Opinion · Cuarto y mitad

Ciudad herida

Día soleado, casi primaveral, en Barcelona. Salgo a dar un paseo y recorro lentamente las pocas calles que separan mi casa del lugar de las manifestaciones. Calles tranquilas, con gente tomando el vermut en los bares, paseos concurridos por parejas con niños y perros, por turistas arrastrando maletas, por curiosos, como yo, en busca de los destrozos de la ciudad. Conforme me acerco al lugar de las protestas percibo algunos huecos en el pavimento, pero no sé si corresponden a obras en curso o a acciones de los manifestantes. En la Plaza Urquinaona, que por cierto era un obispo, los servicios públicos del ayuntamiento pintan de blanco los pasos de cebra y los de limpieza se afanan en adecentar las aceras.

Pienso entonces en cómo esta ciudad quiere disimular sus cicatrices, como esas mujeres que se maquillan los moratones de una paliza y dicen que se han dado con una puerta. Como una familia que desea ocultar las desavenencias conyugales que tienen lugar en su seno. Aquí no ha pasado nada. Veis, todo vuelve a la normalidad. Hasta la próxima trifulca.

Bajo por la Via Laietana, tan castigada pero ya tan recompuesta. Leo algunos grafitis en las paredes que dicen Puta Espanya, Puta Marchena o Puta policía, y me sorprende comprobar cómo es que los autores de estas pintadas, muchos de los cuales seguramente están a favor de las denominadas trabajadoras sexuales y consideran la prostitución un trabajo tan digno como otro cualquiera continúan utilizando la palabra puta como insulto, eso sí, siempre en femenino, aunque vaya dirigido contra un juez. Lenguaje inclusivo sobre todo.

Veo personas que espontáneamente se acercan a los Mossos d’Esquadra y les dan la mano y les felicitan, y cartulinas en la puerta de la Jefatura Superior de Policía que dicen Muchas gracias. Oigo gente que aplaude al paso de automóviles que ondean la bandera española, y varios grupos que bailan sardanas al lado de una estelada, y también un grupo de jazz en el Portal del Ángel, rodeado de gente que quiere escuchar música y quizá olvidar el ruido y la furia.

Y maldigo, sí, maldigo, a todos aquellos líderes políticos que por activa o por pasiva, con sus promesas irrealizables, sus soflamas incendiarias, sus arengas patrióticas, su retórica vacía y sus ansias de poder han logrado que una ciudad variopinta, diversa, plural, contradictoria como todas las ciudades, acabe fracturada, temerosa, herida.  Y entonces me entra una gran congoja y vuelvo a casa a llorar a solas, que es como se muestra la tristeza.