Opinion · Cuarto y mitad

Que vuelva La Clave

Para quienes no lo sepan diré que La Clave fue un programa de televisión (1976-1993) donde, tras la visualización de una película, se daba paso a un sosegado debate en el que personas expertas desgranaban sus conocimientos sobre el tema propuesto. Eran 3 o 4 invitados, moderados por José Luís Balbín. El tono de las intervenciones nunca era crispado, sino analítico, argumentativo, y las personas invitadas tenían unas trayectorias solventes en el tema elegido, introducido por el filme.

Necesitamos desesperadamente que vuelva La Clave. Con otro nombre o con otro formato, pero que se ponga fin al dislate comunicativo en el que nos encontramos. El alud de mensajes de todo tipo que la sociedad recibe, elevado a la enésima potencia desde que se popularizaron las redes sociales, está provocando un marasmo colectivo de consecuencias catastróficas. Las noticias diarias, por su brevedad, su descontextualización, su negatividad y su variedad hacen imposible que la audiencia entienda lo que ocurre. Recibimos una ingente cantidad de estímulos que somos incapaces de procesar y digerir, pues cada día son sustituidos por otros mini relatos sobre otros tantos acontecimientos sobre los cuales es imposible hacerse una opinión fundamentada.

Estamos asistiendo a la extensión de teorías delirantes, interpretaciones disparatadas, explicaciones absurdas sobre fenómenos políticos, económicos, científicos, sociales, ante los que nos encontramos indemnes, y que al final se popularizan cuando jóvenes bienintencionados (como la admirable Greta Thunberg) toman una responsabilidad que seguramente no les corresponde. Hay estudios científicos, evidencias irrefutables, hechos empíricos que están siendo sustituidos por teorías desiderativas, interpretaciones interesadas, explicaciones emocionales que adoptan tanta fuerza que son imposibles de desactivar cuando se apela a la ciencia o a la razón.

La proliferación de Grandes Hermanos, Academias de talentos, peripecias de Supervivientes,  Citas a ciegas y tantos y tantos programas que inundan nuestras pantallas de nimiedades están acaparando espacios y tiempos que podrían ser utilizados para profundizar en los breves hechos presentados en las noticias, y ofrecer análisis razonados de los graves problemas con los que nos enfrentamos. Y eso abarca desde la crisis medioambiental, pasando por los flujos migratorios, las cuestiones y la desigualdad de género, el feminismo, la violencia contra las mujeres, la prostitución, por poner unos ejemplos de alcance global, a los que podríamos añadir los locales: repunte de los nacionalismos excluyentes, fractura social, etc.

Contamos con información solvente, contrastada, empírica. Hay personas que tienen capacidad para interpretarla. Falta que tengamos canales de difusión serios y responsables que la transmitan. Nos va la vida en ello. Menos Grandes Hermanos y más  La Clave, por favor.