EconoNuestra

Seguimos en la crisis (¿dónde está el final del túnel?)

Fernando Luengo
Profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del colectivo econoNuestra. Coautor, con Ignacio Álvarez y Jorge Uxó, del libro 'Fracturas y crisis en Europa' (próxima publicación en Clave Intelectual-Eudeba)

Bruselas, con el altavoz de buena parte de los medios de comunicación, ha lanzado a los cuatro vientos la información estadística relativa a la evolución del Producto Interior Bruto (PIB) en el segundo trimestre de 2013. El resultado de comparar ese dato con el obtenido en el primer trimestre de este mismo año es que la zona euro (ZE) habría superado la recesión (término que, técnicamente, alude a la existencia de dos trimestres consecutivos de retroceso del PIB).

Con estos datos, tan atados a la coyuntura, referidos al conjunto de la ZE, Bruselas "saca petróleo", deslizando la idea de que las economías europeas divisarían ya el final del túnel. Estaríamos, pues, al comienzo del tan deseado retorno al crecimiento. Pero no nos precipitemos y veamos el asunto con cierta perspectiva.

Si se cumplen las previsiones de Eurostat (Oficina Estadística de la Unión Europea, UE), el PIB comunitario se situaría en 2013 por debajo del nivel de pre crisis, en 2007. El balance de la ZE todavía es más desfavorable, pues su producto sería un 2% inferior al del año tomado como referencia. Más de la mitad de las economías (16 de las 27 que forman parte de la UE, excluida Croacia) se encontrarían en esta situación. Destaca en este panorama nada alentador la evolución de las economías meridionales. En el periodo que estoy considerando, un sexenio, la caída acumulada del producto en la economía española habrá sido del 6%, en Italia y Portugal del 8% ¡y del 23% en Grecia!

Si una parte importante de las economías comunitarias han seguido una trayectoria en forma de "J invertida", esto es, un fuerte retroceso del producto seguido de una recuperación insuficiente e inestable, en las economías periféricas se dibuja con nitidez una "L", desplome productivo y tendencia hacia el estancamiento. Así pues, estas economías están atrapadas en la trampa del decrecimiento (no deseado): a lo largo del quinquenio comprendido entre 2008 y 2012 España e Italia obtuvieron resultados negativos en tres de los cinco años, Portugal en cuatro y Grecia en todos ellos. En 2013, siempre siguiendo los cálculos entregados por Eurostat, los cuatro países estarán en números rojos.

Lo más importante es que la leve mejoría (coyuntural) registrada en el PIB no debe ocultar los bucles o círculos viciosos en los que están atrapadas buena parte de las economías comunitarias. Desde esta perspectiva, superar la crisis económica significa mucho más que salir de la recesión. Es imprescindible abordar y resolver los problemas que la provocaron: la creciente desigualdad, la hipertrofia y desregulación de las finanzas, las disparidades productivas y comerciales entre el centro y la periferia europea, y una unión monetaria cuyo diseño institucional y su operativa ha estado al servicio de las economías más fuertes del continente, de las grandes corporaciones y de los capitales financieros.

Estos asuntos ni están en la agenda de Bruselas ni en la de los gobiernos, o lo están de manera retórica. No en vano avanzar en esa dirección implica una revisión en profundidad del proceso de acumulación capitalista y del proyecto comunitario; implica necesariamente cuestionar las relaciones de poder.

Entretanto, las denominadas políticas de austeridad y de reforma estructural están agravando de hecho ese "mar de fondo": Están aumentando las desigualdades sociales hasta extremos desconocidos, provocando una enorme fractura social y un persistente debilitamiento de la demanda; los mercados financieros continúan gozando de la privilegiada situación de antaño, en materia de rendimientos elevados y opacidad; las capacidades productivas de las economías meridionales están experimentando un proceso de continua degradación ante la penuria inversora, lo que amplía la brecha con respecto a las más prosperas del continente; y el entramado institucional europeo y el euro responden cada vez más a los designios de la potencia hegemónica, Alemania, y de las oligarquías económicas y políticas.

Añádase a este escenario "estructural" que el endeudamiento público de las economías más débiles está en unos niveles inmanejables y que los pagos financieros están estrangulando el gasto social y productivo, que los bancos, a pesar de la gran cantidad de recursos públicos puestos a su disposición (incluidas las líneas de crédito facilitadas por el Banco Central Europeo), presentan altos índices de morosidad y no han restablecido los circuitos de financiación a familias y empresas, y que éstas todavía tienen que hacer frente a altos niveles de deuda.

Con este panorama, no cabe la autocomplacencia a la que, con el cinismo que acostumbran, son tan propensos gobiernos y responsables comunitarios. La situación económica es muy mala y necesita de un plan de emergencia, plan que sólo podría impulsar una mayoría social y política que se reconozca en un diagnóstico que cuestione desde la raíz el actual estado de cosas.