El mundo es un volcán

Ucrania, Rusia y el futuro de Crimea

Hay pocas certezas respecto el rumbo de la revolución que se ha hecho con el poder en Kyiv (Kíev en ruso) y sobre la actitud que tomará Moscú, pero la incertidumbre se torna en inquietud y alarma a la hora de pronosticar el futuro de la península de Crimea, que encarna la principal amenaza secesionista tras el derrumbamiento del régimen de Víctor Yanukóvich. La orden del Kremlin de poner en estado de alerta las tropas de los distritos militares Occidental y Centro, para "comprobar la disposición de combate ante situaciones que amenacen la seguridad del país" es el primer síntoma de que Vladímir Putin no está dispuesto a resignarse a ser un convidado de piedra en esta crisis.

Que Crimea es un caso especial, tal vez una línea roja, se refleja de forma más concreta en las declaraciones del ministro de Defensa, Serguéi Shoigú, en el sentido de que Rusia "examina cuidadosamente" lo que ocurre en la península, "en relación con la flota del mar Negro".

Crimea es la más rusa de las regiones de Ucrania, que la recibió en 1954 como regalo de su paisano Nikita Jruschov, un gesto que no reveló entonces su potencial conflictivo, dada la fortaleza del poder central soviético. La península acoge en la heroica Sebastópol la flota rusa del mar Negro, con un alquiler hasta 2042, pactado por Putin y Yanukóvich y medido más en gas que en dinero. Tiene entre un 50% y un 60% de sus habitantes que se consideran rusos antes que ucranianos (aun siendo todos eslavos) y que utilizan el ruso como primera lengua, un 15% de tártaros y quizás el porcentaje de ucranianos puros más bajo del todo el país. En caso de referéndum, hay pocas dudas de que la opción de unirse a Rusia se impondría con holgura.

El triunfo del levantamiento de Maidan ha caído en Crimea como una bomba, más incluso que en las regiones rusófonas del este y en su capital Jarkiv (Jarkov en ruso). En los últimos meses, las noticias llegadas de Kyiv han sido recibidas con indignación, contramanifestaciones a favor del régimen, envío de voluntarios para reforzar a éste, homenajes a los retornados y a los muertos propios en la lucha, y proclamas de que no se aceptará el sometimiento a un poder antirruso.

El alcalde de Sebastópol, nombrado a dedo desde la capital, ha sido depuesto y sustituido casi por aclamación en el Ayuntamiento por un empresario partidario de la unión con Rusia y con pasaporte ruso, como muchos otros crimeanos y ucranianos –sobre todo del Este y el Sur- cuya fidelidad cuida Moscú como parte de su política de defender sus intereses en lo que considera su patio trasero.

Ha sido una medida ilegal, prácticamente un golpe, pero no otra cosa ha sido, al menos técnicamente, el derrocamiento en Kyiv de un Gobierno y un presidente que, aunque corruptos y deslegitimados por el recurso a la violencia y la pésima gestión de la crisis, habían surgido de unas elecciones limpias y, en aplicación de la lógica democrática, sólo en las urnas deberían haber sido despojados del poder.

La situación comienza a ser explosiva. Ya ha habido enfrentamientos violentos, sobre todo en la capital Sinferópol, entre rusos y tártaros, la minoría musulmana deportada en masa en tiempos de Stalin y que, desde su retorno, se siente discriminada. Para ellos, someterse a Rusia sería al menos tan doloroso (probablemente más) como para la mayoría de origen rusa estar bajo la férula de un régimen de Kyiv hostil a la madre patria.

Estos días, Putin ha permitido que emanen de su entorno mensajes ambiguos y a menudo contradictorios, que tan pronto expresaban su compromiso con la unidad del país como la denuncia del vacío de poder y la falta de interlocutores válidos, o el compromiso de defender los intereses de su país en una tierra que la mayoría de los rusos nunca ha dejado de considerar propia. Pero nada había sido tan inquietante y revelador como la decisión rutinaria y oficialmente desligada de los últimos acontecimientos de poner las tropas en estado de alerta, recibida con preocupación no solo en Kyiv sino también en Bruselas, sede la OTAN, cuyos ministros de Defensa tienen previsto aprobar una resolución sobre Ucrania.

Putin ya no defiende a Yanukóvich, a quien alentó a reprimir la revuelta de Euromaidan, pero que se ha convertido en un peso muerto, en un apestado del que todos reniegan. Putin sabe que debe jugar con arreglo a un nuevo reparto de naipes. La cuestión está en saber si actuará como el líder moderado que últimamente se ha apuntado notables éxitos diplomáticos (por ejemplo en Siria o Irán) o si, ante la importancia del envite, resurgirá el líder duro que se siente más a gusto con el palo que con la zanahoria, y que cree que de nada sirve la rama de olivo si no se ofrece a la sombra de una buena estaca.  Lo más probable es que sea un híbrido de ambos.

Sería un peligroso error de cálculo pensar que Putin va aceptar su derrota con deportividad, que permitirá sin mover un dedo que Ucrania salga de la esfera de influencia rusa para caer en la de Europa y Estados Unidos. Para alguien que aún no ha abjurado de principios esenciales de la Guerra Fría, y que ve en Europa y Estados Unidos a un rival (si no a un enemigo) eso sería tanto como asumir un fracaso de proporciones históricas. Una Ucrania que, como ocurrió con los países bálticos, forme parte de la Unión Europea, y no digamos de la OTAN, debe ser la peor pesadilla de Putin.

Mientras el nuevo régimen se organiza, y Occidente espera a que se estabilice para decidir cómo lo apoyará de forma que la quiebra económica no destruya el entusiasmo proeuropeo, el presidente ruso estudia cómo utilizar el arma de la energía y de los créditos blandos de los que Ucrania depende para sobrevivir, cómo influir en el nuevo Gobierno para que se busque un equilibrio de intereses que evite la confrontación, a quién apoyar en las próximas elecciones presidenciales y, muy probablemente, qué opciones duras le quedarían si le fallan las convencionales.

Sin Ucrania como pivote, la unión aduanera euroasiática promovida por Moscú quedaría en agua de borrajas, sobre todo si se rescata (y con carácter de exclusividad) el acuerdo de asociación con la Unión Europea cuyo rechazo suscitó la revuelta de Euromaidan. Si no se abre la posibilidad de una tercera vía, si no se permite que Putin salve la cara, que no quede humillado, la confrontación estará servida, y sus consecuencias serán muy graves.

Al líder del Kremlin no le interesa que la incertidumbre, la inestabilidad y el caos se prolonguen o extiendan por Ucrania, aunque sólo sea por el riesgo de contagio que supondría para Rusia, pero tampoco puede permitirse, por motivos internos, ofrecer una imagen de debilidad que afectaría a los intereses estratégicos consustanciales con su designio de rescatar al menos una parte de la idea imperial que hizo crisis con la explosión de la URSS.

Algunos analistas evocan estos días, aunque sea para descartarlo, el peligro de que la confrontación con Rusia pueda derivar incluso en una intervención militar, similar a la que, con catastróficas consecuencias, efectuó Estados Unidos en Irak. Sería algo así como la guerra del Golfo de Putin. Casi un disparate en las actuales circunstancias, pero ese fantasma, o al menos una versión limitada del mismo, podría cobrar fuerza si el régimen ucraniano se radicaliza y se vuelve abiertamente contra Rusia, algo que debería ser imposible, porque no solo supondría a corto plazo un suicidio económico, sino que alienaría el apoyo de un sector muy importante de la población. Por si acaso, Putin ya ha lanzado el primer aviso.

Crimea es el lugar en que la chispa que encienda el fuego bélico puede saltar con más facilidad. Para ello, haría falta que los mensajes que llegan desde Kyiv alarmasen a los nacionalistas rusos de la península y les llevasen a una revuelta contra el poder central. Si este recurriese a la fuerza para sofocarla, Putin, tendría el camino expedito para salir al rescate con el argumento de que está obligado a defender a sus compatriotas, muchos de ellos con pasaporte ruso (un proceso que se aceleraría) y que le pedirían que acudiese en su socorro.

La trama seguiría el mismo guión que en 2008, y con una guerra por medio, devolvió Osetia del Sur al redil ruso y consagró la separación de esta región de Georgia, ya descuartizada por la secesión anterior de Abjazia, hoy un protectorado ruso. Aunque la geografía no sea tan favorable en Crimea como en los dos casos citados, hay pocas dudas de que el resultado de un eventual enfrentamiento militar sería el mismo. Y en la práctica la península pasaría a formar parte de Rusia, sin reconocimiento internacional, pero con la legitimación que supondría el ejercicio del derecho a la autodeterminación mediante un referéndum de cuyo resultado favorable no cabría duda.

Si salvase Crimea, Putin salvaría la cara, y siempre podría maniobrar para conservar su influencia en los demás territorios de mayoría rusa. La sangre no tiene por qué llegar al río, o al mar Negro, si todas las partes implicadas se esfuerzan en evitar el conflicto directo y reconocen que Ucrania tiene una identidad doble. La fórmula salvadora podría ser el establecimiento de un régimen federal, descentralizado, que diese mayor poder a las regiones y les permitiera conservar su identidad.