Punto de Fisión

Los toros son cultura

 

Hay dos argumentos impepinables que no suelen faltar en los debates sobre espectáculos taurinos y que además saltan al ruedo por boca de artistas, poetas, filósofos e intelectuales en general. Como proceden de gente importante y tal, incluidos premios Nobel, pues parecen razonamientos muy sólidos e irrebatibles, pero no lo son. De hecho, son una cagada de argumentos, muy por debajo del simple placer físico y violento que acompaña al público que va a los toros.

El primer argumento dice que el toreo es una fiesta cuyo origen viene de la noche de los tiempos, que actualiza ritos solares y paganos de las culturas mediterráneas, un culto ancestral que hunde sus raíces en el laberinto de Creta y en el mito del Minotauro. Chorradas. También la esclavitud, el machismo, la trata de blancas, la pederastia, la violación o los sacrificios humanos son costumbres antiquísimas cuyas raíces se pierden en las tinieblas de la raza y a nadie con dos dedos de frente se le ocurriría defenderlas como excepciones culturales y ejemplos de civilización. La civilización consiste precisamente en lo contrario, en el modo en que poco a poco hemos ido apartando todos esos signos de barbarie para ir construyendo un espacio específicamente humano donde el placer de uno no signifique el sufrimiento y la matanza del otro.

El segundo argumento dice que el toreo es una actividad lúdica que ha generado un inmenso caudal artístico, desde las pinturas de Goya hasta los poemas de Lorca, desde la música de Turina hasta el baile flamenco. Más chorra todavía. Por esa misma regla de tres habría que declarar la guerra patrimonio artístico de la humanidad, ya que la guerra, con todo su cortejo de vandalismo y destrucción, ha inspirado a poetas, pintores, novelistas, músicos y cineastas algunas de las mayores obras de la especie, de Homero a Tolstoi, de los anónimos escultores mayas a Senderos de gloria, de los Fusilamientos de Goya a la Séptima de Shostakovitch.

Más nos valdría ser honestos y decir que el toreo resulta un espectáculo obsceno y sangriento, a medio camino entre la danza y la degollina, una multitudinaria catarsis que nos revela en vivo y en directo lo bestias que somos y que sublima la agonía de un mamífero superior en un polvoriento altar de chulería, destreza y coraje físico. Que el meticuloso martirio infligido a un toro en la plaza no difiere mucho del que sufren cerdos y vacas en el supuestamente aséptico matadero. Que no hay ninguna enseñanza moral ni estética que extraer de ahí salvo, quizá, que al menos en la plaza se expone con cristalina brutalidad, sin disfraces ni hipocresías, la grotesca superioridad de la especie humana sobre el resto de especies, la misma que habitualmente escondemos bajo una capa de chuletones, abrigos de piel, maquillaje de grasa de ballena y zapatos de cuero.

La última vez que fui a los toros fue hace unos cuantos años, en Cuenca, y nunca olvidaré el grito que un aficionado lanzó con entusiasmo mientras los toreros iniciaban el paseíllo: "¡José Tomás, hoy vas a morir!" Por supuesto, eso también es cultura.