Opinion · EconoNuestra

Juncker dice que Europa va bien

Leo, con cierto retraso, un tweet de Jean-Claude Juncker escrito el 31 de diciembre donde se lee lo siguiente (ni quito ni pongo, es textual, no es una inocentada tardía y de mal gusto): “Durante 20 años, el euro ha proporcionado prosperidad y protección a nuestros ciudadanos. Se ha convertido en un símbolo de unidad, soberanía y estabilidad”.
Por si alguien no lo sabe, quien escribe esto fue primer ministro de Luxemburgo -paraíso fiscal donde las empresas transnacionales y los ricos eluden sus obligaciones tributarias y lavan los dineros que obtienen de manera irregular- y es el actual presidente de la Comisión Europea (entre otros muchos cargos políticos e institucionales que ha disfrutado en las últimas décadas; se puede decir, de hecho, que practicamente durante toda su vida activa ha estado subido en un coche oficial).
La estimación más moderada de su retribución supera los 300 mil euros anuales; esto, sin contar dietas, complementos y múltiples “flecos” imposibles de conocer y, por tanto, de cuantificar. Releyendo el vergonzoso mensaje de este sinvergüenza cabe sacar la conclusión de que a Juncker, y a otros muchos como él, no le van nada mal las cosas. Habitan una suerte de urna de cristal donde tan sólo se cruzan con privilegiados cuyas fortunas y patrimonios han engordado con la crisis.
Leen y escriben informes, pero ni saben ni quieren saber cómo le va a la gente normal; ¿o acaso lo saben, pero les da lo mismo? Un mundo, el suyo, donde reina el postureo, la retórica vacía y el cinismo. Y para más inri, se creen con el derecho o con la obligación de impartir doctrina.
Si sólo se tratara de un tweet, escrito en horas de exceso y alcohol, quizá cabría ser tolerante con su contenido. Pero no, no se trata sólo del indignante mensaje lanzado en una red social por un personaje con indudables signos de extravío mental, llamado Jean-Claude Juncker. El problema es que este diagnóstico -¿eufórico, absurdo?, todavía no acierto a calificarlo- se encuentra en documentos más sesudos y de mayor enjundia, impregna un sinfín de declaraciones oficiales y de textos de las instituciones comunitarias.
¡Un balance positivo del euro! Cuando el Producto Interior Bruto (permítame el lector la utilización de un indicador tan defectuoso como este) y el comercio exterior han crecido menos que en los países que no forman parte de la Unión Económica y Monetaria; cuando el desempleo se mantiene en cotas elevadas y el infraempleo y el número de trabajadores pobres crecen por doquier; cuando los salarios de la mayor parte de los asalariados están estancados o retroceden; cuando la desigualdad se ha intensificado y los megaricos han reforzado sus privilegios; cuando el gobierno de Grecia liderado por Syriza fue humillado, acorralado y vencido, utilizando como arma al Banco Central Europeo; cuando poco o nada se hace para luchar contra el cambio climático; cuando se aprecia una evidente regresión hacia los esquemas patriarcales de división del trabajo; cuando se ha entregado dinero público a manos llenas a los bancos y a las grandes corporaciones; cuando se ha destruido una parte sustancial del sector social público, convirtiéndolo en mercado para los grupos económicos privados; cuando la deuda pública y privada vuelve a alcanzar cotas históricas; cuando las instituciones comunitarias han sido capturadas por las corporaciones; cuando las puertas giratorias giran sin ninguna restricción, permitiendo que los ámbitos públicos y privados se fundan y se confundan; cuando las divergencias productivas y comerciales dentro de Europa no han dejado de agudizarse.
Con este balance a las espaldas de Juncker, y del resto de responsables de las instituciones comunitarias, este señor dice que la Unión Europea funciona. Es hora de ajustar las cuentas con tanto estafador. Ojalá las próximas elecciones al Parlamento Europeo sean un punto y parte y sirvan para empezar a enseñarles la puerta de salida de las instituciones.