Tentativa de inventario

Flores para el fascio

Sabemos, gracias a una reciente investigación del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva en Leipzig, el motivo por el que los gorilas se golpean el pecho. Al parecer el icónico redoble torácico no es tanto un gesto de pura fanfarronería para atraer a las hembras, como se creía hasta la fecha, sino un acto con el que el primate busca comunicar al personal sus dimensiones y su identidad, decirle a los demás; miren, esto soy yo. Lo que viene siendo una sacada de chorra antropomórfica que dialoga, y de qué manera, con el momento presente. Tiempos de palitroque en la tribuna, de bilis filofascista y de mascarillas que en realidad son bozales, porque esconden fauces y no bocas. La identidad como ladrido. El yo retumbando en el pecho.

El caso es que ando ufano estos días a causa de unas libranzas sobrevenidas que me han permitido entregarme al esparcimiento y la mandanga. Barrunto estas líneas, de hecho, desde la barrera, ajeno a eso que llaman ruido mediático, con los rescoldos de la performance ultra en Vallecas todavía flameantes y sus excrecencias nazis sacando pecho en el tuiters. Ahora sabemos también que la ignominia será televisada, que los bigardos de Desokupa, start up parapolicial aficionada a los desahucios extrajudiciales, tienen previsto retransmitir sus hazañas, sacarles rendimiento a través de un streaming patrocinado por su propia indigencia moral.

Vivir inserto en la rueda puede acabar con cualquiera. Nada como unos días libres para aprehender de otro modo lo que, en el fragor de lo cotidiano, nos zarandea. Un paseo por el parque, olisquear unos lirios, admirar de cerca el hirsuto plumaje de un cernícalo, la sobriedad del estornino... La vida era esto, me digo. Pienso, con la lucidez que da el descanso, en la posibilidad de burlar al personal de mantenimiento y arrancar unas azaleas, un par o tres de cogollitos, envolverlos en celofán, armar un humilde tributo floral y brindárselo al fascio. Incluso podría improvisar una suerte de madrigal para Abascal. Porque ni fascismo ni antifascismo. Porque "los extremismos alimentan extremismos", que nos dice Gabilondo.

Por un momento me he visto subido a un banco del Retiro sosteniendo un ramillete de azaleas y entonando, con voz melíflua, unos salmos en honor al fascio. Como un triste capellán declamando movidas concernientes a la concordia y la fraternidad. La estampa me ha resultado altamente indecorosa, incluso reprendible. Pero no hay que caer en provocaciones. Hace hoy 28 años la ultraderecha asesinaba a Guillem Agulló, joven antifascista de Burjassot. Los jueces rechazaron que se tratara de un asesinato político y redujeron la agresión a una pelea juvenil. Le acuchillaron con apenas 18 años. 18 son también los pasos que nos separan de Abascal y los suyos. Todavía queda tiempo, aunque escuchemos cómo se azotan el torso. Preparen sus ramilletes.