue siempre un hombre de paz. Cansado de la opresión a que era sometido el pueblo negro, optó por la clandestinidad y pasó a dirigir lo que fue el brazo armado de la ANC y por tanto responsable máximo de los sabotajes y  muchos atentados contra el estado afrikáner de Sudáfrica. Capturado fue condenado a cadena perpetua.  Fueron esos 27 años en prisión los que moldearon el pensamiento de Mandela y fueron forjando su grandeza de carácter para convertirlo mucho después en líder de la reconciliación nacional. Pues a pesar de que se negó siempre a condenar la lucha armada de su partido. Tras su liberación en 1990, inició el camino de la construcción de la paz y reconciliación para su país.

Digo esto, porqué las ideologías se construyen, y Mandela forjó la suya encerrado entre cuatro paredes sin libertad, y a pesar de ser de izquierdas, no se inclinó por construir un régimen social que eliminara las desigualdades, si no que buscó conseguir la libertad para su pueblo, y que éste pudiera construir su futuro sin odio hacía la minoría blanca que lo había oprimido. Y cierto es, que con la llegada de Mandela al gobierno el experimento de la reconciliación funcionó y en una catarsis colectiva se perdonó a torturadores y asesinos evitándose el revanchismo y la venganza. Parece que lo consiguió. Pero hoy en Sudáfrica los problemas se multiplican, las desigualdades sociales entre la minoría blanca y rica, y la mayoría negra y pobre son superiores que en 1994; y hay voces que siguen reclamando justicia para con las víctimas.

Mandela liberó a su país de la vergüenza del apartheid, evitó la venganza y la muy probable guerra civil entre blancos y negros, y ayudó a construir un país sin odios. Nos dejó como legado un mensaje de paz universal. Pero hoy Sudáfrica aún tiene importantes déficits democráticos por resolver.