Opinion · El desconcierto

Vetar a Abascal es votar a Vox

De improviso, en mitad de la campaña electoral, alguien ha decidido echar una mano a las tres derechas en apuro electoral. Al vetar la presencia de Santiago Abascal en un debate televisivo junto con Sánchez, Casado Rivera e Iglesias, la Junta Electoral Central rompe la imagen de la plaza de Colón de la derecha real que mañana, tras el 28 de abril, será oficial, para mantener aún la de una derecha hoy oficial que dejará de ser real nada más cerrarse las urnas. Desde la letra de una legislación anticuada, se altera el derecho a la plena información de los ciudadanos llamados a votar con una argumentación insólita: dado que Vox no existía ayer, tampoco existe hoy y habrá que esperar a mañana para que exista.

Quienes intentan ayudar a Casado y Rivera, vetando a Abascal, vuelven a echar una mano a su aliado Abascal. Vox, sin tener que debatir, rentabiliza su ausencia sin correr el riesgo que correría si estuviera presente en el debate. De un lado, se presenta, con toda la razón, como víctima de una discriminación política; de otra parte, acusa a los partidos nacionalistas de gobernar España, puesto que los de la Junta Electoral Central justifican hoy el veto con el recurso que presentaron el PNV, Esquerra  y PdeCat contra el debate previsto en la cadena Antena3.  La derechita cobarde y la veleta, en expresión de Santiago Abascal, al vetar a Vox orientan a sus electores del PP y Ciudadanos a votarles.

El problema de estos tres aspirantes a novios de la muerte, himno que pretendían entonar Casado, Rivera y Abascal en la procesión del Cristo de la Buena Muerte, es que su brutal imagen de los tres mosqueteros de la involución no cabe borrarla. Por más que la impidan en televisión está en la retina de los españoles. En enero, plaza de Colón, en abril, en su anunciada participación unitaria en la procesión de Málaga a la que han sido vetados hasta por los propios legionarios. Baste recordar cualquier propuesta de las tres derechas, sea económica, política o territorial, sin que pueda saberse si quien la ha formulado es del Partido Popular, Ciudadanos o Vox. Una para todos y todos para una.

¿Cómo frenar la imparable caída del Partido Popular y el pétreo estancamiento de Ciudadanos? Cambiando la controversia sobre este impresentable veto a Vox con la polémica sobre la cadena, fecha y cantidad de los debates a celebrar. Ni Casado, ni Rivera, defienden el derecho de Vox a debatir, ni tampoco el de los ciudadanos a oír sus argumentos, sino que se alinean con los intereses legítimos de una cadena televisiva privada, perjudicada por la Junta Electoral Central, en detrimento de una cadena pública que deberían defender, pese a los graves errores de sus actuales gestores. El interés real, tanto de Pablo Casado como de Albert Rivera, es traducir pro domo sua los argumentos de  Santiago Abascal para cortocircuitar el trasvase de su electorado a Vox.

Así, quienes han sido paridos, amamantados y criados junto a Abascal– Casado y Rivera también son hijos de Aznar– intentan atribuir la paternidad de Vox a Pedro Sánchez. Sus plumíferos, bien asentados en gabinetes de imagen, no vacilan en sostener que es la política del PSOE y no la del Partido Popular y Ciudadanos la que ha alimentado el nacionalpopulismo. Asombroso. Es la izquierda la que nutre a la extrema derecha y no toda la derecha española a la que aún les huele el aliento a franquismo cada  vez que hablan. Desde junio pasado, en el que perdieron la Moncloa por meter la mano en Madrid y la pata en Barcelona, lo han desparramado por toda la geografía española.

Esa halitosis de Casado y Rivera es la que va a reconvertir su veto a Santiago Abascal en un claro voto a Vox. Justo porque el Partido Popular y Ciudadanos no se atreven hoy a decir lo que piensan, ni a proponer sus verdaderos objetivos, una buena parte de su electorado prefiere la derecha como realmente es a presentarla bajo este o aquel disfraz. El verdadero problema de esta derecha elitista es que cuando se ven fuertemente anudados por el ofidio de Vox olvidan que fueron ellos mismos el huevo de la serpiente. Cuando se agita a la sociedad sin darle ninguna alternativa sólida, como toda esa pesada verborrea joseantoniana de hoy sobre traidores, herejes y renegados, se termina siempre en el abismo electoral del 28 de abril. Fomentar esperanzas fantásticas lleva a la catástrofe política. Aznar es como el mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que previamente ha desencadenado con sus conjuros. Por ello el veto a Vox es ya el voto a Vox.