Opinion · Desenredando

Fragilidad blanca: la susceptibilidad a debate

Señalar conductas racistas es difícil. La cosa se complica más cuando, además, la persona que señala la racistada es una persona racializada. Es decir, una persona que no es blanca. Parece que, cuando quien llama la atención sobre la racistada es una persona blanca se lleva algo mejor que cuando lo hace una persona que no lo es.

Sirvámonos del feminismo como analogía: parece que los hombres aliados feministas están más legitimados para hacer llamadas de atención a sus congéneres sobre sus machistadas. Parece que los hombres se lo toman algo mejor si es un hombre quien les afea un comportamiento. En cambio si es una mujer, muchas veces se ponen a la defensiva y, lejos de revisarse, lo que hacen es apelar a la hipersensibilidad de la mujer que les señala su machismo con lindezas del estilo de “qué piel más fina tienes”, “no te pongas histérica”, “qué humor, chica, ¿tienes la regla o qué?” y similares. Con el racismo pasa un poco lo mismo. Así que imagínate lo que es señalar conductas siendo mujer negra.

Hasta hace algunos años yo tendía a callarme cuando alguien delante mío hacía algún comentario racista. Pero no son solo comentarios racistas, son expresiones de las de “¡eso se ha dicho siempre, mujer!”. Son fotos y memes, como el negro del WhatsApp. Yo me callaba. Me quedaba con el malestar, pero no decía nada. También era más joven, cierto. La juventud y la inexperiencia me hacían permanecer callada e incómoda. Pero ahora ya no agacho la cabeza ni miro para otro lado. Ignorar el comportamiento de quien me pone en una situación incómoda no es la manera de resolver. Primero, porque yo me quedo con la incomodidad; y segundo porque callándome contribuyo a que esa persona siga creyendo que lo que dice es inocuo cuando no lo es.

Para una persona racializada, señalar una conducta racista suele ser un esfuerzo enorme

Y ahora estamos en un momento en el que, afortunadamente, en España se empiezan a oír Las Otras Voces. Esas voces son de personas como yo, personas que siempre hemos sido silenciadas desde el paternalismo y la condescendencia blancas del “ya lo digo yo, pobrecita, que tú no sabes”. Y esas nuevas voces (que son nuevas por poco escuchadas, no por ser nuevas realmente) consiguen, a mi entender, dos cosas importantes (seguro que más, pero me voy a quedar con estas dos):

  • Por una parte, nos alejan del peligro de la historia única de la que habló Chimamanda Ngozi Adichie en una de sus charlas TED.
  • Por otro lado provocan una incomodidad necesaria para que se produzca un poco de autocrítica entre las personas blancas. Sobre todo entre las personas blancas que se consideran aliadas de la lucha antirracista, que se consideran no racistas… y que descubren que, ¡oh, sorpresa!, no están libres de culpa.

Cuando una persona negra se atreve a señalar una conducta racista, la persona blanca suele reaccionar mostrando una conducta que se ha denominado fragilidad blanca. Voy a referirme siempre a personas negras, puesto que yo lo soy, pero podría pasar con cualquier otra persona racializada: latina, árabe, gitana, asiática.

Convengamos que, para una persona racializada, señalar una conducta racista suele ser un esfuerzo enorme. Se encuentra rodeada de personas blancas y muchas veces es la única persona racializada en ese momento; por lo tanto, si la conversación va a tratar sobre racismo, se encuentra en un espacio nada seguro. Y, siendo consciente de que la fragilidad blanca va a entrar en juego, es posible que esa persona racializada no tenga muchas ganas de señalar nada.

Porque cuando una persona negra señala una conducta racista, las reacciones que de las personas blancas no suelen ser de buen gusto. ¿Y eso por qué? Porque cuando le señalas a alguien una conducta racista (concreta y determinada) ese alguien entiende que le estás llamando racista. Seguimos creyendo que racistas son los skin heads neonazis que salían a cazar negros en los años noventa, o los miembros del Klu Klux Klan quemando cruces y, claro, no queremos queremos que nos llamen racistas si ser racista es eso. Porque eso es muy malo. Y no somos malos, somos buena gente.

Una cosa que no me canso de repetir en las ponencias que doy, en las entrevistas que me hacen y en los artículos que escribo, como el de hoy, es que el racismo no es una cuestión individual. Es decir que tú, aunque nunca hayas agredido físicamente a una persona racializada ni le hayas gritado “¡vete a tu país, negro/moro/chino/panchito de mierda!” puedes tener comportamientos racistas sin siquiera ser consciente de ello. ¿Y eso por qué pasa? Porque el racismo es estructural. Como el machismo.

¿Verdad que cuando empezaste a leer sobre feminismo te diste cuenta de que vivimos en una sociedad patriarcal y sexista? Bien, pues a la que empiezas a leer sobre racismo, te das cuenta de que ese patriarcado sexista también es blanco y racista. De manera que, igual que empezaste a detectar en ti comportamientos machistas cuando empezó tu deconstrucción en cuanto al género, también detectarás comportamientos racistas cuando empieces tu deconstrucción en cuanto a la raza.

Retomemos. Una persona racializada le dice a una persona blanca “eso que has dicho es racista” y la persona blanca reacciona sintiéndose atacada y ofendida y enarbola enseguida el “¡cómo voy a ser yo racista si [rellena el espacio]!”. Esta reacción forma parte de la fragilidad blanca.

Robin DiAngelo, académica e investigadora.
Robin diAngelo. Fuente: Crosscut.com

El concepto de fragilidad blanca no me lo he inventado yo. Lo acuñó Robin diAngelo en 2011 (así que, como ves, esto es algo de lo que se viene hablando desde hace ya tiempo). DiAngelo es profesora en la Universidad de Washington y trabaja en los campos del análisis del discurso crítico y en estudios sobre la blanquitud (en el original, whiteness studies).

La blanquitud, como posición social y política, otorga a las personas blancas una vida alejada del estrés que produce ser una persona racializada. Por lo tanto, una persona blanca vive en una situación privilegiada y, a su entender, equilibrada en términos de raza. No siente ningún peligro ni ninguna amenaza. Sin embargo, las conversaciones sobre racismo con personas racializadas rompen ese equilibrio. Esos temas sitúan a la persona blanca interpelada en una situación incómoda que incluso puede llegar a ser tan intolerable para ella que utilizará una serie de respuestas defensivas para restaurar ese equilibrio. Todo cuanto sea necesario para volver a su zona de comodidad y confort. La fragilidad blanca comprende todas esas respuestas defensivas.

Esto pasa porque todavía hoy se concibe el racismo como un problema que tienen las personas racializadas, un problema que tienen Los Otros, y no como algo en lo que el privilegio blanco y, por ende, la blanquitud también tengan algo que ver.

Las respuestas más comunes producidas por la fragilidad blanca, según DiAngelo, suelen incluir el enfado y la culpa hacia la persona racializada. Esto nos dificulta todavía más la conversación y pone más presión sobre las personas racializadas, que tienen que andar protegiendo y cuidando los sentimientos de las personas blancas para que no se sientan heridas. Y eso es absurdo. Tan absurdo como si alguien te pega un pisotón (aunque sea sin querer) y dudes en si decirle que te ha pisado porque te acabará echando la culpa de haber puesto el pie ahí.

En el experimento How racist are you, de Jane Elliott, se ve claramente esa percepción sobre que el racismo es un problema de las personas no blancas cuando una mujer blanca, ante la interpelación de una mujer negra sobre el racismo, le contesta “bien, ¿y qué vas a hacer tú para resolver el problema?” dejando claro que ella, como mujer blanca en una sociedad blanca, no es quien tiene que moverse. La respuesta de esta mujer se da desde la fragilidad blanca.

Por lo tanto, para establecer alianzas tenemos que ser conscientes de nuestros privilegios. Al final, es lo mismo que desde el feminismo se les pide a los hombres, ¿verdad? Que sean conscientes de cuáles son sus privilegios, que los revisen y que entonces, tras ese trabajo de revisión e identificación serán percibidos como aliados.

Pues apliquemos la misma lógica al racismo. Parte de esa revisión y esa deconstrucción pasa por identificar los momentos en los que la fragilidad blanca se activa.

Y por último, si te preguntas cómo combatir la fragilidad blanca, estos son los consejos que yo personalmente te daría:

  • Aprende a gestionar tu incomodidad sin pretender que las personas racializadas te pidan perdón por incomodarte.
  • Aprende a no responder atacando cuando intentamos que veas tu racismo.
  • Detente un momento antes de cuestionarnos, respira hondo. Piensa de nuevo en eso que acabas de decir y cuestiónate tú también.
  • Haz autocrítica, chiqui. Es conveniente aprender a hacer eso sin condescendencia, sin paternalismo, sin que tu susceptibilidad le dé la vuelta a la tortilla para que sea la persona racializada quien se sienta incómoda.

Es necesario alejarse de todo eso. De otra forma, mantener una conversación sobre racismo deviene complicado. Porque es guay hablar de racismo, pero cuando hablamos de racismo con personas negras que tienen mucho que decir y señalar… ya no mola tanto.