Dominio público

Que no nos convenzan de la derrota

Miquel Ramos

Varias personas participan en una manifestación antifascista. - Alejandro Martínez Vélez / Europa Press
Varias personas participan en una manifestación antifascista. -Alejandro Martínez Vélez / Europa Press

De nada sirven hoy los lamentos ni los reproches. No sirvieron hace cuatro años cuando la ultraderecha entró por la puerta grande de las instituciones españolas con alfombra roja y eufemismos, ni con los sucesivos sustos de Le Pen en Francia, ni con los gobiernos de Trump o Bolsonaro. No fue Meloni quien dio el susto hace dos días. El fantasma hace años que recorre Europa y medio mundo, y algunos ya nos sentimos como telepredicadores anunciando el fin del mundo cada vez que los ultraderechistas están con medio cuerpo en la ventana a punto de entrar. No funciona.

Decía la pasada semana, a pocos días de las elecciones italianas, que esta nueva ola neofascista consiste en la absoluta normalización de las ideas de la ultraderecha y la asunción de sus marcos, su agenda y sus políticas por parte del resto de partidos. Pero también, y por oposición, en una izquierda que pierde más tiempo buscando culpables o tratando de aprovechar la marea antes que de ponerse manos a la obra.

No hay que omitir a los responsables, directos e indirectos, de esta nueva victoria del fascismo. Pero ordenémoslos por responsabilidades. Cuando liberales y conservadores cada vez se parecen más a los ultraderechistas, y los socialdemócratas se muestran incapaces (o sin intención) de plantar cara o tan solo cuestionar al neoliberalismo, se deja la puerta abierta al relato de la casta y de que todos son iguales. Aquí es donde la ultraderecha pesca parte de su electorado: en el cansancio, la decepción y la antipolítica, en que nada o poco cambia para la clase trabajadora gobierne quien gobierne, aunque luego la supuesta solución mágica de la ultraderecha siga el mismo guion que los anteriores, solo que atizando un poco más a los más vulnerables. Y es que sus recetas económicas no tienen nada de antisistema, sino que son una garantía para este, y para que las élites sigan en sus tronos mientras el debate del populacho gire en torno a la migración, las feministas, el colectivo LGTBI, los moros, la familia y las banderas.

El reproche a la izquierda institucional, a la que dice serlo y gobierna, pero no ejerce como tal, es más que necesario. Hay quienes esperan más de ella, quienes la excusan con las limitaciones de la coalición o del marco institucional, y quienes directamente la señalan como insalvable y como parte del problema. Todos tienen sus motivos y su parte de razón, pero la pataleta nunca sirvió de nada. Regalar la representación de la izquierda tan solo a estos partidos (o peor, al Gobierno), es contradictorio cuando al mismo tiempo se le niega tal entidad. Hay que seguir poniendo frente al espejo a esa parte de la izquierda que está en las instituciones, señalando no solo sus contradicciones o su falta de valentía (o peor, de voluntad), sino también su falta de argumentos o la ausencia de explicaciones más allá de triunfalismos por migajas.

Lo que no aporta nada y es un buen aliado tanto de la ultraderecha como del statu quo, es el nihilismo, el derrotismo, o peor, el ver a los fascistas como un ejemplo a seguir ‘porque hablan de lo que al pueblo le interesa’. Esto, lamentablemente, es algo que hemos visto en determinados espacios de una izquierda instalada en la pataleta y en el todo mal, sobre todo en redes sociales. Eso sí, tampoco es justo regalar a esta autoerigida como verdadera izquierda la representación de la ideología, ni tan solo de los deseos y las reivindicaciones de la clase trabajadora, por mucha pomposa retórica marxista que utilice.

Hay otra izquierda proactiva y menos llorica que de verdad trabaja por revertir esta situación, aunque lo haga lejos de los grandes focos mediáticos y los debates encarnizados en las redes sociales, llenos de anónimos predicadores y ascetas. Las personas que trabajan en sus pueblos y en sus barrios contra la precariedad, codo a codo con sus vecinos y vecinas, llevan tiempo construyendo ese mundo que algunos, de derecha a izquierda, tratan de defenestrar o de negar que exista. Cuando se culpa a ‘La Izquierda’ de no estar haciendo nada, y se señala solo a los partidos, se omite deliberadamente a estos movimientos sociales que siempre estuvieron, y se le regala la representación de la izquierda a los partidos e instituciones a quienes, al mismo tiempo, se les reprocha que no lo son. Hablar de ‘La Izquierda’ y omitir esto es una buena estrategia de la derecha para negarle entidad, pero una omisión imperdonable a quien se considera de izquierdas.

La derrota se construye antes en el imaginario colectivo que en la práctica, y parece que hay determinados personajes empeñados en instalarla incluso en sus propias filas. La izquierda institucional renunció hace tiempo a plantear algo que vaya más allá de pequeñas reformas que la estructura pueda asumir, sin molestar demasiado a las élites, capaces de derribar o instalar cualquier gobierno usando toda su artillería ajena a la democracia. Y no hay que menospreciar que algunos pequeños cambios sí que ayudan a quienes peor lo están pasando, aunque haya que señalar que siempre, mientras exista precariedad y explotación, serán insuficientes. Y por eso, los movimientos sociales son los que deben permanecer advirtiendo de todo lo que queda por hacer y predicando con el ejemplo. Aunque se crea que solo por aliviar temporalmente la situación de una parte de la población ya ha valido la pena, la honestidad debería exigir que se explicase el cómo y por qué se traga con todo lo demás y hasta dónde se está dispuesto a ceder.

Aún así, la izquierda sobrevive, le pese a quien le pese, ajena a los profesionales de la política. Sobrevive en las pequeñas grandes luchas que un día consiguen parar un desahucio, que otro día ocupan un edificio para familias vulnerables, o que consiguen frenar un plan urbanístico ecocida y especulativo. En sindicatos que consiguen frenar despidos, ganar a sus explotadores en un juicio o mejorar sus condiciones laborales. Cuando se planta ante los fascistas cada vez que estos pretenden vomitar su odio en los barrios obreros, o cuando lucha cada día contra el racismo, la homofobia y el machismo en sus escenarios cotidianos. Y sí, la conciencia de clase existe también en estas pequeñas luchas que algunos tratan de relegar a ‘lo identitario’ negando lo material que subyace en todas ellas, y a pesar de los esfuerzos del neoliberalismo por desclasarlas. Por eso, no puede regalarse al sistema o a la ultraderecha la batalla en las políticas de identidad (de los derechos de determinados colectivos a la igualdad), porque esta la explota y la vacía de contenido de clase precisamente para que la abandonemos y se la regalemos para enmarcarla en su relato reaccionario.

El terreno institucional, los partidos o los grandes platós son otra liga, y sus personajes van y vienen. Quizás convendría girar el foco hacia los que permanecen cuando los otros se van. Hay proyectos, espacios y luchas para todos los gustos, no lo duden. Quien diga que no hay nada que hacer se equivoca o miente. Y solo quien se puede permitir una derrota tras otra, quien está a salvo o quien pretende que nada cambie, es el más interesado en instalar ese nihilismo y ese derrotismo en esta izquierda, en esta sociedad que se resiste a resignarse.