Punto de Fisión

Ceremonia de la confusión

Una mujer pasa por un puesto talibán junto al aeropuerto de Kabul este 29 de agosto. EFE/EPA/STRINGER

Puede que sea culpa de la religión, de los turbantes, o de las barbas, pero no parece fácil catalogar a los talibanes. Unas veces son amigos y otras enemigos; un día son patriotas que luchan contra el comunismo y por la libertad, y al momento siguiente unos bestias que esclavizan mujeres y derriban monumentos a bombazos. En el juego de la geopolítica resulta muy complicado elegir a los aliados, a lo mejor porque los enemigos se eligen ellos solos. Roosevelt resumió la política exterior estadounidense con una frase dedicada a Somoza, el carnicero de Nicaragua: "Es un hijo de puta, sí, pero es nuestro hijo de puta". Entre adopciones de hijos de puta de toda clase y condición se ha ido escribiendo la historia de la humanidad, pero la cariñosa distinción de Roosevelt plantea muy bien el problema. Dicen que la política hace extraños compañeros de cama, pero la geopolítica debe de ser como casarse por poderes.

A base de plantaciones de amapola y de embajadas de buena voluntad, los talibanes van siendo poco a poco aceptados en la comunidad internacional, domesticados bajo el nuevo orden igual que esos chicos malos que prometen reformarse y luego ni siquiera se duchan. Al fin y al cabo, lo de maltratar mujeres por deporte y limpiarse el culo con la Declaración de Derechos Humanos es una constante en muchos países islámicos, así que no se entiende muy bien por qué hacer la vista gorda en Arabia Saudí y escandalizarse en Afganistán va a ser síntoma de diplomacia. Como los talibanes no han aprendido todavía a recortarse la barba y a saludar como jeques, no les pasamos ni una, mientras que descuartizan vivo a un periodista saudí en una embajada y miramos para otro lado diciendo qué cosas pasan.

Todo, absolutamente todo en la reconquista talibán, resulta muy confuso, al estilo de la guerra civil en Libia, donde un bando llevaba camisetas de Cristiano y otro de Messi: prácticamente era la única forma de distinguirlos. En Afganistán la historia marcha a toda máquina, tan deprisa que ni siquiera ha habido tiempo de adaptar el guión y algunos periodistas están a punto de dar la vuelta al discurso oficial como una tortilla de patatas, del mismo modo que el locutor aquel de 1984 cambiaba la identidad de enemigo en mitad de una frase.

También es muy confuso ver al rey Felipe VI visitando el campamento de refugiados afganos en Torrejón de Ardoz y a su padre dándose la vida padre con los jeques de Abu Dabi, una ciudad cuyo nombre parece la letra de una canción de ésas que se tararean chasqueando los dedos. Por lo demás, no sería la primera vez que los talibanes vuelven a ser de los buenos y el atentado sorpresa del ISIS en el aeropuerto de Kabul tampoco contribuye a aclarar mucho las cosas. Es normal que, entre tantas siglas y turbantes, Pablo Casado confunda a unos terroristas con otros, a las víctimas del Yak 42 con los españoles caídos en combate y al culo con las témporas, quizá porque todavía no ha tenido tiempo de sacarse un máster en yihadismo en Aravaca. El pobre hombre está a dos tuits de meter a ETA en Afganistán y de hacerse una foto disfrazado de Lawrence de Arabia.