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Televisión y Ciencia: crónica de un divorcio

Ignacio Mártil
Catedrático de Electrónica de la Universidad Complutense de Madrid y miembro de la Real Sociedad Española de Física

En los últimos años y en especial desde el estallido de la crisis, cada vez que se pregunta a los ciudadanos por su opinión sobre ciertas profesiones, los científicos se sitúan siempre entre los mejor valorados, por encima incluso de colectivos tales como médicos, profesores de la eseñanza pública o policías y militares, por citar solo a aquellos que gozan del mayor reconocimiento.

Por otra parte, cuando se analizan los contenidos de los informativos de las cadenas de televisión generalista así como los de la prensa escrita, las noticias sobre ciencia brillan por su casi total ausencia, de manera que aquellos ciudadanos que fundamentan sus opiniones en los detalles que las televisiones les ofrecen, disponen de una información prácticamente nula acerca de lo que es la ciencia y de la labor que realizan los científicos. Excluyo del análisis que presento aquí las noticias relacionadas con la medicina, que por su propia naturaleza y por el evidente interés que suscitan en la sociedad, merecen un tratamiento diferenciado, que no haré.

Podría establecerse una primera conclusión diciendo que la ciencia y los científicos gozan de un enorme prestigio en la sociedad, pero que está basado en un desconocimiento casi absoluto tanto de la primera como de los segundos. Es decir, el reconocimiento de los científicos se debe a una especie de acto de fe sobre ellos, sin que esté sólidamente fundamentado, más allá de que no parecen alcanzarnos las noticias sobre corrupción, tarjetas opacas o cuentas en Suiza, aunque habrá que cruzar los dedos.

Pero esto no siempre ha sido así en nuestra reciente historia. Antes de la aparición de las televisiones privadas y mucho antes de la explosión de canales que ha supuesto la Televisión Digital Terrestre, cuando sólo había dos canales de televisión, conocidos como VHF (La 1) y UHF (La 2), la ciencia tuvo magníficos programas divulgativos, que tenían un público fiel y cuyo seguimiento era amplio y mayoritario. Los lectores de cierta edad probablemente recuerden programas como “El hombre y la tierra” de Félix Rodríguez de la Fuente o “Cosmos” de Carl Sagan, por citar sólo los más célebres; ambos programas rigurosos, entretenidos y extraordinariamente didácticos.

Sin embargo, hoy en día la ciencia y sus logros apenas tienen eco en las cadenas de televisión (tampoco en el resto de medios de comunicación, como emisoras de radio y prensa escrita), salvo contadas excepciones, como por ejemplo el descubrimiento del bosón de Higgs en el verano de 2012 o en el ámbito doméstico, los extraordinarios hallazgos de los antropólogos en las excavaciones de Atapuerca. Los pocos programas divulgativos que aún sobreviven lo hacen en horarios de programación recónditos y totalmente alejados del célebre “prime time”. La llegada de la competencia a la televisión favoreció paulatinamente el olvido y el arrinconamiento de los espacios de ciencia destinados al público en general. Además y lo que es más grave, prácticamente han desaparecido los contenidos científicos de los programas destinados a los niños y jóvenes, con el evidente precio que ya pagamos en el presente y seguiremos pagando en el futuro por tan desdichado abandono y olvido.

Las televisiones generalistas reservan los horarios de máxima audiencia mayoritariamente a informativos que en demasiadas ocasiones son una recopilación de sucesos digna de periódicos como El Caso, a los partidos de fútbol y a los programas de la denominada realidad social, de la que tan “extraordinarios” ejemplos tenemos: Gran Hermano, que ya va por su edición número quince; Adán y Eva, novedosa y nudista propuesta de esta temporada, etc. Los protagonistas se han convertido en auténticos héroes nacionales, aunque en un apreciable número de casos sus capacidades personales son bastante cuestionables.

El reparto de la tarta publicitaria, cada vez más escasa, prima por encima de cualquier consideración. Pero incluso en la televisión pública, ajena a este reparto, también han desparecido este tipo de programas, permaneciendo en el ámbito estatal La 2 como casi exclusivo reducto de la denominada televisión “de calidad” en la que aún se pueden ver ese tipo de programas (“Órbita Laika” es uno de los últimos ejemplos), aunque en horarios alejados nuevamente del “prime time”. El caso paradigmático de esto es “Redes” de Eduard Punset, uno de los últimos vestigios de aquella magnífica y añorada apuesta de la televisión pública por la divulgación científica.

Se podrá argumentar en contra diciendo que hoy en día, en los canales de pago hay extraordinarios programas divulgativos y no le faltará razón a quien lo haga, pero habrá que añadir a ese razonamiento que el número de abonados a los mismos y sobre todo, los porcentajes de seguimiento que tienen son tan reducidos que la población a la que llegan esos programas es absolutamente minoritaria.

El resultado final de este panorama informativo es que pocas personas desconocen quienes son Lionel Messi o Belén Esteban, pero muy pocas sabrían nombrar a un científico de cierto prestigio y prácticamente ninguna sería capaz de dar el nombre del último premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica. Lo grave de la situación es que ese gran desconocimiento sobre la ciencia y los científicos también se da entre la denominada gente “culta”, donde la ignorancia de lo que es la ciencia y de los beneficios que reporta es casi tan amplia como entre el resto de la sociedad. Produce verdadero sonrojo escuchar a personas más o menos ilustradas confundir física con educación física, química con tubos de ensayo, biología con simpáticos animalitos, astronomía con astrología, antropología casi suena a jeroglífico, etc.

Una reciente encuesta elaborada por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología revela, entre otras realidades, que el 30% de los españoles creen que nuestros antepasados convivieron con los dinosaurios o que el 25% piensa que es el sol el que gira alrededor de la tierra, aunque afortunadamente, este desconocimiento de evidencias científicas tan básicas se concentra mayoritariamente en las personas sin estudios. No obstante lo expuesto, hay que apuntar en el debe de la comunidad científica, que los esfuerzos que desde ésta se hacen para dar a conocer su labor son manifiestamente mejorables.

En un país donde los estudiantes de Ciencias e Ingenierías se reducen un año tras otro y donde las competencias en matemáticas están en niveles bajísimos tal y como indican los informes PISA, la inclusión de espacios de difusión de la ciencia debería ser obligada en la programación de las televisiones públicas, de las que tantas tenemos hoy en día entre las estatales y las autonómicas. Y además, deberían estar situados en horarios en los que pudieran llegar masivamente al público. Pensar en la posibilidad de escuchar un debate inteligente sobre ciencia en alguna televisión se ha convertido en una utopía, en unos tiempos en los que esos debates están monopolizados por políticos y personajes más o menos conocidos que a menudo los suelen convertir en diálogos de sordos y cuyos méritos son con frecuencia más que discutibles.

Atenazados desde hace ya más de siete años por una crisis económica de proporciones descomunales, que ha situado en el paro a seis millones de personas y que ha elevado la tasa de desempleo entre los jóvenes por encima del 50%, el futuro pasa necesariamente por repensar el modelo de país, de sus capacidades productivas, de la necesidad imperiosa de invertir más recursos en ciencia, de darle mayor importancia a las tareas divulgativas por parte de expertos, etc.

Si se quiere cambiar el modelo productivo, algo que se reclama un año tras otro desde el comienzo de la actual crisis económica, se debería empezar por ilustrar a la ciudadanía acerca de los beneficios de invertir en ciencia. Para ello, el papel que podrían y deberían desempeñar los medios de comunicación, con las televisiones a la cabeza sería determinante. Cada día que pasa es uno más perdido en ese empeño.