Opinión · Punto de Fisión

La seriedad germánica

Resulta extraño enterarse que Der Spiegel, el semanario más influyente de Alemania y tal vez de Europa, funcionaba un poco al estilo del OK Diario, de Eduardo Inda. Finalmente la directiva ha admitido que uno de sus periodistas estrella, Claas Relotius, se iba inventando nombres, fechas, datos, testimonios y diálogos en sus reportajes, como si escribiese novelas o como si se apedillase Jiménez Losantos. Un colaborador freelance de la misma revista, el español Juan Moreno, ha logrado desenmascararlo después de una ardua investigación de meses que le llevó a enemistarse con casi toda la redacción y que le podía haber costado la carrera. “Si lo hubieras llegado a conocer” le dijeron algunos de sus compañeros, “no habrías hecho esto”.

Es lo que pasa con los mentirosos y los manipuladores, que tienen buena prensa, son muy populares, consiguen a las chicas más guapas y acaban llegando a lo más alto del oficio. Claas Relotius -que tiene un nombre como para protagonizar dos temporadas de Juego de tronos– había ganado, entre otros galadornes, cuatro premios Reporter (el más prestigioso del periodismo alemán), el European Press Prize, el Reemtsma Liberty y un premio de la CNN. Si no me fallan las cuentas a Relotius lo han defenestrado con 33 años, la edad de Cristo en la cruz, y si Moreno no lo llega a parar, lo mismo le publican una entrevista a Adolf Hitler.

La noticia pone una vez más en entredicho la controvertida creencia de que Alemania es un país serio. Primero nos enteramos que una de sus aerolíneas de bajo coste, Germanwings, dependiente de Lufthansa, se regía por unas condiciones laborales tan peculiares que terminaron por poner a los mandos de un aparato a un enfermo mental con graves problemas de visión y estrés psicológico con el resultado de 150 personas muertas y un AirBus estrellado en los Alpes. Después supimos que los ingenieros de la Volkswagen habían falseado deliberadamente los resultados de controles técnicos en emisiones contaminantes en más de once millones de vehículos, un escándalo de motores trucados que el año pasado afectó también a Daimler y a BMW. En Europa nos pensábamos que los alemanes eran gente responsable, pero algo teníamos que haber sospechado cuando Marcel Reich-Ranicki, el Papa de la literatura alemana, y el entonces ministro de Asuntos Exteriores, Joschka Fischer, pusieron por las nubes La sombra del viento, de Ruiz Zafón.

Ahora descubrimos que uno de los reporteros de referencia del periodismo germánico escribía de oído y que los cincuenta y tantos artículos que publicó en Der Spiegel eran más falsos que un máster de la Universidad Rey Juan Carlos. Tiene mucho más mérito meter estas morcillas en un semanario alemán que en uno español, ya que Der Spiegel cuenta con unos 60 verificadores mientras que Inda o Marhuenda se las apañan con una ristra de ajos. La noticia viene a subrayar la credulidad esencial de esta época en la que cualquier botarate, jaleado por una horda de ignorantes, puede ganar un premio literario, dirigir un periódico o alcanzar la presidencia de un país. Hiram Johnson dijo que la verdad es la primera víctima en una guerra, pero hoy resulta que durante la paz también. Lo más probable es que estemos en guerra contra el poder, como siempre, y que ni siquiera nos hayamos enterado.