Cuarto y mitad

Soy mujer por mis santos cojones

Alguien pensará que es una boutade para llamar la atención, pero les aseguro que lo he leído varias veces en Twitter y es recibido cada vez con más alborozo.  Otra versión que circula por las redes es "soy hombre porque me sale del coño" que sería el equivalente en femenino. Como pueden ver, los argumentos son bastantes contundentes y un recurso inapelable cuando ya no tenemos otras razones con las que convencer a los demás.

A mi me da igual la parte del cuerpo a la que se apele para demostrar la hombría o la feminidad (porque eso es algo construido), pero me gustaría llamar la atención sobre la profunda contradicción en que se incurre al acudir a los genitales para reafirmar lo que según la teoría queer no existe: el sexo biológico.  Quizá alguien pueda pensar que esos asertos sólo son un golpe de efecto, tan necesarios para destacar y ser trending topic por un día. Pero sabemos que las palabras nunca son inocentes, y que cuando se pronuncian tienen una intencionalidad. Tanto minusvalorar el sexo, tanto repetir que es irrelevante, que es una construcción discursiva y que no tiene existencia real, para al final apelar a los testículos para confirmar que se es mujer, que es lo que han hecho los machirulos de toda la vida para imponer su criterio.

De esta manera se recurre al biologismo para corroborar que es en las gónadas de donde finalmente surge el efluvio que nos hace ser de género masculino o femenino.  Cuando el feminismo defiende que el sexo biológico es la base material sobre la que se construye la subordinación de las mujeres, y que por tanto no es algo irrelevante, se dice que es  transfobia y se critica que se recurra a la biología para establecer la diferencia entre los hombres y las mujeres.  O más aún, se dice que repite el discurso de Hazte Oír, como si coincidir con Vox en que la tierra es redonda, que gira alrededor del sol o que cuando llueve las calles se mojan fuese igual que compartir su propuesta ideológica. Hasta ese absurdo hemos llegado.

Cuando las personas que han nacido con unos genitales determinados y desean transitar al género contrario ensalzan sus aparatos genitales para reafirmarse, todo el mundo les ríe la gracia sin reparar en que están incurriendo en biologismo, un biologismo que por cierto las feministas rechazamos. El sexo es una característica de los cuerpos humanos, no un destino. Pero si eliminamos la categoría sexual, que es la que estructura en primer término la sociedad, no solo no acabaremos con la desigualdad, sino que nos quedaremos sin instrumentos para medirla y desvelarla y, en consecuencia, no podremos combatirla ni erradicarla.