Opinion · Tierra de nadie

Cosas de primas (de riesgo)

Cada día que pasa se agradece más que el capitalismo fuera refundado hace tres años con la determinación que caracteriza a los líderes del mundo. De no haber sido por esta maniobra estratégica, por la erradicación de los paraísos fiscales y los productos derivados y por las reformas difíciles aplicadas ahora seguiríamos en manos de los especuladores y de las agencias de calificación, que harían subir la prima de riesgo de la deuda soberana europea, singularmente la española, a límites insoportables. Afortunadamente se actúo a tiempo y se conjuraron nuestras peores pesadillas. Gracias sinceras a quienes hicieron esto posible.

Con eso de la prima de riesgo tiene uno un conflicto intelectual irresoluble. Teóricamente, los países pagan este sobreprecio para conseguir financiación, que es mayor o menor en función de las posibilidades de que no puedan devolver lo prestado. En el caso de Europa, si la prima es muy elevada, la Eurozona corre al rescate, aunque en el caso de Grecia la UE se ha puesto antes a calentar los músculos con mucha parsimonia, no vaya ser que con las prisas tengamos un disgusto en las articulaciones.

Pues bien, los principales interesados en el rescate de los países en apuros son los bancos, que tienen en cartera grandes cantidades de deuda soberana. En el caso de Grecia, las entidades que más títulos atesoran son las alemanas y francesas. Gracias a la solidaridad europea, no hay peligro de impago de Atenas, por lo que seguirán cobrando el interés pactado. Y aquí viene la pregunta del millón: si no existe riesgo de que se queden sin cobrar, ¿por qué Grecia o el resto de países que están en la UVI de los mercados habrían de abonar a los bancos y otros tenedores de sus bonos primas de riesgo disparatadas?

Analicen lo anterior como una ficción dramatizada, ya que, como se ha explicado, el nuevo orden financiero mundial metió en vereda a los tiburones y a las agencias tras salvar de la ruina a los bancos que, en agradecimiento, capitanean un capitalismo ético incompatible, por ejemplo, con enriquecerse a costa del sufrimiento de los pueblos. Somos muy afortunados.