Punto de Fisión

Los pueblos de José Luis Cuerda

José Luis Cuerda se imaginó una vez El Cielo como un pueblo español de posguerra, un pueblecito idílico donde San Pedro era un guardia civil que invitaba a los recién muertos a tomar vinos a la taberna y Dios Padre tenía al Espíritu Santo en forma de paloma metida en una jaula. Cristo llevaba veinte siglos de terapia con un psicoanalista argentino, por culpa del trauma de la crucifixión, y como Dios -o sea su Padre- está más que harto de pecados y quiere enviar otro Hijo al mundo, Cristo se cabrea mucho y decide que hay que armar un apocalipsis.

-Nada, nada. Un buen apocalipsis nunca ha hecho daño a nadie -dice Cristo.

-Pero, Hijo -replica Dios-, aquí no tenemos presupuesto para eso.

-No puede ser -clama el psicoanalista-. Veinte siglos tratando el complejo de Edipo y ahora me viene con la envidia del hermanito.

Suena disparatado e irreverente, que es lo que ocurre cuando se toman las Sagradas Escrituras al pie de la letra, se las saca de la iglesia y se las trasplanta al campo, igual que esos tipos con gafas que van a nacer en medio de un bancal. Mientras el cine y con él el resto del mundo se iban a la ciudad, dejando los pueblos españoles vacíos, lo que hacía Cuerda era llevarse el cine y el mundo entero al campo: un ingeniero que había estudiado en Oklahoma, la Santa Compaña, Dostoyevski, los dogmas del catolicismo, la guerra civil. A esta operación poética la denominó "surrulamismo", el cual era un surrealismo rústico, un surrealismo de pueblo y de andar por casa donde los profesores les ponen epítetos homéricos a los alumnos mientras les explican la lengua de las mariposas. En esos pueblos de Cuerda podía pasar cualquier cosa, desde labradores que se echan al monte a atracar difuntos hasta unos comicios municipales donde no sólo se elige al alcalde sino también al cura, a la policía, a la puta y al homosexual.

Cuerda fue a nacer en Albacete, que no es poca cosa, pero parecía haber nacido en cualquiera de sus películas bajo la forma de un profesor republicano, un alcalde necesario o un Dios Padre bonachón a quien ni siquiera le faltaban la barba blanca y las gafas. Esos pueblos suyos donde los borrachos se desdoblan y los bebés nacen a los cinco minutos de haber sido concebidos no son para nada igual que pueblos de la realidad, pero ojalá lo hubieran sido, porque todos habríamos salido ganando con unos vecinos que les dan charla a las calabazas y leen a Faulkner con auténtica devoción.

Cuerda hasta solucionó el problema de los extranjeros, que trae a todo el mundo de cabeza, mediante el sencillo procedimiento de que unos días montaran en bicicleta y otros olieran bien. Ahora que se nos ha muerto, nos gustaría imaginar que ha ido a El Cielo y que San Pedro, vestido de guardia civil, ya le está invitando a unos vinos en la taberna y a una discusión teológica, y seguro que él, como es natural, no echará de menos El Cielo de Francia.