Atrapados en el tiempo

Josep Lluís Fecé
Profesor del Departamento de Filología y Comunicación de la Universitat de Girona

En un momento de Anaven lents perquè anaven lluny (Iban lentos porque iban lejos), el spot electoral de la CUP que en la Red ya circula como “la película del Procés”, Antonio Baños se refiere al día de la marmota cuando le recuerdan que el tiempo parece haberse detenido en noviembre de 2012, mes y año en que se celebraron las elecciones al Parlament de Cataluña tras una Diada durante la cual casi dos millones de personas reclamaron que Cataluña se convirtiera en un nuevo estado europeo. La ingeniosa referencia al Día de la marmota expresa la sensación, probablemente compartida por muchos catalanes y españoles, de vivir como Bill Murray en Atrapados en el tiempo. La cuestión catalana lleva camino de convertirse, si no lo es ya, en nuestra particular marmota. La imagen de los líderes de la CUP y de CSQEP junto a un buen número de alcaldes y ciudadanos a las puertas de los Juzgados de Barcelona aclamando a Artur I el retallador (y probable mártir) certifica que se ha llegado a un cul de sac histórico.

Antes de terminar atrapados en el tiempo, algunos creímos que la “nueva” política, esa que no entiende ni de “derechas” ni de “izquierdas”, conseguiría romper de una vez por todas con uno de los grandes lastres de las (¿viejas?) izquierdas: la cuestión nacional. Es cierto que el Procés en gran parte puede interpretarse como la enésima representación de una negociación entre las élites catalanas, incluyendo la refundación del gran partido de la derecha, CdC. Pero también ha canalizado el descontento y hartazgo que esas mayorías, ahora tan invocadas, sienten hacia el actual Régimen del 78. La victoria (aunque ajustada) en las pasadas elecciones municipales de candidaturas de confluencia como Barcelona en comú (confluencias que en otras partes del noreste español, incluyeron también a las CUP), hizo albergar esperanzas sobre la posibilidad e incluso cercanía del Cambio.

Las esperanzas se disiparon pronto, concretamente en el acto de presentación en sociedad de CSQEP donde quedó claro que habría confluencia pero notablemente disminuida y diluida. Las razones y posibles responsabilidades (por parte de unos y de otros) las desconozco pero CSQEP tenía que gestionar, entre otros, dos grandes asuntos: su relación/papel con la esfera mediática y la cuestión nacional.

No creo que los malos resultados de CSQEP se deban a la composición de la lista. Muy pronto quedó meridianamente claro que los líderes residentes en Madrid iban a capitalizar la campaña, tanto que incluso consiguieron que los primeros nombres de la candidatura fuesen casi invisibles, entre ellos, Joan Coscubiela, experimentado y buen parlamentario pero que, dicho llanamente, a duras penas salía en las fotos. Y aunque los líderes de Madrid viajaban a menudo al noreste español, e incluso hablaban en catalán, no se dieron cuenta que en Cataluña no existe La Sexta; que lo más visto/leído de los grandes periódicos nacionales – La Razón, ABC y El mundo –  son sus portadas, normalmente utilizadas en programas de humor o de sátira política; que el antaño liberal progresista El País camina lentamente pero sin pausa hacia la irrelevancia; que los dos diarios más vendidos/leídos son La Vanguardia, defensora de la Tercera Vía de Durán i Lleida y El Periódico, partidario de un federalismo demasiado “radical” para Pedro Sánchez. Los siguientes en la lista son periódicos como El Punt/Avui y Ara, que apuestan claramente por la independencia/ruptura.

En cuanto a la Red, cualquiera puede consultar, por ejemplo, los datos de la OJD y comprobar que entre los veinte primeros medios más vistos/leídos no figura ninguno potencialmente afín/cercano/amable con Podemos y prácticamente ninguno escrito o hablado en castellano.  Y aunque imagino que la relación de Podemos con los medios catalanes no difiere mucho de la existente en España – la que va desde el recelo, en el mejor de los casos, hasta la abierta hostilidad, en la mayoría de ellos – sorprende que los líderes de Madrid no sopesasen que su apabullante presencia y protagonismo en la campaña terminase por diluir la confluencia con la marca Podemos. De ese modo, pusieron las cosas fáciles tanto a los medios como a las candidaturas indepes: CSQEP/Podemos era una candidatura tutelada desde Madrid. Ideal en una campaña en la que discutía sobre la independencia de Cataluña.

Y eso nos lleva a otra de las cuestiones de fondo, si no la principal: la percepción que la izquierda (“nueva” o “vieja” o “ninguna de las dos”) tiene de la cuestión nacional. A estas alturas, ignoro si Podemos es “izquierda”, “derecha” o “el partido que quiere serlo de las mayorías”, pero en el noreste español ha actuado igual que los partidos tradicionales para los que la cuestión nacional sólo existe en la periferia: España, en cambio, es eterna. Según esta idea, bastante extendida entre las élites políticas e intelectuales españolas, la cuestión nacional catalana no sería más que una construcción, en concreto, de la burguesía y de las élites del noreste español, cuyo ideario se conoce también como pujolismo.

Lo que quizás falte por explicar en este relato es que, mucho antes de que Podemos apareciera en escena, las mayorías catalanas asistimos, desde la década de los 90 del siglo pasado, a una transformación profunda del catalanismo/nacionalismo debida en gran parte a un cambio generacional. Por eso, el caso Pujol no ha supuesto un “antes” y un “después” del catalanismo/nacionalismo. Como decía, una buena parte de ese “antes” se venía gestando desde hace ya unos quince años sobre unas bases no necesariamente coincidentes con el pujolismo. El actual independentismo poco tiene que ver con el catalanismo pujolista; desde luego conserva algunos de sus elementos, pero integra también a indignados del 15-M, a hipsters, a castellano parlantes …

En Cataluña, este nuevo independentismo es un elemento compartido de manera transversal por esas mayorías tantas veces invocadas. Por supuesto, entre todas las personas que formamos parte de las mayorías, hay indepes y unionistas. No todos los indepes somos nacionalistas, pero compartimos el proyecto rupturista con los nuevos nacionalistas, con los que se consideran hijos del 15M, así como con importantes capas de la ciudadanía. Cuando los discursos de la izquierda identifican independentismo con nacionalismo quizás se olviden de que, hoy por hoy, la vía más corta hacia la ruptura con el Régimen del 78 pasa por la independencia de Cataluña. No olvidemos que, durante la campaña, Podemos no sólo no ha mencionado el tema de la República sino que se mostró muy ambiguo respecto al derecho a decidir. Y sólo una vez conocidos los resultados, Pablo Iglesias se refirió a la nación catalana.

Podemos no utilizó en campaña la idea de ruptura como elemento transversal y aglutinador para esas mayorías deseosas de un cambio político (cosa que sí hizo la CUP, aunque levantase el pie del acelerador). La Ruptura estuvo en la génesis de Podemos y en las primera ilusiones que generó. Abandonar esos postulados rupturistas con el Régimen del 78 (debate sobre la Monarquía incluido), así como diluir sus críticas al capitalismo  y apelar a nuestros abuelos aragoneses o murcianos, les ha situado allí donde en teoría no querían estar: en el territorio definido por el antiguo discurso pujolista.

El nuevo independentismo no se configura exclusivamente en torno a la lengua o a la pertenencia étnica. Se puede estar o no de acuerdo con esa postura, pero el actual independentismo tiene que ver con una visión democrática de la identidad nacional; su universo simbólico está más cerca de la cultura de masas global que de las esencias de una cultura milenaria y ya no es exclusivo de las elites catalanoparlantes. A diferencia del catalanismo pujolista, el nuevo independentismo, tiene más que ver con el presente y el futuro que con el pasado. Por eso resulta atractivo el tono hipster que Antonio Baños ha aportado a la campaña, un tono perfectamente compatible con la “moderna” TV3 y que, por otro lado, ha conseguido que en unos medios públicos tan condicionados por el poder político, se esté hablando de “anticapitalismo” o de “ruptura” sin caer en las habituales  descalificaciones – “ radicales” , “antisistema”, etc.

Los resultados del 27-S no han sido malos sólo para Podemos, han dejado un Parlament formado por dos bloques, el mayoritario CiE (Convergència i Esquerra), C’s, y PPSOE, opuestos en su concepción del Estado pero bastante coincidentes en cuanto a políticas sociales y económicas, y otro minoritario con la CUP y CSQEP que discrepan en relación al eje nacional pero que podrían coincidir en políticas sociales y económicas. Mientras, más allá del Ebro, PPSOE y C’s, la gran esperanza blanca del Régimen del 78, ya se envuelven en la bandera española y en el “somos una gran nación” para evitar hablar de las políticas sociales que las mayorías necesitamos.

Si entre todos no ponemos entre remedio, el nacionalismo español va a apoderarse de la agenda pública. A diferencia de lo que ha sucedido en el noreste español, donde llevamos quince años de transformación del catalanismo, el nacionalismo español necesitará desprenderse, entre otras cosas, del tufillo nacionalcatólico que todavía conserva y encontrar una simbología más moderna y transversal. Es evidente que España sigue teniendo problemas con sus símbolos: en Catalunya, por ejemplo, hemos llegado a cambiar la senyera por la estelada; en las fiestas ya no cantamos L’Estaca; en el cinturón metropolitano suena Estopa y se baila reggaeton; y el Barça, como decía Vázquez Montalbán, es el ejército simbólico desarmado de Catalunya. Del lado español, todo parece indicar que el año cero, el origen de la gran Nación Española con sus “singularidades” incluidas, va a ser el 78. Y ahí seguiremos, con nuestra peculiar marmota, perdón, Transición, atrapados en el tiempo.

 

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