Opinión · Tierra de nadie

Cómplices del golpe

No está claro si la ingenuidad es buena o mala. Por lo general, a los ingenuos se les brinda un suspiro de admiración antes de conducirles al redil de los idiotas. La inocencia sólo es virtud entre los niños y grave defecto en los adultos, a los que se supone vacunados de candores y simplismos. En política, el idealismo viene a ser la manifestación del infantilismo.

Ello no evita que en determinadas situaciones se alberguen esperanzas de que lo previsto será matizable, de que lo determinado por las circunstancias podrá ser corregido o reinterpretado, única manera de escapar del callejón sin salida de lo inexorable. Con la posición del Gobierno español respecto a Venezuela había ilusos que confiaban en algo semejante, en un brochazo de grises, en que la moneda cayera de canto.

Comparecía este lunes Pedro Sánchez para confirmar el reconocimiento de España a Juan Guaidó como presidente encargado de Venezuela, una palabra ésta, la de encargado, que remite en esta ocasión no tanto a quien se ocupa de algo sino al mandado, al capataz, al subalterno. Guaidó, protagonista de este golpe de Estado al revés donde se trastoca el orden de los factores entre el hecho consumado y su aceptación, es el actor secundario de la obra o, para ser exactos, la marioneta necesaria en el teatro de guiñoles que Estados Unidos ha montado en su patio trasero para entretener a sus halcones y marcar territorio frente a sus competidores chinos y rusos.

Los idealistas pensaban que era posible mantener una posición diferenciada sobre la crisis de un país que es bastante más que el muñeco de vudú al que clavar alfileres cuando se quiere hacer daño a Podemos y dar una patada por culo interpuesto a sus dirigentes. Ni siquiera pedían equidistancia o que se recurriera a ese socorrido principio de no injerencia en los asuntos internos de otros porque con Maduro y la pauperización a la que ha conducido a Venezuela no se puede ser indiferente.

Entre legitimar a Maduro y aceptar como ‘solución democrática’ el complot urdido desde Washington había otros caminos intermedios, como el emprendido por la ONU y su secretario general Antonio Guterres, cuya negativa a sumarse al coro de grillos del que se ha hecho acompañar el emperador del flequillo deja aún más en evidencia el seguidismo del Gobierno socialista.

Son estos ingenuos los que creen que en Venezuela y en el conjunto de Iberoamérica España no debe actuar de comparsa ni diluirse en una pretendida unanimidad europea que ni siquiera es real. Lo exige el puro egoísmo, que nada tiene que ver con etéreos lazos afectivos sino con intereses prosaicos de empresas y personas que, por decenas de miles –más de 150.000- conforman la colonia de compatriotas en aquel país. ¿En qué situación quedarán si, finalmente, Maduro resiste el embate y es capaz de mantenerse en la presidencia contra viento y marea?

Era éste un buen momento –o así lo juzgaban- para apearse de la hipocresía de las relaciones internacionales y para sugerir que las supuestas inquietudes democráticas de EEUU respecto de Caracas están manchadas de petróleo. O que, si hablamos de tiranos, quizás convendría dejar de reconocer como legítimos gobernantes a los sátrapas del Golfo con los que hacemos suculentos negocios o a muchos dictadores africanos que, a cambio de sojuzgar a sus ciudadanos y contribuir a la expoliación de las riquezas naturales de sus países, llenan sus cuentas en Suiza mientras perpetúan el neocolonialismo de las potencias occidentales en la región.

También lo era para hacer algo más que aguardar sentados a que estalle un enfrentamiento civil, que es a lo que conduce esta estrategia de atraer a los desafectos del Ejército venezolano, de los que se espera no tanto una adhesión verbal sino que se hagan escuchar por las calles a tiro limpio. O a que, en última instancia si el goteo a la causa de espadones es insuficiente, se consume la amenaza de invasión por parte de EEUU, que ya tiene costumbre en este tipo de devastaciones.

Como se decía, sólo los cándidos confiaban en que, finalmente, España sabría conjugar la exigencia a Maduro de elecciones presidenciales con la habilidad necesaria para mantenerse a distancia de este experimento de geopolítica diseñado para ofrecer a Trump, con cualquier excusa, la guerra que todo presidente estadounidense suele legar a la posteridad. Sánchez ha renunciado a la nobleza para abrazar la complicidad. Ha dejado de hacer lo que debía para hacer lo que le pedían, pensando quizás en que el trío de la derecha, que aún así le llama desleal, dejaría de martillear ese yunque. Eso sí que es ingenuidad.