Punto de Fisión

La muerte del cine

El otro día paseaba por la plaza de Ópera y vi que el Real Cinema había desaparecido, que en su lugar habían montado un congreso de escombros y una tertulia de excavadoras. A pleno sol, el hueco ofrecía ese extraño desamparo de molar arrancado de cuajo que se enseñorea de algunos solares madrileños, una postal de posguerra en la que sólo faltaban unos niños jugando a la guerra civil y unos mendigos rebuscando un mendrugo o un pendiente de señora sepultado entre los cascotes. En realidad, el Real Cinema llevaba mucho tiempo muriéndose, sufriendo las penosas metamorfosis típicas de los palacios venidos a menos, igual que un aristócrata caído en desgracia que empieza por vender el patrimonio y termina regentando unos lavabos.

Dicen que en el solar donde se alzaba el Real Cinema van a construir un hotel muy moderno, del mismo modo que en el emplazamiento de otros viejos cines de la capital se han levantado de la noche a la mañana unos grandes almacenes o cualquier otro cachalote arquitectónico. Con estos cambalaches capitalistas, Madrid cada vez se va pareciendo más a una señora con la dentadura tocada que se ha puesto empastes y fundas de oro reemplazando a sus muelas de toda la vida. Los cines están en peligro de extinción, van camino de perderse como las lecherías, las herrerías o las talabarterías, probablemente porque nos resulta más cómodo mirar una película en casa, con un whisky en una mano, un habano en la otra y el botón de rebobinar a tiro. Pero también porque el cine es una fábrica de sueños, igual que las librerías o las bibliotecas, y por desgracia vivimos en un país que se viste por los pies en vez de vestirse por la cabeza, un país que preferirá siempre otro par de pantalones en vez de una película, una novela o un sueño.

Al mirar aquel montón de escombros recordé que justamente ahí, hace más de cuatro décadas, mi hermano Dani, mi amigo Curro y su madre Vitoria nos habíamos sentado para contemplar La guerra de las galaxias, el célebre episodio IV de Star Wars, del que salimos con los ojos borrachos de estrellas y los oídos aturdidos de explosiones y ráfagas láser, a pesar de que, como aprendimos poco después, el ruido no se propaga en el vacío cósmico. Era la magia del cine, que se sacaba de la manga no un conejo o una paloma, sino una inmensa nave espacial brotando de la pantalla misma, desde nuestra mirada, una experiencia sin equivalente posible a pesar de la comodidad del sofá, el whisky y el habano. Ahora, de la montaña de cascotes parece que en cualquier momento van a salir un par de robots huérfanos, R2D2 y C3P0 como don Quijote y Sancho en plan cibernético con las arrobas cambiadas.

Era un tiempo donde las películas duraban meses en carteleras, a veces años, y los fanáticos de algunas -a mí me ocurrió, por ejemplo, con Blade Runner- volvíamos a verlas una y otra vez, como quien va a misa. Es verdad que las entradas acabaron siendo demasiado caras, las butacas incómodas, que algunos cines parecían diseñados por fabricantes de tortícolis y otros por expertos en faquirismo, pero el cine no sólo era el lugar donde íbamos a ver películas sino también una ceremonia pagana, una comunión con los ojos, una ópera de bolsillo, un intercambio de caricias y manitas, una sucursal de la caverna platónica. En Madrid, el Real Cinema era el penúltimo templo de una religión en la que nadie cree, un culto antiguo, como el de los guerreros jedis, transmutado en autoayuda a la carta y chándal de gimnasia. Si alguna vez levantan allí el hotel prometido, sólo espero que en sus pasillos, a medianoche, se le aparezca a la clientela las niñas mellizas de El resplandor. O el fantasma de Darth Vader.