Opinion · EconoNuestra

Alemania: El cuento del gigante con pies de barro

Mª Eugenia Ruiz-Gálvez Juzgado

Investigadora del Grupo Economía Política de la Mundialización y miembro de Econonuestra.

Es evidente que las políticas y estrategias impulsadas en España en los últimos años no sólo han sido esenciales para adaptar el mercado de trabajo a las necesidades del capital, sino también han supuesto un importante cambio en el proceso de correlación de fuerzas. Desde hace ya tiempo, mucho antes de la crisis, asistimos a un proceso continuo, de ajustes y desbarajustes ideológicos, que sitúan a la clase trabajadora en una vulnerable y decadente posición, donde apenas tiene margen de maniobra para escoger qué tipo de vida, laboral y personal, queremos construir.

Todo este largo proceso forma parte de una tendencia global que se repite de una economía a otra, con las mismas medidas y objetivos, indistintamente de las diferencias históricas, económicas y sociales existentes. Basadas en la desregulación laboral permanente, mediante la flexibilización de la mano de obra, este conjunto de medidas se han presentado como la clave para lograr la modernización y/o europeización laboral. A raíz de la crisis, los argumentos más comunes se basan en que son éstas la única solución para acabar con el desempleo y la recesión económica, utilizando la estructura del mercado laboral alemán como el “exitoso” ejemplo que debemos alcanzar. ¿Pero es un buen ejemplo a seguir? ¿Es realmente un éxito?

Las reformas laborales en Alemania fueron promovidas por el Partido Socialdemócrata (SPD) entre 2003 y 2005. Justo hace ahora una década, se presentó la famosa y controvertida Agenda 2010, programa de recortes socio-laborales que tenían como propósito frenar la caída de la economía alemana, hacer frente al envejecimiento de la población y potenciar la funcionalidad de Alemania en el proyecto comunitario. A fin de “renovar” la estructura del mercado laboral, la Comisión para la Modernización de los Servicios en el Mercado de Trabajo, liderada por Peter Harzt, impulsó cuatro reformas legislativas conocidas por Hartz I – Hartz IV. La Agenda 2010 supuso un brusco viraje sin precedentes, la fuerte carga neoliberal la convirtió en la principal amenaza al Estado de Bienestar alemán.

Los aspectos más relevantes de estas reformas se basaron en (i) la aparición de Empresas de Trabajo Temporal (ETT), (ii) la creación de subvenciones a empresarios y fomento del emprendimiento, (iii) impulso de nuevas formas contractuales basadas en la parcialidad, temporalidad y bajas remuneraciones, más conocidos como los Minijobs, (iv) la disminución de la cuantía y periodo de los subsidios por desempleo y ayudas sociales, además de endurecer los requisitos para la adquisición de éstos, (v) el debilitamiento de la negociación colectiva y (vi) la reforma de las pensiones mediante el aumento de la edad de jubilación y prejubilación.

Como se puede observar, estas medidas son razonablemente parecidas a las reformas aplicadas en España en los últimos años. Si bien en nuestro caso, es evidente que la puesta en marcha de este recetario único ha supuesto un agravamiento de la situación económica y social; en el caso germano, la embriaguez ante el supuesto éxito del modelo parece obviar algunas realidades laborales que empiezan a ser visibles y preocupantes. El desempleo alemán, según Eurostat, se ha reducido a la mitad desde 2005 (10,8%) hasta hoy (5,4%). Si profundizamos en estos datos, vemos como el aumento del empleo se ha registrado principalmente en el sector más precario. Parece que el milagro alemán se ha basado en la expansión del sector de bajos salarios al cual pertenecen hoy en día el 25% de los trabajadores.

Los recortes en los subsidios y sistema de pensiones, así como la entrada de los minijobs como medida estrella, y nueva estrategia política para combatir el desempleo en España, suponen un duro golpe para gran parte de la sociedad. La normalización de la precariedad mediante los miniempleos (en 2012 alcanzaban los 8 millones de contratos temporales de 400 euros al mes, exentos de cotizaciones e impuestos), destruye contratos ordinarios y debilita la seguridad social y los mecanismos de subsistencia (según el Institut Für Arbeitsmarkt, IAB), condenando a la población a la creciente desigualdad y a la pobreza en la vejez.

A pesar de los recortes y el endurecimiento de los requisitos para acceder a las ayudas sociales, éstas se han convertido en indispensables para la sociedad. Según las encuestas oficiales alemanas en 2011, un 49% de la clase trabajadora declaró que el salario no cubría sus necesidades y según Eurostat, cerca de un 8% de éstos eran Working Poor (trabajadores pobres) mientras que un 19,8% del total de la sociedad vivían en riesgo de pobreza. Este problema, asociado históricamente a la falta de empleo, afecta de forma creciente a personas empleadas, un hecho insólito y preocupante.

Todo ello ha derivado en una situación de creciente desigualdad, donde el 10% de la población más rica es ocho veces mayor que el 10% más pobre, pero parece que estos datos no resultan relevantes a la hora de valorar el “idílico” modelo germano y de imponerlo en el resto de países como si fuera la panacea a nuestros problemas económicos, políticos y sociales.

Por ello, además de no ser un ejemplo que pueda solucionar los problemas intrínsecos de la estructura laboral española, el modelo alemán presenta insuficiencias y una problemática que difícilmente podría afrontarse en un país como España.