Opinion · Dominio público

El terreno de lo real

Jorge Moruno

Sociólogo

Jorge Moruno
Sociólogo

Si el régimen político del 78 es ya incapaz de recuperar los consensos que lo legitimaron en su tiempo, la ruptura democrática todavía no es capaz de vencer al régimen en su deriva oligárquica. Asistimos a la involución autoritaria del poder constituido que deja obsoletas sus propias formas inaugurales, o por el contrario, si se consigue articular la expansión desbordante del poder constituyente, inaugurar otras nuevas formas. Dos orientaciones diametralmente opuestas de pensar el propio tablero político, las partes que componen la sociedad y el reparto de las propiedades comunes entre las distintas partes. La democracia no es nunca una meta a alcanzar, es siempre una tensión constante que se libra en el terreno de lo real, entre su reducción y exclusión o entre su ampliación e innovación.

Empero, a veces tendemos a pensar que lo real se reduce únicamente a aquellos aspectos de nuestra vida donde experimentamos físicamente los acontecimientos o cuando somos testigos presenciales de lo que consideramos una realidad. La base social y comunicativa que sostenía lo real en la modernidad se derrumba y con ella, las relaciones mantenidas entre las instituciones levantadas y la ciudadanía. Esto trastorna la puesta en escena y la composición del partido, los sindicatos o la relación con el patrón, instituciones de una época donde la comunicación y el trato de la información eran básicamente unidireccionales, de arriba hacia abajo con un emisor y un receptor. La nueva situación de fragmentación de lo conocido, de mutación en el terreno de lo pensable y realizable deja vetustos los marcos de lo que hasta ahora venía siendo hegemónico. Sucede como si la tensión moderna entre lo efímero y lo inmutable que percibía Baudelaire, entre lo sólido y lo que se desvanece en el aire que hablaba Marx, sólo hubiera lugar ahora para lo veloz y la profanación de lo sagrado.

Lo real de la realidad va mucho más allá de lo que en un primer momento parece ser que la define, entran en cambio, numerosos aspectos en juego que son tan reales como inmateriales. Lo imaginario también forma parte de lo que vivimos como lo real, no por nada Marx destacaba que lo que «distingue al peor arquitecto de la abeja más experta, es que él ha construido la celdilla en su cabeza, antes de construirla en la colmena. El resultado al que llega el trabajador preexiste idealmente en la imaginación del trabajador». Es en esta relación que se retroalimenta entre las cosas que hacemos y las palabras que decimos, lo que determina nuestros imaginarios sociales, es decir, lo que dota de sentido y contenido nuestras prácticas sociales en un tiempo histórico concreto.

La comunicación es como el vehículo de la cultura que transita en una comunidad política, actuando como el polen que transporta la abeja a la colmena y que luego lo transforma en pan de abeja. Esto siempre ha sido así, pero hoy la posibilidad de ejercer poder está menos anclada en la fijación estática de la comunicación porque sus relaciones son más volátiles, intensivas y flexibles. Esa comunicación es múltiple y reticular y la centralidad de la información está sujeta a variaciones que penden de su capacidad de generar influencia y atracción en el resto de variables.

El lenguaje es «la conciencia práctica» decía el de Tréveris, la emoción y las pasiones son consustanciales al ser humano y el discurso político es también base material de la sociedad cuando las características comunicativas tienden a describir los rasgos del trabajo. Hacer, pensar y ser van de la mano.  En este sentido es falso que las ideas que nos formamos en los medios de comunicación no guarden relación con lo que sucede en la calle, como lo es pensar que la televisión, las redes sociales en internet y la expresión popular en la calle se relacionan entre sí en compartimentos estancos donde no hay sinergias entrecruzadas. Heidegger entendía que la «esencia de la tecnología no es algo tecnológico», pues son las relaciones sociales, el ser humano, quienes dotan de contenido a la tecnología.

El marketing es, como nos recuerda Deleuze, un método de control social. Estudiar el marketing es estudiar las pasiones y el deseo social, es investigar en la afirmación de Spinoza cuando sentenciaba que «todos estamos presos de nuestro propio placer». El problema a enfrentar no es el placer ni el deseo, lo es la manera de articular su encuentro y orientación psicosocial. Se libra una batalla ideológica por el sentido de nuestra propia potencia humana en desplegar el deseo de ser, vivir y producir. Una batalla ideológica entre una fórmula avanzada encarnada en el marketing, a la que se le  puede oponer alguna forma de comuning, cuando somos conscientes de que hoy producción, comunicación y semiótica están más vinculadas que nunca. Apostar hoy por la transformación política que se abre camino ante los ojos y oídos de la comunidad política dentro del terreno enemigo, pasa igualmente, por analizar y leer a Lenin desde la óptica de la semiótica y la comunicación. Conectar e ilusionar la esperanza sin caer en la fantasía, articular consensos democráticos ya fraguados en la sociedad que desborden el marco del espectador para que el público pase a ser protagonista.