El mundo es un volcán

Putin no debería cantar victoria

Putin no debería cantar victoria tan pronto. Ha ganado en Crimea, pero puede perder en el conjunto de Ucrania. Es cierto que la península que Jruschov regaló caprichosamente a la república hermana en 1954 vuelve a ser rusa, y difícilmente ningún enfrentamiento o negociación cambiará ese hecho consumado, pero la partida no termina ahí.

La versión predominante de la crisis que se vende en Occidente es que este es un enfrentamiento entre libertad y tiranía, entre progreso y corrupción, entre el ansia de democracia de un pueblo y la prepotencia de un oso ruso con reflejos soviéticos. Esa lectura simplista queda desacreditada porque ignora el déficit de legitimidad del Euromaidán, la infiltración de violentos sectores de ultraderecha, el peso decisivo de la presión de EE UU y la UE y, sobre todo que, pese al pecado original de un Gobierno como el de Yanukóvich minado por la corrupción, la forma en la que éste fue derribado no ha sido precisamente la más homologable según los criterios que se aplican a sí mismos quienes jalean a los nuevos dirigentes de Kíev.

El choque entre las dos salidas que se le abrían a Ucrania –estrechar lazos con la UE o con Rusia- se planteó como un desafío estratégico que no dejaba espacio para un equilibrio de voluntades e intereses que no arrojase un vencedor claro, pero tampoco en un perdedor.

En los últimos 25 años, la expansión de la UE y de la OTAN ha traspasado el viejo Telón de Acero e incluso las fronteras de la URSS. Rusia no se defendió antes del cerco porque, con Yeltsin en el Kremlin, fue pasto de una impotencia alimentada por el desgobierno político y económico. Cuando Putin tomó el relevo y las circunstancias cambiaron –gracias en buena medida al aumento del precio del monocultivo energético-, Occidente no cambió el chip, sino que siguió tratando a Rusia como un poder declinante al que se podía despreciar, incluso cuando la puja se centraba en un país eslavo con un elevado porcentaje de población rusoparlante y estrechos lazos históricos, culturales y económicos con el poderoso vecino del norte.

El cálculo era equivocado. Putin podrá no gustar en Occidente, pero es difícil no reconocer la parte de razón que le asistía cuando el martes proclamó: "Todo tiene un límite". La inmensa mayoría de sus compatriotas están de acuerdo con él, si bien la voz del resto apenas se escucha, porque el zar no lo permite.

Hasta aquí las razones de Putin. Ahora los matices. El principal es que el modelo ruso no resulta atractivo en la mayor parte de lo que fue el imperio soviético. Peor aún, es como mentar la bicha en los antiguos países satélites y repúblicas de la URSS, como las tres bálticas, donde el entusiasmo con que se han lanzado en brazos de la UE y la OTAN es una demostración palpable de que, con razón o sin ella, prefieren el paraguas de EE UU al de Rusia. Puestos a ser provincias de un imperio, les atrae más el norteamericano, con su capacidad de deslumbramiento que pasa por el ocultamiento de sus profundas miserias y desigualdades.

La pseudodemocracia implantada por Putin, que lamina cualquier oposición, impone la obediencia al zar y monopoliza los medios de comunicación está muy lejos de los deseos de las poblaciones de esos países. Tan solo Bielorrusia, con un régimen dictatorial, sigue fiel a Moscú –al menos mientras Lukashenko sujete firme las riendas-, en tanto que Armenia basa su lealtad en que tiene una deuda por el apoyo decisivo que recibió en su enfrentamiento con Azerbaiyán, Georgia lame sus heridas y almacena odio tras la guerra de 2008 que la dejó aún más mutilada, y las repúblicas de Asia Central, dominadas por antiguos dirigentes comunistas regionales o sus herederos políticos, mantienen una alianza de intereses que intentan compatibilizar con el acercamiento a China.

En esos países, algunos de los cuales albergan importantes minorías rusas, suscita una honda preocupación el hecho de que Rusia se trague a Crimea con el argumento de que hay que defender a los rusos estén donde estén. Esa inquietud se transformaría en alarma si Putin no limita sus ambiciones en Ucrania a la estratégica península, lo que aún no puede excluirse.

La vuelta de Crimea a la madre patria, aunque censurable por la forma en la que se ha producido, no resulta tan escandalosa como Obama, Cameron y en general Occidente intentan presentarla, es decir, como la mayor violación de la legalidad internacional desde el fin de la guerra fría. Esa posición ignora el largo catálogo de ilegalidades que Estados Unidos ha perpetrado con prepotencia e impunidad en este periodo, y al precio de decenas si no centenares de miles de vidas.

Alterar las fronteras siempre es peligroso, y el mundo estaría mucho más tranquilo si solo se hiciera cuando fuese posible de forma pacífica mediante un acuerdo entre las partes concernidas, pero ejemplos como el de Kosovo demuestran que hace mucho tiempo que dejaron de ser intocables.

El ejercicio del derecho de autodeterminación es sacrosanto o criminal, legal o ilegal, según el interés de quien lo defina. Hay mucho doble rasero, desde Occidente pero también desde Moscú. El mismo Putin que esgrime Kosovo como precedente, se opuso en su día a la independencia de la provincia serbia (que sigue sin reconocer, igual que España), y aplastó la secesión de Chechenia, completando a sangre y fuego el chapucero y no menos letal trabajo de Yeltsin. Si bien la mayoría de los crimeos quieren unirse a Rusia, también es cierto que la inmensa mayoría de los chechenos –sin lazos étnicos o religiosos con Moscú- se oponen a ello, y así lo han dejado claro con varias rebeliones a lo largo de dos siglos. Y de nada les ha servido ante la fuerza de la bota rusa.

Así de flexibles pueden ser los principios. Pero legal o no, el derecho a la autodeterminación se ha ejercido en Crimea, donde el resultado del referéndum del pasado domingo estaba cantado, incluso sin necesidad de manipular el proceso o maquillar los resultados. Hay no obstante una anormalidad de la que, de forma inexplicable, no sacan provecho propagandístico los opuestos a la secesión. Porque no salen las cuentas. Si se supone que hay algo menos del 60% de población rusohablante y partidaria de la unión con Rusia y, en el otro bando, un 25% de ucranios y un 13% de tártaros en teoría contrarios, ¿cómo es que la separación de Ucrania y el regreso a la madre patria ha logrado casi el 97% de los sufragios, con un 83% de participación? Un resultado menos a la búlgara habría sido igualmente válido, más verosímil y en el fondo habría servido mejor a los intereses de Putin.

El principal motivo por el que el líder del Kremlin no debería cantar victoria es porque, si bien ha cobrado una buena pieza, Crimea, está lejos de meter la más importante en el morralo: Ucrania. El riesgo es que la frustración y la falta de visión de las nuevas autoridades de Kíev, cuyo pecado original de legitimidad se purgará en buena medida en las urnas, las lance de brazos abiertos hacia Occidente y las aleje irremisiblemente de Rusia, sobre todo si el país es rescatado de su ruina económica por una especie de Plan Marshall, que cuesta imaginar hoy con una UE sumida por su parte en una crisis descomunal. En último extremo, Ucrania podría cruzar la última línea roja y entrar en la OTAN. Sólo el miedo a Rusia lo impediría. En ese caso, si Putin se tragase el sapo, mal para él y el designio que guía su acción de Gobierno. Pero si no se lo hiciera, mal para todos, porque algunos de los escenarios que se abrirían entonces serían apocalípticos.

El nuevo régimen de Kíev tiene entre manos un complicado encaje de bolillos que pasa por aceptar el hecho consumado de la pérdida de Crimea, que ninguna sanción a Rusia anulará. Puede estrechar lazos con EE UU y la UE, pero sin desairar a una Rusia con capacidad y determinación para hacerle aún mucho daño. Menos aún debe cruzar la línea roja para Moscú que supondría la integración en la OTAN. Está obligado a forjar una reconciliación nacional que, por fuerza, pase por recuperar la armonía con la importante población de lengua, tradición o etnia rusa del Este y el Sur del país, tal vez mediante la implantación de un sistema federal, si no confederal. Ya ha hecho algunos gestos en ese sentido. Cualquier intento de sometimiento de los prorrusos de esas regiones podría llevarles a pedir ayuda a Putin, que deja ver que podría prestársela y que ya ha hecho aprobar una legislación que daría cobertura a eventuales intervenciones más allá de sus fronteras. Más le vale al Gobierno ucranio ir allí con la zanahoria por delante, y no con el palo.

Todo dependerá de la capacidad de contención de unos y otros, de si actúan con el cerebro o con las tripas, de si Putin tiene una agenda secreta en la que se dice algo como esto: desestabilizar Ucrania, fracturar el país, recuperar el Sur y el Este. Romper Ucrania sería ir demasiado lejos, incluso una irresponsabilidad, un cataclismo en términos geoestratégicos, un regreso a la dinámica de la Guerra Fría, porque sería una derrota demasiado evidente y vital para Occidente (o sea, Estados Unidos), cuyo límite de tolerancia sí que alcanza en cambio para asumir a regañadientes la secesión de Crimea. Es decir: lo razonable sería llegar a un equilibrio.

Para que las cosas no lleguen a mayores, y además de que Kíev y Moscú se contengan, sería necesario que EE UU y la UE reconociesen los razonables intereses rusos en Ucrania, que aceptasen que debe jugar un papel en el futuro del país acorde con la historia y el entramado de intereses geoestratégicos, étnicos, culturales y económicos. Es decir, habría que dejar que Putin salve la cara, para lo que quizá no le basta con la anexión de Crimea. Para alcanzar esa imprescindible atmósfera de diálogo lo peor es insistir en las sanciones a Rusia. Primero, porque sería un absurdo aislar a un país bicontinental de 34 veces el tamaño de España, más de 140 millones de habitantes, unos recursos energéticos vitales para el suministro de Europa y un arsenal nuclear capaz de reducir el planeta a cenizas. Segundo, porque casi por definición, las sanciones que se imponen hoy tendrán que levantarse mañana, o pasado mañana [con excepciones como el embargo a Cuba], sobre todo si afectan a una gran potencia, y entre tanto castigan a todos, incluidos quienes las deciden. Y tercero, porque no servirían para alcanzar un acuerdo razonable que desactive el conflicto.

Si aún queda un poco de sentido común, ésta debe ser la hora de la negociación, y la mejor forma de que resulte efectiva es que conduzca al diálogo directo entre Kíev y Moscú, inviable hoy por hoy porque las heridas están a flor de piel. Pero si algo ha demostrado últimamente Putin –en Siria, en Irán, etc- es que, pese a su perfil autoritario y su supuesta intransigencia,  no es un indocumentado a la hora de ejercitar la vieja y acreditada ciencia (o arte) de la diplomacia.