Desde lejos

Esos Mercados tan sexys

Se habla tanto de ellos en estos últimos tiempos, que ya han empezado a parecerme increíblemente sexys. Ya saben que, según afirman los rumores, las mujeres solemos rendirnos ante los poderosos. Y puestos a ser poderosos, en este momento nadie lo es más que los mercados, qué les voy a contar. Así que yo, con la debilidad propia de mi género, siento un extraño cosquilleo en el vientre cuando oigo asegurar que, tranquilamente, sin ningún rubor, son capaces de colocar a un país en lo más alto de la escala o, por el contrario, de rebajarlo por un simple capricho a las ínfimas categorías de la credibilidad y el bienestar. ¡Eso sí que es poderío!

No sé qué pensarán ustedes, pero yo a los mercados me los imagino varones. Como Dios. ¿Alguien concibe al Señor, a Jehová o a Alá con pechos femeninos y una dulce sonrisa maternal? No, el Poder Supremo es hombre. Y yo no tengo la menor duda de que los mercados son unos señores estupendos, de mediana edad (o sea, con la energía de la juventud pero sin la excesiva conciencia que a menudo acompaña a la vejez), que están instalados en las Islas Caimán, por ejemplo.
Los mercados se lo pasan genial, estoy segura. Andan casi siempre descamisados –nada de aburridas corbatas y trajes–, navegan mucho en yate y montan unas fiestas estupendas, con champán y caviar y baños a la luz de la luna. Y, de vez en cuando, miran de reojo la pantalla de su ordenador, aprietan un botón y ¡plaf!, un país entero que se va a hacer gárgaras. ¡Madre mía, qué excitación! Por favor, que alguien me presente a unos mercados, a ver si encuentro de una vez al hombre de mi vida...