Opinion · Punto de Fisión

Del toreo considerado una de las bellas artes

«Me gustan los animales, por eso los mato». Era una frase que decía el difunto Graham Chapman en un número hilarante de los Monty Python sobre un cazador profesional en África. El hombre iba por la selva armado de machetes, varios rifles y un bazooka, arrasando todo lo que encontraba a su paso, exterminando incluso a los mosquitos. Varias décadas después, la frase la ha repetido el diestro Enrique Ponce con una ligera mejora metafísica: «Yo amo al toro, pero tengo que matarlo para que exista». Dicen que los Simpson son el Nostradamus de nuestro tiempo pero no es verdad: tarde o temprano todo se convierte en un chiste profetizado por los Monty Python.

El toro bravo, para cobrar existencia, tiene que morir en la plaza, reventado por un estoque, acogotado a descabellos, para pasmo y deleite del respetable. Animal heideggeriano por excelencia, el toro es un ser-para-la-muerte en cuyo holocausto a pleno sol el torero encuentra su lugar en el mundo. Decía Juncal, aquel matador fracasado interpretado por Paco Rabal, que todo, absolutamente todo, gira alrededor de los toros: los poetas existen para cantar a los toreros, los arquitectos para construir plazas de toros, los músicos para componer pasodobles y las mujeres para amar y admirar a los toreros. El morlaco, evidentemente, no tiene otra razón de ser que su involuntaria contribución al espectáculo, como si su sufrimiento trascendiera hacia una órbita superior y la sangre derramada sobre la arena no fuese más que pintura caída del óleo. «Yo al toro lo veo como un colaborador para mi obra de arte, nunca como un enemigo» dice Ponce. «No hay que enfadarlo, sino ir a favor, moldeando el barro sin llevar una faena preconcebida».

Contemplar a un mamífero superior, con sus terminaciones nerviosas y su sistema límbico, como un trozo de barro que hay que ir «moldeando» (a base de capotazos, de puyazos, de los arpones de las banderillas), expresa perfectamente la falta de empatía, de piedad y de compasión necesarias a la hora de protagonizar y asistir a una corrida de toros. El razonamiento de Ponce -que es el mismo de cualquier aficionado- evoca de inmediato aquella fantástica insensatez proclamada por Karl Heinz Stockhausen, el Papa de la música contemporánea, cuando dijo que el atentado de las Torres Gemelas era «la mayor obra de arte de todos los tiempos: el hecho de que unos tipos se preparen como locos para un solo acto durante años y lo ejecuten una vez y mueran en la ejecución hace que sea algo único». Se lamentaba luego de que ni él ni ningún otro compositor podría hacer algo similar. Como mucho, joderte los oídos o amargarte una tarde.

El disparate de Stockhausen no sólo oculta una enorme ausencia de dolor por las miles de víctimas de la masacre sino también un asombro sin reservas por cierta estética de la destrucción que encuentra su correlato en las ejecuciones públicas medievales, en las intrincadas sesiones de tortura de los verdugos chinos, en el hongo atómico de Hiroshima, en las corridas de toros, en un niño orinando en un hormiguero. Arte -da un poco de vergüenza tener que descender a este nivel semántico- viene de artificio, de artificial, por eso mismo no se puede aplicar el adjetivo «artístico» a un crimen, a un atentado o a la coreografiada parafernalia de la matanza de un toro. No a menos que uno considere aquel glorioso título de De Quincey, Del asesinato considerado como una de las bellas artes, en sentido literal y no irónico.

En cuanto a la penúltima chorrada ontológica de Enrique Ponce, lo de que el toreo pertenece al ADN del pueblo español y que la Historia no se puede cambiar, lo que nos enseña la Historia, desde la abolición de la esclavitud a la igualdad de género, desde la Declaración de los Derechos del Hombre hasta el marcapasos, es precisamente lo contrario. La Historia se va haciendo a base de cambios, de avances, de progresos, y tarde o temprano -más temprano que tarde- la tauromaquia desaparecerá como un vestigio más de la Edad de Piedra.