Opinión · Punto de Fisión

La pancarta fantasma

Decíamos hace nada de ciertas casas encantadas de Madrid, del Palacio de Correos y la Sede de la Comunidad, de ratas y murciélagos, y va y al Palacio Real le sale una pancarta. Madrid es una ciudad proclive a las pancartas y a los fantasmas pero que ambos conceptos se fusionen en la sede exacta de la Corona da que pensar. No sabemos si se trata de una pancarta fantasma o de un fantasma pancarta, aquí el orden de los factores altera el producto porque una cosa es que una mano anónima haya colocado el aviso en uno de los balcones del augusto edificio y otra muy distinta que un fantasma se vista con una sábana de protesta.

La primera opción deja abierto el tema de la autoría con numerosas y jugosas posibilidades. Pudo haber sido una de las encargadas de la limpieza, que salió a tender la colcha y se escapó un NO reivindicativo. Pudo haber sido el chófer de Juan Carlos que se quedó con la pancarta a medio escribir: NO ME PEGUÉIS MÁS, MAJESTAD. Pudo haber sido Urdangarín, quién sabe con qué aviesas intenciones. Pudo haber sido cualquier otro miembro de la Casa Real, una de las infantas, la reina, Letizia o el travieso Froilán. Pudo haber sido el propio monarca preparando el borrador del discurso de Nochebuena con letras bien gordas, para que no le falle la vista, y que, la verdad, este año promete.

En cualquier caso, la brevedad del mensaje ofrece también cantidad de interpretaciones. No parece obra del rey ni de cualquiera de sus redactores habituales, porque la verborrea incontenible de Juan Carlos no se para en un adverbio de negación. Un discurso real requeriría de la fachada entera del palacio, las cuatro caras del paralepípedo real más todos los balcones y eso apenas le daría para el prólogo. Aunque sólo fuese a pedir perdón nuevamente, para llamar más la atención que los monaguillos del PSOE en ese video de Muchachada Nui: NO LO VOLVERÉ A HACER MÁS.

El problema es, precisamente, ese NO solitario, intransitivo, desafiante, obsceno, espectacular. ¿Es un NO de apoyo a la ciudadanía harta de recortes y desahucios? ¿Es un NO de desprecio, monárquico y altivo? ¿O es más bien un NO intemporal, intempestivo, un NO –podríamos decir– metafísico? El NO ha ondeado durante cierto tiempo de una de las pestañas esenciales de la nación como un platillo volante, una alucinación, un espectro, subrayando la irrealidad esencial de nuestra situación, el agobio generalizado ante un gobierno degenerado y una clase política inhumana, incapaz y mostrenca. Es un NO que suena a grito, a berrido, a silencioso alarido de guerra. Colgado del Palacio Real, que pega casi de frente al Senado (otro edificio fantasmagórico más no poder) y directamente al Teatro Real (que por algo tiene la forma exacta de un ataúd) es un NO completamente irreal en medio de un decorado demasiado real para ser cierto, al menos por mucho tiempo más. Irreal como nuestra santa paciencia.