Opinion · Otra economía

La Europa realmente existente que no apareció en la sesión de investidura

Fernando Luengo
Economista y miembro del círculo de Chamberí de Podemos
@fluengoe
Blog de economía crítica: Otra economía

“El proyecto europeo goza de buena salud”. Este es el mensaje que lanzan los dirigentes y las instituciones comunitarias, las elites políticas y empresariales y los grandes medios de comunicación…que también deslizó Pedro Sánchez en su fallida sesión de investidura a Presidente de Gobierno. Se reconoce -es imposible y hasta obsceno no hacerlo- la necesidad de introducir reformas, completar y corregir el marco institucional sobre el que descansa la Unión Económica y Monetaria; eso sí, sin alterar los designios y los intereses de los países y los grupos económicos dominantes.

Uno de los argumentos preferidos para justificar las bondades de la construcción europea es haber conseguido reducir las diferencias que separan a las economías más prósperas de las más rezagadas. La convergencia ha sido, de hecho, el gran objetivo a alcanzar desde que se crearon las Comunidades Europeas y la zona euro. En este sentido, el “universo europeísta” declara con convicción que -con ritmos diversos, con dificultades-, antes y ahora, ese objetivo se está consiguiendo.

Estamos ante un debate de gran calado, que entra de lleno en las ventajas y desventajas, en los costes y beneficios de la integración económica, en su distribución social y territorial. Un debate que no se puede zanjar con los pronunciamientos genéricos o apresurados. Entrar en harina en este asunto exige poner sobre la mesa y analizar el comportamiento de un conjunto de indicadores que permitan valorar la entidad de la dinámica convergente o la existencia de fracturas, e identificar los factores que determinan esa evolución.

Aquí centraré mi comentario en el comportamiento de la productividad del trabajo, medida como la relación existente entre el Producto Interior Bruto (PIB) real y el número de horas trabajadas (H). Soy consciente, por supuesto, de los límites asociados a la utilización del PIB como indicador de éxito (cuestionado radicalmente, con toda la razón, desde la ecología política y el feminismo). No obstante, he decidido situarme deliberadamente en el espacio de la economía convencional y me pregunto si la brecha existente en materia de productividad se ha reducido. Selecciono dos grupos de países. Uno que denomino Norte, donde se encuentran Alemania, Austria, Bélgica, Finlandia, Francia, Holanda y Luxemburgo; otro que he llamado Sur, con España, Grecia, Italia y Portugal (todos estos países forman parte de la zona euro). La figura que aparece a continuación refleja la trayectoria seguida por el PIB real por hora trabajada de ambos grupos entre 2000 y 2018, abarcando, de esta manera, el periodo de auge, hasta 2007, la gran recesión y el periodo más reciente de generalizada, aunque todavía modesta, recuperación de la actividad económica.

Fuente: Elaboración propia, a partir de Ameco

Como se puede apreciar, el umbral promedio de productividad de los países del Sur es muy inferior al del Norte, algo más de la mitad; y la brecha, lejos de atenuarse, se ha mantenido o incluso ha aumentado. Si, como se ha señalado antes, una de las señas de identidad de la construcción europea era avanzar por una senda convergente, la evidencia empírica disponible -en un indicador decisivo, como la productividad laboral- apunta hacia un escenario bien distinto: una Europa atravesada de fracturas.

En estas breves notas no puedo entrar en el análisis, muy necesario, sobre las causas de esta evolución. Una reflexión que, en todo caso, tiene que reconocer las debilidades y las carencias de las políticas redistributivas implantadas desde las instituciones comunitarias, que no sólo se han mostrado incapaces de corregir las lógicas concentradoras de los mercados, sino que, en buena medida, las han favorecido. En este debate es obligado, además, cuestionar las políticas económicas -salariales, fiscales y estructurales, rescates a los bancos y grandes corporaciones- que han contribuido a la polarización productiva, social y territorial y a la consolidación de una división europea del trabajo que sitúa a las economías periféricas en una posición claramente subalterna, pero funcional al proceso de acumulación de capital. Este debate resulta, en fin, imprescindible porque las disparidades estructurales, en Europa y a escala global, están entre las causas fundamentales de la crisis, y su mantenimiento bloquea la salida de la misma.

La apelación a defender el “proyecto europeo” -frente a los que lo amenazan, el Brexit, Salvini, la extrema derecha, los populismos…- lo contaminan todo, lo confunden todo. Los partidos del establishment -conservadores y socialistas- se encuentran cómodos en un discurso falaz y tramposo que, en realidad, supone preservar, en lo fundamental, el actual estado de cosas.

En este espacio no puede, no debe estar la izquierda transformadora. El silencio sobre las importantes encrucijadas europeas, como ha sucedido en la sesión de investidura, es un mal síntoma. Es crucial encarar un debate en profundidad sobre los límites y las contradicciones de la construcción europea, defender la necesidad de Otra Europa -que de ninguna manera es un punto y seguido de la actual ni pasa por realizar limitadas reformas en la esfera institucional- y desarrollar una acción política, pedagogía y movilización, coherente con ese planteamiento.