Opinión · EconoNuestra

La puesta en práctica de la economía circular

José Luis Llorente
Ingeniero de Minas y miembro de econoNuestra.

A Antoine-Laurent de Lavoisier (1743 – 1794), el padre de la química, se le atribuye la frase “Nada de crea, nada se destruye, todo se transforma”, aunque ese mensaje ha sido mucho más difundido últimamente por Jorge Drexler (1964 -). En todo caso, ese es el objetivo último de la economía circular.

Hay muchas definiciones sobre qué es la economía circular, pero a los efectos de este articulo vamos a utilizar el empleado por el poderoso laboratorio de ideas francés Institut Montaigne, cuyas propuestas son tenidas en cuenta tanto en el Palacio del Elíseo como en la redacción del diario Liberation. Y que es la siguiente:

La transición a una economía circular orquesta todos los cambios que permiten a los diferentes actores de la economía, incluyendo a los usuarios finales, a seguir creando valor mientras preservan el capital natural y usan cada vez menos recursos naturales.

O en palabras más sencillas, lo que se considera un residuo puede ser reutilizado como un recurso y hay que desacoplar el crecimiento económico del uso de recursos naturales.

Pero este concepto aún no está suficientemente asimilado ni en la sociedad ni en las instituciones. En 2016, el World Economic Forum lanzó la System Initiative on Shaping the Future of Production, un análisis de las distintas tecnologías que estaban creando la nueva cuarta revolución industrial. Al año siguiente, en su informe de conclusiones, había vagas referencias a la reutilización de recursos y a la economía circular.

Algo similar ha pasado con la Unión Europea: el Circular Economic Package que publicó la Comisión Europea en diciembre de 2015 se centró en el reciclaje, y aunque se han desarrollado distintas directivas para varios tipos de residuos (plásticos, madera, metales férreos, aluminio, cristal o papel y cartón, entre otros), no ha ido mucho más allá respecto a la economía circular.

Pero el reciclaje no es más que una pequeña e insuficiente, aunque necesaria, medida. Por ejemplo, todo el hierro que se ha reciclado en chatarrerías y fundiciones a lo largo de todo el siglo XX sólo equivale al consumo (extraído más reciclado) que se ha realizado entre 2000 y 2012.

Durante el siglo pasado, el precio de las principales materias pimas se ha reducido a la mitad en moneda constante, al tiempo que la población mundial se ha cuadruplicado y la economía mundial se ha hecho veinte veces mayor. Esto ha creado un aumento en la demanda de los recursos naturales de entre el 600% y el 2.000%.

Por supuesto, la aparición de esta brutal demanda ha creado una subida de los precios de las materias primas en la misma proporción, justo a fin de siglo, cuya evolución al alza aún no está acotada, como refleja el conocido índice de McKinsey.

Ante esta situación, como defiende Christian de Perthuis (1954 -), profesor y fundador de la Chaire Economie du Climaten la universidad de Paris-Dauphine, y expresidente de Fiscalía Ecológica francesa que introdujo las tasas a las emisiones del CO2, el enfoque basado en el reciclaje es insuficiente.

Además, los modelos basados en el reciclaje consideran el capital natural (tanto biológico como mineral) como un stock que hay que ir gastando con precaución. Perthuis, sin embargo, concibe la economía circular, como un modelo de comportamiento humano que sea compatible con las propias reglas de funcionamiento de la naturaleza y que preserven y regeneren el capital natural.

Personalmente comparto el concepto de Christian de Perthuis y en este artículo, segunda parte de otro sobre la economía circular publicado recientemente en estas páginas, voy a intentar desarrollar cómo dicho concepto puede ponerse en práctica.

 Metodología e Indicadores.

Para saber si estamos haciendo algo bien y cuánto estamos avanzando hacia nuestro objetivo debemos tener unas medidas que nos digan cómo vamos, y unas variables o indicadores que nos permitan hacer un seguimiento de nuestros aciertos y errores.

En el caso de la economía circular, es necesario contar con indicadores macroeconómicos y microeconómicos, porque afecta tanto a la sociedad humana en su conjunto, a países y grandes mercados o al comercio internacional como a comunidades, empresas y administraciones locales.

Existen muy pocos indicadores macroeconómicos aplicables a la economía circular. La OECD y el G8 contabilizan y analizan un indicador denominado productividad de los recursos (resource productivity)  que tiene en cuenta la ratio entre el Producto Interior Bruto (PIB) y el uso neto de materias primas (extracción más importaciones menos importaciones). Pero no tiene en cuenta las materias primas incorporadas a los productos de consumo o los componentes importados.

Del mismo modo, la Comisión Europea ha incorporado en Eurostat varios indicadores para tratar de seguir la eficiencia del uso de las materias primas, desde el consumo de materias primas per cápita hasta el volumen de residuos generados per cápita. Sin embargo, siguen sin parecer suficientemente adecuados.

La Fundación Ellen McArthur, de la que hablé con detalle en el artículo anterior, ha desarrollado un enfoque de abajo arriba, que parte de la micro y edifica indicadores capaces de alcanzar la macroeconomía.

Ha empezado por desarrollar un indicador básico, el Indicador de Circularidad de los Materiales (MCI por sus siglas en inglés) que aplica a un producto concreto en una empresa. El indicador toma valores entre 0 (lineal) y 1 (plenamente circular). Para su cálculo se evalúan aspectos cómo los siguientes:

  • Las materias primas empleadas son ¿extraídas o recicladas?
  • La durabilidad, por diseño o por mantenimiento, del producto respecto a sus competidores es ¿mayor o menor?
  • Al final de su vida útil, ¿cuánto material se recicla?
  • ¿Cómo de eficiente es el proceso de reciclaje?

El MCI global de la empresa se calcula como una media ponderada de todos sus productos utilizando como ponderación la masa material o los ingresos relativos de cada producto.

Para empresas con un gran número de productos, el cálculo se puede simplificar utilizando productos de referencia, que agrupan una clase o familia de productos, o poniendo umbrales, y no considerando los productos que no contribuyen sustancialmente al MCI.

Pueden desarrollarse, además, indicadores complementarios  relacionados con los riesgos de variación de los precios de las materias primas, los riesgos en la cadena de suministro, la escasez potencial de recursos o la toxicidad de los residuos y subproductos, tanto por producto como agregado a toda la empresa.

La Fundación Ellen McArthur ha desarrollado herramientas para calcular el índice MCI a nivel empresarial, pero, de nuevo este índice sigue siendo insuficiente, ya que el índice MCI debe ser siempre complementado teniendo en cuenta el uso de la energía y las emisiones de CO2 correspondientes; en otro caso, será tan incompleto como el macroindicador resource productivity del que hablamos anteriormente.

Queda, por tanto, mucho que desarrollar en el área de metodología, y sobre todo, es necesario implantar un sistema de indicadores reconocido internacionalmente, para poder comparar la situación de las distintas empresas y países.

 La economía circular puesta en marcha.

Existen algunos ejemplos de cómo los conceptos de la economía circular se han empezado a poner en juego con éxito en distintas industrias:

  • Construcción: Sustituir la simple demolición de edificios por la deconstrucción y recuperación de componentes reduciría el volumen de escombros en un 76% y en el mercado estadounidense, que destruye unos 200.000 edificios al año, podría crear unos 200.000 empleos (Brian Milani: “Building Materials in a Green Economy”).

Existen empresas en Suecia y Japón que ya han incluido la deconstrucción en su estrategia de negocio con éxito.

  • Productos complejos de vida media: Éste es el área en el que se pueden obtener mayor recuperación de componente tras un desensamblaje.

Por ejemplo, el reciclado de móviles se ha acelerado debido a la escasez de las tierras raras (elementos químicos muy escasos y cuyos principales yacimientos están en China, que ha decidido controlar sus exportaciones). Sin embargo, la recolección de componentes de móviles aún está en el rango del 15%.

Medidas como el alquiler o la recompra de móviles usados y mejoras en la relación con los clientes (no sólo vender nuevos modelos), junto mejoras en la recuperación pueden mejorar este indicador hasta el 50%.

En toda Europa, el reciclado de móviles (incluyendo recuperación de componentes y la reventa de terminales usados y reparados) está creando múltiples empresas y puestos de trabajo.

  • Productos de vida corta y consumibles: en este grupo se incluyen productos como los textiles o los productos de origen agrícola (desde la comida hasta el papel) y que representan en torno a un tercio de la producción europea.

Para estos productos el enfoque de la economía circular está basado en crear ciclos biológicos enfocados en la restauración del capital natural en lugar de explotarlo.

Por ejemplo, extrayendo el máximo valor de la biomasa antes de usarla para la producción de energía y a restauración del suelo.

Tenemos también ejemplos exitosos en Suecia en este área.

Construir la economía circular requiere nuevos enfoques y capacidades:

  • Un nuevo concepto del diseño de los productos: Diseños modulares y estandarizados, para que puedan ser desensamblados, definidos para durar y con procesos de manufactura eficientes que minimicen los residuos.
  • Nuevos modelos de negocio que sustituyan la simple adquisición del producto por contratos basados en su uso o su rendimiento, e incluso embebidos en servicios de mayor valor añadido.
  • Desarrollo de capacidades en la creación de ciclos de recuperación y creación de flujos de trabajo y tecnologías automatizadas de desensamblaje.
  • Cooperación entre ciclos e industrias para crear sistemas circulares complejos y colaborativos, lo que implica disponer de una regulación global integrada que aporte incentivos a la economía circular colaborativa, así de desarrollar un sistema educacional-promocional que incorpore estos conceptos en los curricula universitarios y en el conocimiento generalizado de la sociedad.

El futuro está llegando.

Como el invierno en Juego de Tronos, ya estamos sufriendo la llegada del cambio climático, los recursos de nuestro planeta ya son demasiado escasos y los modelos económicos lineales no sirven para el nuevo entorno. Hay que cambiar de paradigma.

Quizás a alguno le parezca que incorporar la economía circular a nivel global es demasiado complejo, pero yo creo lo contrario. Tenemos la tecnología necesaria (y estamos desarrollando aún más), y los conocimientos para emplearla correctamente. Lo único que hace falta es la voluntad y el compromiso políticos para ponerlo en marcha. Y los avances de Industria 4.0, bien empleados, pueden ayudar a conseguirlo.

Como diría Jorge Drexler, otro optimista como yo: “En esta orilla del mundo lo que no es presa es baldío. Creo que he visto una luz al otro lado del río.”

Voy a acabar con una frase de Herman Mulder, presidente de Global Reporting Initiative, un centro dependiente del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, y dedicado a analizar la sostenibilidad de las empresas: “Nada es imposible, particularmente si es inevitable”.

Y la economía circular es una necesidad inevitable.