Opinion · Tierra de nadie

Manual del buen gobernante

En general, y a contracorriente de lo comúnmente aceptado, siempre se gobierna contra alguien. Legislar a favor de los más pudientes provocará la indignación de la clase media que se sentirá discriminada, y hacerlo al revés causará recelos entre los ricos por si se les pide a ellos que paguen la fiesta. Un sector pondrá el grito en el cielo si entiende que se favorece más a otro, y así. Cualquier medida, por inocua que parezca, tendrá sus detractores porque aquello de que jamás llueve a gusto de todos no es un refrán sino un axioma.

Gobernar no asegura gratitudes eternas. La gente, con buen criterio, tiende a pensar que aquello que les beneficia fue dictado porque le asistía el derecho y olvidará pronto quién lo hizo posible y hasta que hubo un tiempo en el que no lo disfrutaba; por el contrario, recordará como si fuera ayer todas las veces que le tocaron las narices desde el BOE por muchos años que pasen. El éxito de un gobernante es inversamente proporcional al número de ciudadanos a los que ha sido capaz de hacer la puñeta.

Por lo visto, el día que enseñaron este Catón la dirigencia socialista debió de faltar a clase. Para rematar la faena Zapatero se ha empeñado en esta campaña electoral en acabar con cualquier amnesia que pudieran sufrir los funcionarios a los que se rebajó el sueldo, los asalariados que deberán trabajar dos años más para jubilarse y a los que la reforma laboral abarató sus despidos, los pensionistas congelados o los dependientes que dejaron cobrar retroactivamente sus prestaciones. A todos les asiste el derecho a opinar que el Estado del Bienestar ha retrocedido sin que el presidente les acuse de mentir como bellacos, que ya son ganas de pisar callos.

Contra esto poco vale el trampantojo del miedo a la derecha –con cuyo apoyo gobierna en Euskadi, por cierto-, las apelaciones al voto útil o esa postrera y rácana regulación de la muerte digna para demostrar irónicamente que la izquierda sigue viva en alguna estancia de Moncloa. Lo peor no es que el PSOE pierda por goleada las elecciones de este próximo domingo, sino que no entienda por qué le suceden esas cosas.