¿Sanciones a Rusia? La peor opción

Charles Tannock es un eurodiputado conservador británico nombrado en 2006 caballero de la Orden del Mérito de Ucrania (tercer grado) y que, en un reciente artículo de prensa (publicado en España por El País), refleja hasta qué punto se puede perder el norte a la hora de proponer soluciones contra la intervención rusa en Crimea, que él considera “el ejemplo más brutal de una agresión en tiempos de paz que Europa haya presenciado desde que la Alemania nazi invadiera los Sudetes en 1938”.

Hasta que Putin sea derrotado

Entre las medidas que propone este antiguo psiquiatra para domesticar a Vladímir Putin se encuentran que Turquía (bajo la garantía de defensa colectiva de la OTAN) cierre los estrechos a los buques de guerra de Rusia y a los mercantes que se dirijan a sus puertos del mar Negro, y que Obama aplique sanciones económicas similares a las que se impusieron a Irán, intente convencer a China de que no le conviene respaldar a Moscú, deniegue y cancele visados a todos los funcionarios rusos y congele los activos de los magnates próximos al líder del Kremlin. Porque “solo cuando el dolor se torne intolerable, particularmente para la élite, la Kampf de Putin [otro guiño a Hitler] será derrotada”.

Esta visión miope y beligerante de la crisis, con su tufo a Tea Party, no resulta excepcional, sino que refleja una corriente de opinión en Occidente recelosa del oso ruso y arropada por esa versión predominante que se desprende de los medios y reduce el conflicto a la supuesta agresión de un nostálgico de la Unión Soviética contra un pueblo celoso de su independencia y afecto a las libertades encarnadas por la Unión Europea.

Dinámica de Guerra Fría

Lo más interesante del artículo de Tannock no es lo que dice, sino lo que omite: en ningún momento involucra a la UE en la adopción de las eventuales sanciones, sino tan solo a Obama. Tal vez sin pretenderlo, pone el dedo en la llaga, y sitúa la crisis en una dimensión propia de la Guerra Fría: un enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética, con el Viejo Continente reducido al papel de comparsa, porque las decisiones que afectan a éste no se toman en Bruselas, sino en Washington. Con esa lógica anterior a la caída del Muro de Berlín, la solución debería surgir del diálogo entre Rusia y EE UU, iniciado ya con la conversación telefónica de sus dos presidentes y proseguida con la entrevista de los ministros de Exteriores.

No ayuda a descartar del todo esta visión el hecho de ver al vicepresidente Biden o al secretario de Estado Kerry viajar a Kíev y prometer apoyo al nuevo régimen surgido del derrocamiento violento de un presidente elegido limpiamente en las urnas y que, en buena lógica democrática, sólo a través de ellas debería purgar sus abusos y errores y ser desalojado del poder. Así que, cuando se habla de nueva Guerra Fría, ¿quién es el culpable, si es que hay solo uno? Y ¿quién ha roto esta vez el status quo?

Putin considera la explosión de la URSS la mayor catástrofe geoestratégica del siglo XX, y le atrae la idea de restaurar la gloria imperial soviética. Su peor pesadilla es ser humillado por Occidente como Yeltsin, y no quiere pasar a la historia como el líder que permitió que su país cayera en la irrelevancia. Pugnó por sumar a Ucrania a la unión aduanera euro-asiática, a la que faltaría contenido sin ese país pivote. De ahí su presión a Yanukóvich para que rechazase el acuerdo de asociación con la UE.

Ambas eran opciones políticas legítimas por las que luchar dentro de los cauces democráticos, no a través de una revuelta violenta en la que la primera derrotada ha sido la democracia y que, a la postre, ha provocado que suenen los tambores de guerra. Putin no provocó este conflicto, solo participó en una puja, puso un montón de dinero sobre la mesa y la ganó. Si la UE, sumida en sus contradicciones, no hubiera sido tan tacaña, si hubiese contraofertado con generosidad y ofrecido un horizonte concreto para la plena integración, también se podría haber llevado el gato al agua.

Línea roja: no a la OTAN

Es cierto que cuesta creer que Putin se hubiese cruzado de brazos y aceptado la derrota con deportividad, pero eso no deja de ser una hipótesis. Tal vez habría cobrado fuerza la idea de que, sin volcar las piezas del ajedrez, la partida terminase en tablas, en una doble asociación, facilitada por la vital dependencia energética europea de Moscú y por la existencia, con límites bastante definidos, de una zona proeuropea y otra prorrusa.

Lo más probable es que Putin hubiese insistido en trazar una línea roja, con más convencimiento que la de Yeltsin respecto a los países bálticos: que Ucrania quede fuera de OTAN, algo difícil porque ése parece el destino natural de todos los países que ingresan en la UE.

Es improbable que Putin arríe esta bandera. Una cosa es que desaparezca el Pacto de Varsovia, que la Alianza Atlántica se extienda a los antiguos países satélites y a varias exrepúblicas de la URSS, y otra mucho más grave que se estreche el cerco con la defección de un país vecino, hermano y eslavo en el que la mayoría de los rusos ve su origen histórico y a la mayoría de cuyos habitantes consideran compatriotas.

Pese a episodios como el de la ocupación de Osetia del Sur (Georgia) en 2008, da la impresión de que lo que hace Putin es resistir un cerco exterior teledirigido desde Washington e intentar conservar su influencia en el antiguo espacio soviético. Volviendo a esa lógica de la Guerra Fría, tampoco EE UU admitiría un desafío similar de México o Canadá. Ya tuvo bastante con Cuba hace más de medio siglo, y bien se lo está haciendo pagar a los cubanos desde entonces.

Sanciones inútiles

¿Sanciones a Rusia? Supondría ignorar que no solo Moscú tiene una responsabilidad en el estallido del conflicto, sino también los dirigentes revolucionarios de Kíev. Lo único que se conseguiría sería enconar la situación y perder un tiempo precioso para buscar una solución pacífica. Las tibias amenazas de Obama y algunos dirigentes europeos, así como las propuestas maximalistas de gente como Tannock se están quedando en fuego de artificio, salvas de fogueo para consumo interno. Medidas como la suspensión de la cooperación militar o la suspensión de la cumbre del G-8 en Sochi, incluso la exclusión de Rusia de este Grupo, serían tan perjudiciales para quien las decida como para quien las sufra. Ir más allá sería absurdo.

Convertir en un apestado internacional a Rusia, un gigante bicontinental que almacena miles de armas nucleares, del que Europa depende para su suministro y al que exporta masivamente, sería una irresponsabilidad. Una vez superada con éxito la prueba de los Juegos de Invierno de Sochi, el presidente ruso no se amilanará por el temor a la repulsa internacional. El abrumador apoyo popular en su propio país, la convicción generalizada de que resistirá cualquier presión exterior, y el alto costo que acarrearía a quienes la decidan, se convierten en los principales argumentos en contra de este castigo.

Federalismo contra centralismo

Putin no quiere forzar la máquina, maniobra con inteligencia, con una mezcla muy hábil de palo y zanahoria. Presume, y con razón, de que no se ha disparado un solo tiro (excepto algunos al aire) y promete, tanto que defenderá los intereses de la población rusa que reclame su auxilio, como que evitará el recurso a la violencia. Tiende puentes al diálogo –aunque excluye hasta ahora del mismo al nuevo poder en Kíev, que no reconoce- que permita salvar la cara a todas las partes y no solo rechaza hablar de anexión de Crimea, sino que convierte en “fuerzas de autodefensa” a los soldados rusos que controlan la península.

Ucrania, país de frontera, fusión imperfecta que resultó de conquistas y repartos territoriales varios, no es un país uniforme. Y eso hace posible, al menos en teoría, pactar la reforma de un sistema unitario y centralista, que conviene a las élites corruptas de Kíev, pero que no se corresponde a su estructura étnica y lingüística diversa. Terreno abonado para una fórmula federal, en la que Crimea exigiría un encaje diferenciado con fuertes atribuciones.

No es imposible llegar a un pacto sobre estas bases. Para lograrlo hay que hacer confluir diversos factores: contención rusa, europea y norteamericana; definición del régimen surgido de la revuelta de Maidan y legitimación (al menos relativa) en unas elecciones limpias; consenso sobre la necesidad de que Ucrania se finlandice y quede fuera de la OTAN; generosidad exterior para sacar al país de la bancarrota; y acercamiento a la Unión Europea sin renegar de Rusia. Es el camino para evitar la caída en el abismo. Para que todos ganen. O, al menos, para que nadie pierda demasiado.