El desconcierto

Zelenski, el talón de Aquiles de Sánchez

29 de junio de 2022, España, Madrid: (I-D) el primer ministro español Pedro Sánchez, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan, el primer ministro británico Boris Johnson, el presidente estadounidense Joe Biden y el secretario general de la OTAN Jens Stoltenberg siguen el discurso del presidente ucraniano Volodymyr Zelensky ( en pantalla) a través de videoconferencia durante la Cumbre de la OTAN. EUROPA PRESS

Sánchez goza de una mala salud de hierro, como bien se pudo constatar en el debate sobre el estado de la nación, pero su talón de Aquiles es Zelenski. Si no fuese así, tendrían razón quienes le dan como vencedor cuando tan solo se ha librado hasta hoy la primera batalla de la guerra de esa imparable inflación que desestabiliza progresivamente a toda una Unión Europea, muy atada y bien atada al carromato bélico de la Otan dirigido desde una potencia ajena al viejo continente. Por ello el presidente impasible de la Moncloa se cura en salud al advertir a propio y extraños que nadie sabe lo que va a ocurrir.

Sánchez, al contrario de algunos de sus fieles, no padece la enfermedad del cretinismo parlamentario. Que tiende a confundir la opinión del parlamento con la de la calle como si la percepción de los ciudadanos fuera idéntica a la de los diputados. En un incuestionable proceso inflacionista el gobierno, sea el que sea, carga siempre con el cabreo social cada vez que un ciudadano paga hoy más que ayer pero menos que mañana. Mientras que los políticos se ven obligados a la disciplina partidaria quienes trabajan padecen la disciplina de sus bolsillos menguantes desde el ya lejano 24 de febrero en que estalló el conflicto bélico en territorio ucraniano entre Rusia y Estados Unidos.

La improvisación con la que el Gobierno responde a las consecuencias económicas de esta crisis aumenta el descontento. Pese a que no hay más opción posible que la de poder improvisar ante una guerra sobrevenida de los compromisos adquiridos con la Otan por votación popular en referéndum. Si el mismo martes del inicio del debate parlamentario Pedro Sánchez presentaba una batería de medidas que ampliaban las que se votarían unas cuarenta y ocho horas después, cabe preguntarse cuanto tardarán en venir otras más drásticas que sustituyan o radicalicen las que se presentaban, dado que la letra pequeña de algunas de las presentadas no aclaran bien su alcance.

Soportar el coste de una guerra es difícil si no hay un clima social favorable. El problema de Sánchez es romper la indiferencia social que la envuelve. Nadie lo cuestiona, pero tampoco nadie lo apoya. Más allá de los intelectuales en nómina de la Otan no hay debate, manifestación, protesta o cualquier otra acción cívica que se pronuncie, en un sentido o en otro, salvo pocos grupúsculos irrelevantes. Al contrario de las dos anteriores guerras mundiales, donde pese a la neutralidad de España los españoles se dividían apoyando a los dos bloques contendientes, ahora, pese al alineamiento de España, nadie apoya a ninguno.

Salvo que Berlín y París logren encauzar el conflicto , Sánchez va a tener que seguir caminando con ese talón de Zelenski en esos últimos dieciseis meses de la legislatura. Ese talón es el que impide, sobre todo a la Moncloa, moverse con un horizonte despejado. Por mucho que sea su capacidad de maniobra, lo acaba de demostrar muy bien en el Congreso de los Diputados: ni  puede, ni quiere, ni desea enderezarlo. Pero cuanto más camine con él, peores son sus perspectivas. No hay más que escuchar a Macron imitando a Churchill, sangre sudor y lágrimas, para inquietarse sobre lo que pueda ocurrir este otoño. A este ritmo, corre el riesgo de repetir aquellas premonitorias palabras de Zapatero que precedieron su caída  "cueste lo que me cueste". Sabemos lo que le costó a Zapatero. Veremos lo que le costará a Sánchez. Depende de Zelenski.