Opinión · EconoNuestra

¿La bandera del europeísmo para frenar a la extrema derecha?

Fernando Luengo
Economista y miembro de la Secretaría de Europa de Podemos
Twitter: @fluengoe
Blog: https://fernandoluengo.wordpress.com

El ascenso de la extrema derecha en Europa es un dato político de enorme trascendencia que no sólo condiciona, y mucho, las próximas elecciones al parlamento europeo; también está siendo determinante en la configuración del mapa político de los estados nacionales y en la acción de los gobiernos.

Hasta ahora, el estado español había permanecido al margen de ese proceso. En parte porque los sectores conservadores más rancios y recalcitrantes de la derecha se reconocían en el Partido Popular; y en parte, porque del 15M emergió un partido, Podemos, que, con inteligencia y audacia, ha sabido recoger, canalizar y dar voz al descontento social. Ambos factores, sin embargo, no han impedido la irrupción de VOX en las elecciones andaluzas, un partido que, claramente, se alinea en la extrema derecha más dura. Nos hemos “homologado” de esta manera con una tendencia que recorre, imparable, Europa; no sólo en los países más castigados por la crisis, sino también donde las consecuencias de la misma han sido más leves.

Ante este panorama -muy preocupante, sin duda-, se alzan voces reclamando que los “europeístas” cierren filas, dejen a un lado sus diferencias en beneficio de un objetivo superior: preservar y fortalecer la construcción europea. Como si esta, a pesar de todas las dificultades que encuentra en su camino, representara el progreso económico y social y una garantía para el pleno ejercicio de los derechos de la ciudadanía; un sólido anclaje, en suma, frente al nacionalismo autoritario, excluyente y desintegrador simbolizado por la extrema derecha.

Una simplificación de trazo grueso, que, además de beneficiar a los de arriba, no pondrá coto a la extrema derecha, sino todo lo contrario.

En el auge de estos partidos se dan cita factores muy diversos, imposibles siquiera de enumerar en estas breves líneas. Uno de los que, en mi opinión, hay que tener en cuenta es la deriva europea. En este sentido, no cabe ignorar que entre la Europa realmente existente y la extrema derecha emergente existen vasos comunicantes; en otras palabras, el avance de aquella se ha alimentado de la degradación del denominado proyecto europeo. Ha sido, de hecho, su mejor caldo de cultivo; la resultante de aplicar políticas presupuestarias y salariales que han cargado los costes de la crisis sobre las espaldas de los más desfavorecidos, otorgar privilegios y prebendas a las grandes corporaciones y favorecer a los ricos frente a los pobres. Estas políticas han comprometido al establishment político -tanto a los partidos conservadores como a los socialdemócratas-, a la alta burocracia comunitaria, a los think-tanks más significados, a los lobbies empresariales y a las instituciones económicas y financieras internacionales.

Este y no otro es el corazón de Europa. Quienes, ingenua o interesadamente, levantan la bandera del europeísmo en absoluto cuestionan ese pool de políticas, intereses y tramas que articulan el espacio europeo. Tampoco las reformas que se han introducido en los últimos años y las que se anuncian en los próximos -centradas, sobre todo, en la corrección de algunos de los “déficits” institucionales con que surgió el euro-; reformas que en lo fundamental suponen un punto y seguido en el actual estatus quo.

Por esa razón, no podemos defender ni articular nuestra acción política en torno al “europeísmo”. Las políticas europeas no sólo han llevado a Europa a una situación crítica, por mucho que la propaganda oficial continúe recitando el mantra de que la integración comunitaria ha sido y es un motor de convergencia entre los países que forman parte de la misma o que estamos saliendo de la crisis. Estas políticas han abierto, además, un escenario propicio para el auge y consolidación de los partidos de extrema derecha; partidos que han sabido encauzar -con un relato retórico, contradictorio, confuso y demagógico- buena parte de la insatisfacción y el rechazo provocado por esta Europa fracturada, oligárquica y autoritaria.

La construcción europea ha perdido buena parte de su legitimidad, y esta pérdida se ha traducido en un rechazo social, sin el cual no es posible entender el ascenso de los partidos de la extrema derecha, xenófoba y populista. Ante esta situación, reivindicar las bondades del proyecto europeo, enarbolando la bandera del europeísmo, sin introducir cambios sustanciales en la actual hoja de ruta, posiblemente acentúe más que mitigue las dinámicas desintegradoras, dando más argumentos y más espacios a la derecha extrema.

¿Significa lo anterior que la izquierda transformadora comparte espacio político con esta derecha? De ninguna manera, aunque la poderosa maquinaria mediática del establishment abone esta falsedad. La impugnación de la rigidez presupuestaria de Bruselas, la apelación a la recuperación de la soberanía o la crítica al poder omnímodo de las elites comunitarias no pueden ocultar lo sustantivo del discurso y de la acción política de la extrema derecha: culpabilizar al diferente y al de afuera con un planteamiento profundamente racista y xenófobo, y una cerrada defensa de los privilegios de los de arriba con políticas que, en el fondo, son similares a las llevadas a cabo por las instituciones comunitarias.

Me parece evidente, en todo caso, que Europa debe ser para las fuerzas del cambio un espacio de disputa. Nuestra alternativa no puede ser “Más Europa” (tampoco, aunque no entraré aquí en este asunto, la salida del euro o  la disolución de la Unión Económica y Monetaria) y mucho menos la defensa de un europeísmo que, en realidad, es un “totum revolutum” donde se encuentran firmemente atrincherados los intereses -tibios, conservadores o francamente reaccionarios- de los que, con sus políticas, son, como he señalado antes, responsables de la dramática situación que atraviesa Europa; responsables, asimismo, del ascenso de la extrema derecha.

Urge elaborar un relato que no esquive ni se diluya en la bandera de un confuso y falaz europeismo, sino que entre en el análisis de la problemática asociada a los procesos de integración económica gobernados por los mercados y las finanzas, la distribución desigual de los costes y los beneficios, la cesión de soberanía en beneficio de los actores que operan en los mercados globales y el papel prominente de las grandes firmas.

Ese relato debe construirse a partir de la impugnación de la construcción europea actual, que ha perdido legitimidad ante la ciudadanía, y la necesidad y la posibilidad de poner en pie Otra Europa. Es nuestra obligación trasladar a la ciudadanía un mensaje claro y rotundo que, inevitablemente, tiene que cuestionar radicalmente (desde la raíz) tanto las instituciones como las políticas comunitarias.