El desconcierto

Monta tanto Rivera como Rajoy

Imposible hacer más el ridículo. Lo que llaman Gran Centro ha sido literalmente barrido por casi todos los grupos parlamentarios en la fallida investidura de Sánchez. Al no haber conseguido sumar más que un escaño, el de Coalición Canaria, el pacto de Ciudadanos con el PSOE abrirá el camino, antes o después de las urnas, a la Gran Coalición. Uno tras otro, la mayor parte de los portavoces fueron manifestando su disposición a votar al líder socialista, por activa o por pasiva, si dejase ir de la mano del dirigente de Ciudadanos. Ni en Carnaval colaría el disfraz de Suárez con que Rivera, encarnación del IBEX (donde por cierto, algunos de sus directivos se han subido sus salarios en más de un 80%, en el 2015), intenta que no se visualice que tanto, monta, monta tanto, como Rajoy.

Así pues, Sánchez no es presidente de Gobierno por el lastre de sus muy malas compañías. Sin Rivera, hubiera sido investido; más aún, podría todavía serlo con el apoyo de todo el Congreso de los Diputados, con excepción de PP y Cs. Como no hay centro posible entre el neoliberalismo y la socialdemocracia, ni entre la España centralista y la España plural, el llamado Gran Centro no es más que la negra tinta de ese gran pulpo que es el IBEX. Si ha podido enredar en sus tentáculos al PSOE ha sido gracias a dos factores: uno político, los 22 diputados de Susana Díaz actúan como un poder fáctico autónomo; y el otro, psicológico, la inercia del bipartidismo. Creen seguir viviendo aún en el turno de partidos. Tras Rajoy, toca Sánchez en la Moncloa.

El principal error de cálculo ha sido infravalorar la fuerza de Podemos, Compromís e IU, que juntos aglutinan más de un millón de votos muy por encima del PSOE. Repitiendo el sofisma de que no apoyarles significa apoyar al PP, pensaban sacar sin ninguna contrapartida la investidura de Pedro Sánchez. Con la ayuda de sus terminales en los principales medios de comunicación, en manos del IBEX, daban por hecho que esta consigna daría sus frutos. No ha sido así, y ya avanzan un nuevo argumentario según el cual hay discrepancias entre el pragmático Errejón, el eurocomunista Domènech y el leninista Iglesias. Cuando no, se manipulan las palabras de la alcaldesa Manuela Carmena como última bala para presionar por la inbextidura de Sánchez.

Pero ha sido, sobre todo, el PNV quien más certeramente les ha arrancado la careta centrista. Si hay alguna fuerza que pudiera reclamar una parte de la herencia de Suárez, es el nacionalismo vasco que ha gobernado con el PSOE y que hoy gobierna con el apoyo socialista. La súplica de Sánchez, en la víspera de la segunda votación, encontró oídos sordos en el PNV. Con Rivera, vinieron a decirle, no hay ningún cambio y supone un peligro para la cohesión social y territorial, dado el lerrouxismo y estalinismo de mercado que le caracteriza. En definitiva, que quien juega a enfrentar territorios, además de clases sociales, pertenece a una derecha pura y dura. En la España periférica la naranja mecánica produce el mismo terror que la célebre película.

Evidentemente, no les queda otra opción posible que poner en marcha la Gran Coalición desde las ruinas de ese Gran Centro demolido por casi todo el abanico parlamentario. Dar una vuelta de tuerca a ese garrote vil, el pacto PSOE-C's, para que ahogue la alternativa de cambio real, que no sería otra que la presidida por Sánchez junto con Iglesias, Garzón, Oltra, Domenech, Ortúzar y la abstención de casi todos los restantes grupos de la Cámara. En esta estrategia ya aparece como un nuevo interlocutor el propio PP; aunque, sin la simultánea retirada de Rajoy y Sánchez, es probable que pasen los próximos dos meses y no logren evitar nuevas elecciones generales. Quizás en el gallinero táctico que es hoy el IBEX, se esté también barajando la posibilidad de pasar primero por las urnas para luego proceder a coaligarse.

Estamos, desde luego, en el escenario italiano que aludía Felipe González. Pero no en la Italia de 1945, como nos quieren vender desde el Gran Centro, para que Podemos rinda las armas de la movilización popular y se sume a la traducción — en el sentido de tradutore, traditore — de un compromiso histórico con los partidos del IBEX. No estamos en España como en aquella Italia ocupada por las fuerzas norteamericanas, que hubiesen aplastado toda resistencia de los partisanos como ocurrió en Grecia, sino como en la Italia de 1994, en la que el democristiano Giulio Andreotti fue procesado por complicidad con la Mafia y el socialista Craxi se refugiaba en Túnez, huyendo de la Justicia que le buscaba por corrupto. Estamos hoy en aquella Italia vísperas del hundimiento de los dos grandes partidos y del final del sistema de la I República.