Punto de Fisión

Theodorakis, el griego

Fotografía de 1997 del compositor griego Mikis Theodorakis, en el ensayo de un concierto en Macedonia. REUTERS/Stringer
Fotografía de 1997 del compositor griego Mikis Theodorakis, en el ensayo de un concierto en Macedonia. REUTERS/Stringer

Era el crepúsculo de la iguana.

Se trata del primer verso de "Algunas bestias", uno de los primeros poemas del Canto general, el gran libro de Pablo Neruda que es una declaración de amor a las tierras de Hispanoamérica, una cosmogonía, una crónica de la barbarie de los conquistadores, una celebración de las guerras de independencia contra los españoles, una denuncia brutal del imperialismo yanqui, un escupitajo a la cara de los dictadores, una Biblia épica y pagana consagrada a las tribus exterminadas, a los pueblos sojuzgados y a las gentes explotadas del continente. En ese primer tramo, la Biblia de Neruda posee el aliento primordial del Génesis, está repleto de animales, árboles, pájaros, ríos, montañas; vertebrada por el ritmo de uno de los grandes poetas del castellano. ¿Cómo diablos se le puede poner música a eso?

Oí la respuesta en plena adolescencia, en un disco grabado en directo a través de un impetuoso oleaje de ritmos, voces y percusiones, un fabuloso oratorio para solistas, coro y orquesta que mezcla el folklore latinoamericano y el griego, la música clásica y la popular, la poesía y la política, y que se quedó resonando en mi oído durante semanas. La energía y la delicadeza de la partitura suenan tan poderosas que da la impresión de que son los versos, escritos varias décadas antes, los que se adaptaron a la composición: incluso hoy día me cuesta leer esos poemas de Neruda sin sucumbir al embrujo de los pentagramas. Su autor, Mikis Theodorakis -quizá el compositor griego más importante del pasado siglo, al lado de Xenakis y de Vangelis- acaba de morir a los 96 años, un hombre que siempre concibió la música, en palabras de otro gran poeta comunista, Gabriel Celaya, como un arma cargada de futuro.

La música y la política forman el bajo continuo de su biografía, desde que se unió a la resistencia griega durante la Segunda Guerra Mundial, ayudando primero a varias familias judías a escapar de las redadas nazis y cayendo luego en manos de los fascistas italianos, que lo encarcelaron y torturaron en una temprana premonición de su arresto y encarcelamiento bajo la Dictadura de los Coroneles. En París, en los años cincuenta, estudió a la sombra de uno de los patriarcas de la música contemporánea, Olivier Messiaen, y dio a luz algunas de sus primeras obras orquestales, pero no fue hasta su regreso a su país natal, en la década siguiente, que Theodorakis empezó a empaparse de la poesía, la tradición y el folklore griegos hasta forjar ese estilo característico que sería su sello personal.

Antes de Neruda puso música a los poemas de Yorgos Seferis y Odysseas Elytis, dos poetas nacionales galardonados también con el Premio Nobel, y ya era un compositor famoso en su país gracias a cientos y cientos de canciones, cuando en 1963 su nombre alcanza resonancia mundial gracias a la banda sonora de Zorba el griego, la película de Michalis Cacoyiannis basada en la novela de Nikos Kazantzakis. Protagonizada por un Anthony Quinn en estado de gracia, con interpretaciones estelares de Alan Bates, Irene Papas y Lila Kedrova, Zorba resulta una obra maestra del séptimo arte, un canto a la vida, al amor y a la esperanza de una fuerza telúrica arrebatadora, cuya inolvidable danza final, el sirtaki, estará unida por los siglos de los siglos a la maravillosa música de Theodorakis.

Tras el golpe de estado de 1967, Theodorakis, que había sido elegido diputado, fue detenido y llevado a un campo de concentración donde inició una huelga de hambre. Fue liberado gracias a un movimiento de protesta internacional al que se sumaron artistas de la talla de Dmitri Shostakovich, Leonard Bernstein, Arthur Miller y Laurence Olivier. Desde su exilio en París, promovió la lucha contra la dictadura a través de giras, conciertos y manifestaciones, sin olvidar la composición del Canto general y de bandas sonoras tan llamativas como las que revisten Z (1969) y Estado de sitio (1973), dos magníficas películas militantes de su compatriota Costa-Gavras.

Tras la caída del régimen fascista en 1974, Theodorakis retornó a Grecia y prosiguió la lucha en ambos frentes, político y artístico, con su elección como diputado durante los ochenta, su nombramiento como ministro en un gobierno de coalición y su infatigable labor en favor de diversas campañas: el desastre nuclear de Chernóbil, la guerra de Kosovo o la invasión de Irak. Los escándalos de corrupción de socialistas y comunistas provocaron un giro hacia posiciones conservadoras en los noventa mientras que en sus últimos años participó en diversas manifestaciones en contra de las políticas de austeridad del gobierno heleno. De cualquier modo, siempre llevó como bandera, junto a la música del sirtaki, aquella apasionada declaración de Zorba cuando su amigo inglés le dice que no quiere meterse en problemas: "La vida son problemas, la muerte es la solución".